Sindicalia (V)

Miércoles, 26 de octubre.

 

Hoy he visitado la zona de Pino Montano: IES Albert Einstein, IES Julio Verne y el mismísimo IES Pino Montano. He ido por mi cuenta, pues Ángel y Begoña habían decidido emplearse a fondo en el vasto territorio de Dos Hermanas.

Hoy era también el día elegido por la maquinaria socialista para repartir propaganda a la puerta de los colegios. Por lo que se ve, el video del niño pera y la mucama proletaria les sabe a poquito, así que han señalado en rojo esta fecha de su calendario preelectoral para apostarse en las vallas y muretes de las escuelas. Me hubiera gustado coincidir con alguno de estos simpáticos nuncios del éxito educativo, pero se ve que sólo les interesan los extremos (del horario escolar). Esto es, la entrada y la salida. Al fin y al cabo, de entrar o salir del poder es de lo que se trata, y para otras finuras y ocurrencias ya estamos los mondos y lirondos ciudadanos.

Me pregunto si se habrán presentado con gabardina desabotonada y gafas negras, o si acaso la impedimenta del exhibicionismo más grosero ha progresado en sintonía con los logros de nuestra Feliz Gobernación. Tiempos nuevos traen nuevas costumbres, y quizá lo que se lleva ahora ya no son los caramelos de fresa y la llamada jadeante detrás de un improvisado parapeto. Ahora es el tiempo del díptico hipócrita y la adulación al votante silvestre. Fuera caretas:

Tan aplastante competencia, lejos de amilanar a este visitador, lo estimula. Sus folletos y adhesivos son más modestos, en número y calidad de imprenta, pero no le cuestan nada al contribuyente y tampoco persiguen la connivencia institucional para pisar moqueta o llevar a sus hijos al Instituto Británico o al Colegio Estudio. Por lo demás, son mucho más divertidos:

 Hablando de mercaderías, lo primero que llama mi atención a la puerta del Albert Einstein son tres pares de botines (zapatillas de deporte, para los de fuera de Andalucía) que cuelgan de los cables del tendido eléctrico, muy cerca del muro que separa el instituto de la calle. Este singular mobiliario urbano suele significar que ese es punto de venta de drogas. Aunque quizá no hay para tanto y sólo sea indicio de que los chicos de la CEJA han estado aquí traficando con su género bobo. De ser así, un tropel de conmilitones habrá llegado descalzo a casa.

La visita es provechosa, porque coincide con un cambio de clase y los compañeros se muestran curiosos con mi particular mercancía. Todos se llevan su pegatina brujeril y una copia del Manifiesto. El tablón sindical está en el pasillo, y compruebo con alborozo que nadie ha hollado aún este paisaje lunar. Así que empapelo el corcho mientras canturreo una antigua canción porteña:

Te adhieres a una causa cada día,

siempre que se presenta la ocasión.

Cómo te he de decir que esto no es vida,

que mi causa está perdida

casi tanto como yo.

De allí me encamino al Julio Verne. Como no acabo de encontrar el edificio, decido preguntar a dos trabajadoras de la limpieza que han hecho una paradita para fumarse un rubio. A medida que me acerco, noto que una de ellas me mira con indisimulado terror. Y el caso es que hoy no me he puesto la camiseta de Napalm Death, sino que visto una chaqueta de pata de gallo y camisa gris. Apurando la última calada, me pregunta:

–          Ay, Dios. ¿No será del Control de Calidad?

Entonces comprendo que lo que la ha asustado ha sido, precisamente, la formalidad de mi indumentaria, tanto como el hecho de acarrear un maletín y una rolliza carpeta. Como se ve, el pánico al papeleo y a la inspección administrativa es universal.

–          No, para nada. Sólo quería saber dónde está el Instituto Julio Verne.

–          Ay, chiquillo, menos mal… Bueno, mira, ¿ves aquel edificio rojo?

En el Julio Verne me encuentro a mi amiga R, que está al borde del colapso. Mientras nos contamos nuestra vida, ella no deja de correr de un lado para otro. Escudriña su casillero, repasa los tablones, fotocopia la orden del día del Claustro vespertino. Todo un work in progress.

–          Ni te imaginas la cantidad de papeles que tengo que rellenar.

Huelga decirlo, la muchacha es tutora.

–          Sí me lo imagino. Menos mal que con el ROC decían que iban a eliminar la burocracia inútil.

–          Pues yo cada vez tengo más trabajo. No sé ni cuándo preparar las clases. (A otro compañero que está leyendo la prensa). ¡Manolo! ¿Tú tienes una copia del Orden del Día?

–          ¿Hoy tenéis claustro?

–          Sí… Gracias, Manolo. Mira: ¡dieciocho puntos! ¿Qué dejarán para ruegos y preguntas?

–          Veo que hay uno sobre el Programa de Calidad. ¿Aquí se aprueba? El Plan, digo.

–          No sé, llevo sólo unos meses aquí… ¡Manolo! ¿Aquí se aprueba el plan de calidad ese? (Manolo niega con la cabeza). No, no se aprueba.

–      Por si acaso, voy a dejar unas cuantas pegatinas… Oye, ya he visto esta pantalla de plasma en otros claustros. ¿Qué se emite? ¿”Saber vivir”? ¿”El club de las ideas”?

–          No me preguntes, porque no lo sé. Desde que estoy aquí está siempre apagada. ¡Elena! ¿Tú sabes para qué sirve el pantallón este?

–          Pues creo que es como un teletexto. Para dar avisos, y cosas así. Pero no funcionará hasta que designen un Coordinador.

Me vuelvo hacia donde está Elena:

–          Ah, pero, ¿esto también se coordina? Y, ¿cuántas horas de reducción tiene?

Como veo que no le hace gracia el chiste, desconecto el modo saleroso. Mejor luego le doy una pegatina.

Después de un rato, mi compañera R recibe una visita sorprendente. No es un alumno, ni un padre, ni otro antiguo compañero de fatigas. Ni siquiera es el Inspector. Son dos policías nacionales.

–          Un alumno de mi tutoría – me informa – Una agresión. Y al otro sólo se le ocurre fumarse un porro. Precisamente hoy.

–          ¿Qué pasa hoy?

–          Pues que ha venido la Policía a dar una charla. Sobre el consumo de drogas…

La dejo con los policías, rellenando más y más papeles. Me da rabia que una persona tan trabajadora y brillante deba perder su tiempo en levantar acta de la Nada. Que todo te vaya bien, querida R.

Acabo la jornada en el Pino Montano. Aquí trabaja mi buen amigo E, insigne músico de jazz, pero una compañera afecta a nuestra causa me dice que ya se ha ido. In ictu oculi, la sala de profesores se queda vacía, hasta el punto de que un muchacho, tomándome por uno de sus profesores, me pregunta dónde está el de Música.

–          Se ha ido – le anuncio, solemne.

–          Ah, vale. ¿Y sabe si volverá?

–          Tarde o temprano, hijo, tarde o temprano.

Claveteo mis cosas, tratando de abrirme un hueco entre pasquines del 15-M, calendarios gigantes y cursos de resolución de conflictos.

Salgo a la calle. Juraría que aquel tipo del semáforo se está tocando los dípticos de un modo testicularmente obsceno.

“Corre, hija, corre…”

Vale.

¿Qué son las competencias básicas? (II): Primeras conclusiones.

En el artículo anterior se definía el concepto de competencia básica y se llegaba a una serie de conclusiones provisionales que pasamos a desarrollar:

A) Las CCBB como tautología:

1.  La delimitación de dichas competencias acarrea en su seno un imposible lógico o, cuanto menos, una tautología. Tal contradicción o redundancia se produce al afirmar que la competencia adquirida debe ser valiosa, simultáneamente, para cada individuo en particular y para la sociedad en su conjunto, siendo así que contribuya a responder a “demandas complejas” para alcanzar resultados “de alto valor personal o social en la mayor variedad de contextos posibles”. Inevitablemente, la complejidad de los problemas que puedan resolverse es inversamente proporcional al número de individuos capacitados para su resolución. Desde un punto de vista epistemológico, lo que todos, sin excepción alguna, pueden conocer deja de ser complejo desde el momento en que los vínculos de los elementos interconectados no crean una información adicional desconocida previamente por el sujeto. Aquí interpretamos la “complejidad” no en función del número de elementos que intervienen en un sistema, sino de las posibilidades de encontrar un sentido en sus relaciones. Al hablar de “complejidad” debe tenerse en cuenta la relación entre el observador y lo observado: lo que es complejo para un lego en informática puede no serlo para un programador de software.

2. De acuerdo con este planteamiento, las CCBB pueden ser condición necesaria para la satisfacción de “demandas complejas”, pero, desde luego, no suficiente. Más bien, deben entenderse como un sustrato común que faculta para el desempeño de tareas simples o cuyo carácter “complejo” ha sido resuelto con anterioridad. Estaríamos hablando, pues, de un nivel mínimo, o elemental, de competencia en sentido estricto.

3. Así entendidas, las CCBB tienen que ver más con la alfabetización (lingüística, matemática, digital, social) que con un proyecto alternativo capaz de orientar, limitar o sustituir los contenidos y objetivos de una enseñanza media.

B) Las CCBB como reduccionismo:

1. La oposición que suele establecerse entre competencia y saber es falaz y parte de un reduccionismo interesado, como es considerar que el desarrollo de dichas competencias puede darse al margen de un campo específico del conocimiento. No existen por separado un “saber” y un “saber hacer”, como afirman algunos pedagogos, sino un único “saber genuino” que es mezcla de “información” y “discernimiento”. Esta concepción del aprendizaje no distingue entre contenidos y procesos, porque unos no pueden darse sin la exacta comprensión de los otros. Dicho de otro modo: nadie puede procesar unos datos que no ha comprendido, de la misma forma que no existen procesos que se desarrollen sin el soporte de una información previa. Si una cosa no es sin la otra, carece asimismo de sentido que ambas se evalúen de forma independiente.

2. Por tanto, lo único que diferencia a las CCBB de los programas de estudios en que están insertas es su vocación ecuménica de preparar para los problemas de la vida diaria, sin poder aspirar a las abstracciones y conceptualizaciones de los saberes especializados. Interpretar recibos de la luz, saber cómo cepillarse correctamente los dientes o cuáles son las condiciones para donar sangre son el tipo de problemas que se pretenden resolver con la inclusión de las CCBB en el currículo. Lo significativo del caso es que no se suponga esta capacidad a quienes participan de un proceso de enseñanza y aprendizaje basado en las asignaturas tradicionales.

3. Pues esta es la última falacia oculta en el entramado de las CCBB, aquella por la cual la transmisión de saberes específicos no acarrea, a priori, ningún elemento de competencia. Tal convicción parte de una concepción prejuiciosa de la enseñanza académica, a la que se sigue motejando de exclusivamente mecánica y memorística. Semejante caricatura toma la parte de unas prácticas erróneas por el todo de un modelo que, para ser “genuino”, debe incluir, insistimos, “información y discernimiento”. Nada impide que en el desarrollo de un plan de estudios tradicional intervengan, o puedan intervenir, tantos factores competenciales como nos sea dado imaginar.

C) Las CCBB y los planes de estudio:

1. Vimos cómo el espíritu del Informe Delors apuntaba a una flexibilización en la oferta de itinerarios, adaptados precisamente a la diversidad de talentos e intereses. Sin embargo, en España se ha optado por su integración en un sistema comprensivo que no funciona, creando una especie de currículo paralelo incompatible con la estructuración tradicional por campos de conocimiento. Vimos también que existe una intención de supeditar dichos campos al propósito reduccionista de las CCBB, lo que, en el nuevo diseño de los planes de estudio, se emparenta con el aglutinamiento de las especialidades en grandes áreas de inspiración generalista.

2. Puesto que las CCBB tienden a contemplar sólo el aspecto procedimental del conocimiento, su inclusión en los criterios evaluadores es tan redundante como el alcance de sus objetivos, y, en ningún caso, pueden prevalecer sobre el diagnóstico del experto en cada una de las especialidades. Su función sólo puede reflejarse de dos maneras: o bien se constituyen como un referente de mínimos que hundiría aún más los precarios niveles de la enseñanza media, o bien acaban reducidas a un apéndice irrelevante completamente subsidiario de los resultados obtenidos por el alumno en cada una de las asignaturas.

3. La asociación implícita entre CCBB y saberes imprescindibles (o mínimos) puede constituirse en una peligrosa herramienta institucional para incrementar las tasas de promoción y titulación con fines exclusivamente políticos. Dicho incremento no sería el fruto de una mejora en el grado de conocimientos adquiridos, sino de una rebaja en los niveles de exigencia. Un peldaño más en esta caída lo constituyen los fraudulentos programas de Calidad que, sin la garantía de un control externo, aseguran incentivos económicos a los profesores y escuelas que más aprueben. La apuesta no se hace aquí por el saber, sino por el trámite legal de las graduaciones a mayor gloria de las estadísticas y de los estadistas.

¿Qué son las competencias básicas? (I): el concepto.

 

Es el concepto de moda, la sensación de la temporada. En los claustros andaluces todo el mundo pregunta a todo el mundo:

–          Oye, ¿cómo implementas tú las Competencias Básicas en la Programación de Departamento?

Al oír algo así a uno se le hiela el espinazo  y se pregunta cómo es posible que una profesión que se basaba en el principio tan sencillo y noble de enseñar al que no sabe se haya podido transformar en el manual de instrucciones de una lavadora. Una lavadora, eso sí, perversamente complicada.

Directores y jefes de estudio advierten a los profesores de que deben consignar “cómo contribuye su materia a la adquisición de las competencias básicas”. Lo hacen con una seriedad más burocrática que académica, pues son muy pocos quienes de verdad saben qué son las CCBB y muchos menos los que tienen una mínima idea de qué hacer con ellas. Pero la exhortación es igual en todas partes, como si se recitara un versículo de los Salmos o uno de los siete principios del Bushido.

Sobre qué sean las CCBB hay bibliografía profusa, tanto en documentos institucionales como en innumerables monografías. Es un concepto originalmente vinculado a la formación y al empleo que en los últimos años se ha trasladado al mundo de la enseñanza. Esta es la definición canónica de competencia:

“La capacidad de responder a demandas complejas y llevar a cabo tareas diversas de forma adecuada. Supone una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz.” (del Proyecto DeSeCo de la OCDE, tal y como se recoge en el documento Currículo y competencias básicas” del MEC).

Esta combinación ideal es lo que lleva a alguien a ser competente. Supone aglutinar una serie de capacidades intelectuales con otras de tipo volitivo, psicológico o social, de tal modo que la conquista de dicha competencia es, a su vez, un proceso caracterizado por su complejidad en tanto que se compone de múltiples elementos.

Para que una competencia sea considerada clave  debe reunir tres condiciones:

1. Que contribuya a obtener resultados de alto valor personal o social.

2. Que se pueda aplicar a un amplio abanico de contextos relevantes.

3. Que sean valiosas para la totalidad de la población.

Así, las CCBB se convierten en unos universales del desarrollo personal, en el sustrato imprescindible para la formación de los individuos. El problema es que al ampliar tanto el abanico, se corre el riesgo de caer en una contradicción: las demandas que puedan satisfacerse serán tanto menos complejas cuanto mayor el número de individuos capaces de llevarlas a cabo. Muy pocas personas pueden diseñar un sistema operativo informático. Algunas más están facultadas para construir barcos o aviones. Muchos son los capacitados para leer e interpretar textos políticos, jurídicos o pedagógicos. Pero, ¿qué es lo que puede hacer, sin exclusión posible, la totalidad de la población? Ítem más: lo que todos pueden hacer, ¿es susceptible de considerarse como un logro de alto valor personal o social?

“El carácter básico del conjunto de competencias que aquí se presenta deriva de que son las que debe haber desarrollado un joven o una joven al finalizar la enseñanza obligatoria, para alcanzar su realización personal, lograr su inclusión social, ejercer la ciudadanía activa, hacer frente a la vida adulta y ser capaz de desarrollar un aprendizaje permanente.” (Ibíd.)

 

Los legisladores son siempre demasiado optimistas. Pretender que lo que es común a todos nos conduce a la realización personal presupone un diagnóstico un tanto ingenuo acerca de la naturaleza humana. El afán de distinción, la superación de los límites y la misma competitividad que va ligada a la competencia hacen que unos y otros se afanen por ir más allá de aquello que nos hace indistinguibles. Se comprueba en las pautas de consumo, en la estructura jerárquica de las empresas y hasta en los partidos de fútbol entre amigos. Para unos, realizarse puede significar conseguir un trabajo y tener el dinero suficiente con que llegar a fin de mes. Para otros, ese estado de completud se relaciona con alcanzar un estatus más alto que el de sus competidores. Ahora que tanto se habla de Steve Jobs, es razonable pensar que en su vocabulario no existía la palabra “conformismo”, y que, como él mismo apuntaba, sus fracasos – es decir, sus irrealizaciones – fueron de una importancia vital mucho mayor que sus indudables éxitos. Unos éxitos que se fundamentaron, precisamente, en no atender a las demandas inmediatas de sus congéneres, sino en proporcionarles alternativas que sólo habían podido soñar.

El Informe Delors (1996) es uno de los textos que los estudiosos de las competencias citan como fuente inspiradora. Es un escrito lleno de buenas intenciones y no pocos lugares comunes acerca de la mundialización, la sostenibilidad y la sociedad del conocimiento. Hay un pasaje especialmente curioso, cuando habla de cómo elaborar las políticas educativas que permitan afrontar los nuevos retos del mundo contemporáneo:

Llegamos así a lo que representa una de las principales dificultades de toda reforma, es decir, cuál es la política que se debe llevar a cabo con respecto a los jóvenes y adolescentes que acaban la enseñanza primaria, durante todo el periodo que transcurre hasta su entrada en la vida profesional o en la universidad. ¿Nos atreveríamos a decir que estos tipos de enseñanza llamada secundaria son, en cierto sentido, los «impopulares» de la reflexión sobre la educación? De hecho, son objeto de innumerables críticas y generan buen número de frustraciones.

Es llamativo que el foco se sitúe sobre la enseñanza secundaria, como si todo lo que se extiende antes y después de dicha etapa careciera de importancia para el análisis. Sobre todo si, como es el caso, estamos hablando de bases, cimientos, saberes imprescindibles o principios elementales. La enseñanza media es aquí impopular, denostada y frustrante. Delors explica por qué:

 

Entre los factores que perturban se pueden citar las necesidades en aumento y cada vez más diversificadas de formación, que desembocan en un rápido crecimiento del número de alumnos y en un atascamiento de los programas. Aquí está el origen de los clásicos problemas de masificación, que los países poco desarrollados tienen gran dificultad en resolver tanto en el plano financiero como de organización. También se puede citar la angustia del egreso o de las salidas, angustia que aumenta la obsesión de acceder a la enseñanza superior, como si se estuviese jugando a todo o nada.

 

Atentos a la receta que prescribe el político francés:

En opinión de la Comisión, sólo se puede salvar esta dificultad mediante una diversificación muy amplia en la oferta de trayectorias. Esta orientación se corresponde con una de las principales preocupaciones de la Comisión, que consiste en valorar los talentos de todo tipo, de forma que se limite el fracaso escolar y se evite el sentimiento de exclusión y de falta de futuro a un grupo de adolescentes demasiado numeroso. Entre las distintas vías que se ofrecen deberían figurar las ya tradicionales, más orientadas hacia la abstracción y la conceptualización, pero también las que, enriquecidas por una alternancia entre la escuela y la vida profesional o social, permiten sacar a la luz otro tipo de talentos y gustos. En cualquier caso habría que tender puentes entre esas vías, de manera que se pudieran corregir los errores de orientación que con harta frecuencia se cometen.

Este planteamiento lo suscribiríamos muchos de los profesores en activo y, en concreto, algunas de las plataformas más críticas con el vigente sistema escolar español, como, por ejemplo, Deseducativos. Comparen la propuesta de la Comisión europea con el punto nueve del programa de esta asociación de ámbito nacional:

9. Es urgente, por tanto, acabar con el sistema educativo actual y erigir en su lugar otro completamente distinto, que responda con coherencia y lealtad a la auténtica diversidad del alumnado.

Estas son sus líneas maestras:

a) Una Enseñanza Infantil que no ignore que los niños de edades comprendidas entre los 0 y los 4 años han de pasar la mayor parte del tiempo con sus padres, aun cuando eso signifique que deban reconsiderarse las actuales normativas que rigen los permisos de maternidad y paternidad y los horarios laborales de los progenitores. Y que tampoco eluda la responsabilidad de iniciar el aprendizaje de ciertas habilidades intelectuales cuando la capacidad o la inclinación de los alumnos así lo requieran.

b) Una Enseñanza Primaria que, siendo considerada al fin como el ciclo más importante en la formación del alumno, limite la promoción automática a los primeros años de la etapa, no desdeñe el rigor y la exigencia necesarios para afianzar tanto las habilidades primordiales en lectoescritura y cálculo matemático como los conocimientos básicos de otras disciplinas también esenciales, y alargue su periodo de duración hasta los 14 años. La Enseñanza Primaria es el mejor momento para guiar al alumno en su futuro académico demandándole tenacidad, disciplina y esfuerzo, y detectando a tiempo y prestando una mayor atención a los problemas que puedan surgirle mediante una exigente labor de orientación -labor que solo tiene sentido y es eficiente en esta etapa- que huya de la inútil burocracia actual y, principalmente, a través de programas de refuerzo dentro y fuera del aula.

c) El fin de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, etapa que se ha revelado como uno de los mayores fracasos de las últimas reformas legales. En su lugar ha de establecerse un Bachillerato de 4 años de duración -dividido a su vez en dos ciclos de dos años: uno obligatorio y otro post-obligatorio- que recupere el valor del mérito académico acabando con la promoción automática, y restablezca la especificidad que le da sentido y que lo define como la etapa preparatoria para los estudios superiores; y una Formación Profesional -también de 4 años y dividida, igualmente, en dos ciclos de dos años: obligatorio el primero, y post-obligatorio el segundo- que se convierta por primera vez en la historia de este país en el motor más importante para transformar su modelo productivo, y que deje de ser una simple alternativa para aquellos que no pueden acceder al Bachillerato.

d) Un tercer itinerario de Iniciación Profesional, a los 14 años –de 2 años de duración-, que han de cursar obligatoriamente todos aquellos alumnos que fracasen en la Primaria y que sirva para evitar condenarlos a la precariedad laboral. Esta etapa debe armonizar la presencia de las asignaturas instrumentales con una atención especial a materias exclusivamente prácticas, procurando así una cualificación profesional temprana y una salida laboral digna y suficiente como para no impedir la promoción social a la que todo ciudadano tiene derecho.

e) Un sistema de conexión de los diferentes itinerarios salidos de la Enseñanza Primaria que, concebido con racionalidad y sentido común, introduzca cursos puente o exámenes de ingreso que huyan de la excesiva condescendencia que existe hoy día.

f) Acabar de una vez por todas con la impostura de los actuales procedimientos de evaluación del sistema de enseñanza e instaurar un sistema de reválidas estatales y vinculantes al final de cada etapa, que hagan de los resultados el único y principal indicador fiable de la realidad de alumnado y profesorado.

Como ven, el parecido en lo esencial es extraordinario. Planteamientos semejantes se pueden encontrar en los postulados de asociaciones como [PIENSA], en Andalucía, en los libros de francotiradores como Javier Orrico y Ricardo Moreno Castillo o en un buen número de bitácoras que, como esta, claman por un cambio en el sistema educativo español. Delors también comparte con estos críticos su rechazo del radicalismo teórico, su aprecio por los aspectos positivos de la tradición y el valor de la experiencia:

Además, como demuestran los fracasos anteriores, muchos reformadores adoptan un enfoque demasiado radical o excesivamente teórico y no capitalizan las útiles enseñanzas que deja la experiencia o rechazan el acervo positivo heredado del pasado. Ello perturba a los docentes, los padres y los alumnos y, por consiguiente, condiciona su disposición a aceptar y, ulteriormente, llevar a la práctica la reforma.

El 18 de Diciembre de 2006, el Parlamento Europeo publica unas Recomendaciones elaboradas a partir del Informe Delors. Al incluirse el dictamen del Comité Económico, el tono es necesariamente más utilitarista y condicionado por la mejora de la competitividad empresarial europea, que precisa de una mayor cualificación de sus trabajadores. En este documento es en donde se explicitan las, así llamadas, Competencias Clave:

1. comunicación en la lengua materna;

2. comunicación en lenguas extranjeras;

3. competencia matemática y competencias básicas en ciencia y tecnología;

4. competencia digital;

5. aprender a aprender;

6. competencias sociales y cívicas;

7. sentido de la iniciativa y espíritu de empresa;

8. conciencia y expresión culturales.

La glosa de muchas de ellas constituye un mero recordatorio de obviedades, como decir que la competencia lingüística es

la habilidad para expresar e interpretar conceptos, pensamientos, sentimientos, hechos y opiniones de forma oral y escrita (escuchar, hablar, leer y escribir), y para interactuar lingüísticamente de una manera adecuada y creativa en todos los posibles contextos sociales y culturales, como la educación y la formación, la vida privada y profesional, y el ocio.

 

Se insta a que estas competencias sean patrimonio de todos los jóvenes al finalizar el proceso educativo, aunque no se especifica cómo. Suponemos que, al tomar como referente el Informe Delors, la todavía vaga propuesta de itinerarios diferentes es una de las que se podrían contemplar como posibles. Bien mirado, estas directrices europeas podrían haber sido interpretadas como una oportunidad para la regeneración del sistema comprensivo, que, al menos en España, ha demostrado su absoluta ineficacia.

Sin embargo, España es diferente. El documento del MEC citado más arriba señala que las competencias clave – ahora, básicas – deben “orientar los aprendizajes y las enseñanzas”. Claro está, sin modificar una coma el sistema educativo en vigor. En lugar de atender a la diversidad de intereses, las CCBB se incorporan al currículo para convivir con las asignaturas tradicionales. Se sientan las bases para que, en un futuro, dichas competencias desplacen a los saberes especializados característicos de la enseñanza media:

La principal contribución de las competencias básicas consiste en orientar la enseñanza, al permitir identificar los contenidos y los criterios de evaluación que tienen carácter imprescindible.

 

Según esto, habrá que efectuar una poda en unos programas que la misma ineficiencia institucional se ha ocupado de sobrecargar de forma compulsiva. Las CCBB actuarán como un cedazo a través del cual sólo podrá colarse lo imprescindible. Y recordemos que esto se reducía a “lo que todos pueden hacer”. Dada la tradicional apuesta por el igualitarismo a la baja de la LOGSE/LOE no es de extrañar que este simple desideratum europeo haya servido de coartada a nuestros legisladores para promover una nivelación aún más irrisoria con la que paliar las catastróficas estadísticas de promoción y titulación. De ahí que se infiltren en los criterios de evaluación, hoy con carácter complementario, pero quién sabe si mañana con absoluta preponderancia sobre los contenidos que se pretenden depurar. Sólo quedaría a salvo un cortísimo Bachillerato de dos años en el que de veras prepararse para la “abstracción y conceptualización” de los estudios superiores.

 El cóctel es desalentador: comprensividad + mecanismos de promoción automática + competencias básicas. Toda una garantía de que las enseñanzas medias permanecerán reducidas a centros de alfabetización, mientras la enseñanza primaria parece quedar libre de toda responsabilidad a este respecto. Según el MEC:

Estas son las razones que han llevado en la Ley Orgánica de Educación a incluir las competencias básicas en el currículo y a considerarlas como referentes para la evaluación. La LOE las establece como referencia para la promoción de ciclo en la educación primaria y para la titulación al final de la educación secundaria obligatoria, así como para las evaluaciones de diagnóstico previstas en el cuarto curso de la educación primaria y en el segundo de la educación secundaria obligatoria.

 

Nuestras competencias autóctonas quedan así redactadas:

 -Competencia en comunicación lingüística

– Competencia matemática

– Competencia en el conocimiento y la interacción con el mundo físico

– Tratamiento de la información y competencia digital

– Competencia social y ciudadana

– Competencia cultural y artística

– Competencia para aprender a aprender

– Autonomía e iniciativa personal

 

Llama la atención que haya desaparecido cualquier alusión a la iniciativa empresarial, síntoma de que no se trata tanto de formar a futuros emprendedores como de amasar un contingente humano con el utillaje mínimo que les permita convertirse en mano de obra barata. Las aspiraciones del Informe Delors quedan reducidas aquí a un forraje igualitarista que no sabe de trayectorias, deseos y voluntades. Una misma papilla para todos, desprovista de cuanto pueda significar un grado de selección o un cierto nivel de excelencia.

La misma sustitución del término competencias clave por el de competencias básicas es harto reveladora, pues este adjetivo se mueve en el mismo campo semántico que la palabra “mínimo”. El problema es que, hasta hoy, los institutos estaban organizados en asignaturas, cada una con sus contenidos y objetivos propios. La yuxtaposición de otro elemento curricular como son las CCBB sólo puede concluir en la aniquilación de uno u otro. Y no es inverosímil la hipótesis de que, ante tal coyuntura, lo que acabe primando sea esta política de mínimos por encima de la especialización asociada a los institutos de enseñanza media.

 

Mi abuelo (y el género bobo)

                                                                                                                                                                     A la memoria de D. Luis Fernández Muñiz

Todos los años preparo en 1º de ESO una prueba inicial de redacción y aritmética que se suma a la de conocimientos y habilidades musicales. Como ya sé que los chicos vienen escasos de solfa y otras melomanías, al menos me hago una idea de cómo manejan su propio idioma. Y lo cierto es que lo manejan mal. Vocabulario mínimo, faltas ortográficas agudas como puñales, sintaxis descoyuntada, tildes y puntuación ausentes. Por no hablar de algunas caligrafías que parecen el encefalograma de un bonobo. Ejemplos:

– «e hido» (por «he ido»).

– «hestube» (por «estuve»).

– «esprotó» (por «explotó»).

– «ajín» (por «así»).

– «binieron a berme».

– «uracán».

– «aber si apruevo».

Podría seguir hasta que me venciera el sueño, pero lamentaría que ustedes no pudieran conciliar el suyo. Les doy mi palabra de que no son ejemplos seleccionados a partir de uno o dos escritos, sino que la muestra abarca al conjunto de todas las clases, cuatro en total. Claro que hay algún texto decente, pero, desde luego, ninguno brillante o con ligeros indicios que permitan detectar una alta capacidad lingüística. El techo es la mediocridad monda y lironda. A partir de ahí, un descenso vertiginoso hacia las simas del analfabetismo funcional.

Cuando uno corrige estas cosas en la soledad de su estudio, es fácil que se deje vencer por la melancolía. En los albores del curso escolar me acuerdo siempre de mi abuelo. Y no porque se cumpla ningún aniversario, pues murió un día de San Valentín, sino por la elegancia de su escritura. Mi abuelo, como tantos otros de su generación, no pudo ir a la escuela tanto como hubiese querido. A pesar de ello, estaba en condiciones de  elaborar un escrito sin temor a ponerse en evidencia.

Hoy, ochenta años después, niños que disfrutan de unas comodidades impensables entonces, que tienen a su disposición una enseñanza universal y gratuita, ultraportátiles y libros de texto sin coste alguno, diversificaciones, desdobles, refuerzos, grupos flexibles, adaptaciones curriculares significativas, profesores de apoyo, orientadores, planes de lectura, días del libro y de la paz mundial, bilingüismo, TIC, mediadores sociales, becas 6000 y loqueterondarémorena, redactan como si acabaran de salir de una película de Truffaut.

¿Cómo es posible?

El caso es que en Primaria algo deben de enseñarles. Han hecho análisis sintácticos, por más que ninguno sepa qué es la sintaxis. Han hecho análisis morfológicos. Hasta es posible que les hayan hablado del signo lingüístico. Pero no saben escribir, y muchos de ellos leen silabeando.

Sin embargo, hay una constante en todas las redacciones que he corregido, algo que se repite como un ominoso mantra de corrección política. Todos ellos se cuidan mucho de preservar la pureza del lenguaje coeducativo. Y escriben:

«Este berano e hido a casa de mis primos/as».

O:

«Hestube por hay con mis amigos/as».

Tan celosos se muestran en su custodia de la llama cocoguagua que alguno da en un hallazgo transgenérico:

«Ayí había muchos hombres/as».

Tanto escrúpulo, y tan generalizado, sólo puede ser achacable a la observancia estricta de quienes les instruyen.  Puede naufragar el lenguaje, y, con él, la comprensión del mundo, pero la superficie satinada de lo políticamente correcto brilla en todo su estúpido esplendor. Saquen sus propias conclusiones. Nos afanamos en la forja de chicos buenos, aunque sólo sea sobre un papel garabateado con renglones torcidos. Nuestra conquista cultural es un analfabetismo de género, sí. Del género vovo.

Y es que, al final, lo que cuenta no es tanto la forma como las formalidades que dictan los gurús de la ingeniería social. Al diablo las normas de escritura. Mejor asesinar el lenguaje que al prójimo. O a la prójima.

Hasta el año que viene, abuelo.

Humo de Calidad

PIENSA-VOLENS denuncia el nuevo intento de la Consejería de Educación de Andalucía de comprar aprobados con incentivos a los profesores. Pulse en la imagen para más información.

Sí a los recortes

A estas alturas, se han dicho ya muchas cosas acerca del aumento en el horario docente dictado por la Consejería de Educación madrileña. El debate, claro está, no se limita a este incremento en la carga de trabajo, sino a otros aspectos colaterales como el freno a la contratación de interinos o los privilegios de la enseñanza concertada. La reacción de los profesores ha sido, a diferencia de otras ocasiones que también pedían un grito de protesta, rápida y contundente. Y, como suele ocurrir en estos casos, la sospecha de ideologismo y de intereses espurios en uno y otro lado flota en el aire viciado de las dosespañas.

¿Cómo explicarle al ciudadano el cómo y el porqué de la ira profesoral? ¿Cómo matizar los argumentos maximalistas de políticos, medios y líderes sindicales en esta época de recesión y cinco millones de parados? Veamos.

En primer lugar, las palabras de Aguirre afirmando que los profesores «sólo trabajan 18 horas» son inaceptables por falsas. Ha rectificado y pedido disculpas, aunque tarde y con la carnicería publicitaria ultimando el despiece de todo un cuerpo de funcionarios. Poco más hay que decir sobre esto, excepto que mucho tendrá que afinar en el futuro Doña Esperanza para que los profesores la admitan de nuevo en el coro.

En segundo lugar, la extensión a 20 horas está contemplada en la legislación, si bien es verdad que con un carácter excepcional limitado a las necesidades particulares de cada centro. Al convertirlo en medida universal, se entiende que lo extraordinario es la crisis económica que arrastra el país, la cual obliga a un mayor aprovechamiento de los recursos demasiado humanos. No hay dinero, en suma.

Esto conlleva que muchos interinos no sean contratados, lo que no significa que sean despedidos. La interinidad es, por definición, eventual, aunque pueda resultar doloroso en muchos casos; especialmente, los de aquéllos que en su día aprobaron la oposición pero no obtuvieron plaza.

Los argumentos del poder político son económicos, pues. Por su parte, los sindicatos mayoritarios afirman que la calidad de la enseñanza se verá mermada por la falta de profesores. Sostienen que no se podrán hacer desdobles, que afectará a las tutorías y a la atención personalizada del alumno. En realidad, lamentan que no se puedan seguir poniendo parches a lo que es, desde hace años y con su comprado silencio, un sistema en ruinas. Las decenas de planes, refuerzos y proyectos que se han incorporado desde que la LOGSE es LOGSE no han servido para que el nivel de la enseñanza aumente. Antes al contrario, ha sido con excusa de estas inversiones estériles que se ha mantenido una estructura obsoleta y ya por completo inservible. Todos estos añadidos, así como la obsesión por las ratios bajas y la demanda de más y más recursos, constituyen la excrecencia caótica de un cadáver. Ya ni los más veteranos recuerdan cómo era posible dar clase a 40 alumnos y no estar loco. Y el caso es que se podía.

Ahora se hace difícil soportar clases de más de 25. Quien tenga alguna duda sólo tiene que probar a ponerse delante de uno de esos heterogéneos grupos de 1º o 2º de ESO que abundan en los institutos públicos. Este que les escribe tiene visto cómo todo un señor policía perdió los estribos en una sola charla frente a un auditorio de las características citadas. Un policía. Así que no estamos hablando de los viejos tiempos, sino de unos en los que el ethos académico, la curiosidad intelectual y la disciplina han hecho mutis por el foro.

En estas circunstancias, no es descabellado que los profesores perciban el aumento de horas lectivas como la última agresión de unos políticos que jamás han escuchado otras voces que no fueran las suyas o las de sus esbirros sindicales. No es que los profesores no estén dispuestos a hacer un sacrificio, sino que no deberían hacerlo a cualquier precio. El problema es ponerse de acuerdo en las condiciones de este quid pro quo, pues también entre quienes imparten clase existe una polarización, digamos, pedagógica, que hace imposible compartir según qué tipo de demandas.

Imaginemos el siguiente escenario. Yo, profesor, estoy dispuesto a asumir 20 horas de docencia directa (lo cual es un recorte de mis condiciones laborales), si usted, legislador sapientísimo, está dispuesto a recortar en lo que sigue:

Subvenciones a sindicatos. En vista de que su trabajo es infructuoso, se trata de una partida innecesaria que puede suponer un ahorro de 30 millones de euros al año.

Plan de Igualdad en Educación.

– Programa de Calidad y Mejora de los Rendimientos Escolares, vulgo Plan del Soborno.

– Ecoescuelas.

– Programa de Gratuidad de Libros de Texto.

– Programa de Gratuidad de Ordenadores.

– Becas antiabandono.

– Pruebas de Diagnóstico.

– AGAEVE (Agencia Andaluza para la Evaluación Educativa).

– Plan PROA.

– Plan ESFUERZA.

– CEPS de formación del profesorado.

Etc.

(NOTA: algunos de estos planazos son exclusividad de la muy idiosincrática Comunidad Andaluza).

Seguro que en algo de todo eso podrá hacerse una poda de la que no se resentirá el sistema educativo, siendo así que un muerto no siente ni padece.

Si ni por ésas mejoran los niveles, pueden probar a recuperar para los institutos el cometido que siempre les fue propio: preparar para estudios superiores (de ahí lo de Enseñanza Media). Y atender a la diversidad de intereses y capacidades proveyendo de itinerarios alternativos a quienes no sientan la llamada de la Universitas. Restableciendo, en fin, el espíritu ilustrado de toda formación académica que se precie de serlo.

Quizá así los padres dejen de morderse los tobillos por una plaza en la concertada. Quizá de ese modo los profesores no se tiren a su yugular por dos horas más de clase.

La pregunta es: ¿les interesa, señorías?

No me respondan ahora. Háganlo después del segmento de ocio.

MIRa quién habla

«La calidad de la enseñanza es un reflejo de la calidad de sus maestros». Es sentencia repetida, pletórica, triunfante; la cual, como toda frase lapidaria, no consiente que el buril incorpore a la piedra los matices oportunos. La leímos en el Informe McKinsey y la oímos una y otra vez en boca de los ingenieros políticos. Una gran verdad, qué duda cabe, pero también una verdad a medias.

La calidad de la enseñanza no la determina solamente la excelencia de quienes transmiten el conocimiento. Esta es condición necesaria, sí, pero no suficiente. Para que la enseñanza sea posible se requieren, al menos, otras dos condiciones previas:

1. El compromiso declarado de aprender: Por muy bueno que sea uno en su asignatura, por mucha paciencia que le dedique, jamás podrá enseñar nada a quien nada quiere aprender. El error de la máxima consiste en ignorar a una de las partes del proceso – el alumno – como si fuera una tabla rasa carente de voluntad. El aprendizaje no es sólo el resultado de un compromiso, sino también el compromiso en sí. Nada puede fructificar si se ignora este punto de partida, así como no tiene sentido una Escuela donde esté ausente el «deseo de comprensión».

2. La Escuela desideologizada: El profesor debe ejercer su función sin menoscabo de la libertad de cátedra. Si un proceso selectivo reconoce su autoridad magistral, no se explica que constantemente se le induzca a la aceptación acrítica de una metodología sancionada como la «políticamente correcta». La Escuela que se convierte en un laboratorio donde experimentar los dogmas ideológicos no es libre, y, por tanto, el profesor debe hacer su trabajo en medio de las tensiones suscitadas por la libertad que le concede la Constitución y las pesadas cadenas de la ingeniería social.

Viene esto a cuento de la ocurrencia de Alfredo acerca de implantar una especie de MIR en la profesión docente. Dicho sea de paso, la última ocurrencia en materia educativa de tan siniestro personaje fue la LOGSE. Debe de estar muy contento el superministro con aquello que urdieron los Marchesi & Co., pues no le ve otra falta que la escasa formación de sus profesores. Ni una mención a un hipotético fallo del sistema, precisamente porque el sistema es el reflejo de una ideología, y, como tal, dogmático. Lo cual que no sería tan grave si no fuera porque, además, es un sistema fracasado.

Ni ochenta MIR pueden modificar la deriva de la LOGSE/LOE, por la sencilla razón de que sus premisas han sido siempre erróneas. El paidocentrismo fracasó, y también lo hará este presunto giro copernicano que parece reconsiderar la figura del profesor como pieza angular del sistema. Y fracasan porque ambas ignoran la primera premisa: como en todo proceso comunicacional, la enseñanza requiere que emisor y receptor estén dispuestos a intercambiar mensajes. La ampliación de la «obligatoriedad comprensiva» hasta los 16 años significó que está condición no fuera posible. Hasta ese límite, son muchos los alumnos que no quieren o no pueden seguir la vía tradicionalmente asignada a los Institutos de Enseñanza Media, de modo que el proceso se ve interferido por el «ruido de los disidentes».

Pero la ideología logsiana tenía como principal mandamiento el de la igualdad. No de derechos, sino de resultados. Un mundo feliz – pero, finalmente, distópico – en el que todos encontrarían variadísimos estímulos para estudiar lo mismo. No fue así, claro, y un reflejo de ello se aprecia en cómo ha variado la fisonomía y reglamentación de los institutos, sometidos a un control psuedocarcelario cuyo fin principal es mantener bajo vigilancia a los insurgentes. Pese a que la Arcadia prometida no se materializó, Alfredo y sus mariachis jamás dudaron del sistema. Fueron encontrando excusas de todo pelaje: el retraso histórico, la educación franquista, el nivel socioeconómico de los padres, la sociedad de consumo, la burbuja inmobiliaria, la televisión (Internet, no: Internet lo mola todo, aunque el niño se pase diez horas en Tuenti), las zozobras de un mundo cambiante y hasta el libre mercado. En este repertorio también había sitio para aquellos profesores que no tragaban con la doctrina, claro está. Pero quizá pensaban que un gremio tan dócil acabaría plegándose al canon de los nuevos psicopedagogos, quienes sostenían que la del maestro devendría una figura innecesaria, puesto que el conocimiento se construye o, simplemente, se encuentra.

Y es que el profesor empezó a ser prescindible el mismo día en que algunos creyeron que también lo eran los contenidos. Lo importante, decían, son las estrategias curriculares, las competencias básicas, la construcción democrática del conocimiento. Aprender a aprender, sí. Pero, aprender, ¿qué? El desprestigio del profesor corrió parejo al desprestigio del conocimiento. Al menos, de ese conocimiento que servía para tender puentes entre los Institutos de Enseñanza Media y la Universidad, y que hoy está siendo sustituido por un sucedáneo pueril, utilitario e insignificante. Como dicen los «modernos», ¿para qué insistir, si ya todo está en Internet?

Esta concepción de la enseñanza convertía el proceso en un ejercicio de solipsismo nihilista: Ningún emisor, ningún receptor, ningún mensaje. La Nada en estado puro.

Sin duda, en Primaria estas ideas encontraron eco; pero los Institutos – cuya naturaleza y cometido son muy distintos – han ido sobreviviendo gracias a profesores que enseñan lo que saben aun a pesar del pensamiento único. Que Alfredo apueste ahora por un MIR no significa que persiga la excelencia académica en los claustros, sino que es una manera de dirigir el foco inculpatorio hacia la tarima docente. La excusa que hace furor esta temporada es que buena parte del fracaso se debe a la escasa formación pedagógica de los profesores. Y, por descontado, los más culpables de entre los culpables son los especialistas de secundaria, por más que la evidencia y los Informes PIRLS para Primaria hablen de un acusado descenso de los niveles en esta etapa. Lo que quiere Alfredo es más pedagogía igualitaria y comprensiva, más doctrina y más asentimiento gregario. Mientras que el MIR de Medicina está pensado para forjar especialistas, el proto-MIR de Rubalcaba sólo puede derivar hacia la característica generalización de las consignas.

Quizá a ese espíritu responden estas declaraciones del ínclito ministril:

«Tenemos un sistema educativo que lo que sí hace de putísima madre es formar a funcionarios.»

Sobre todo si dicen: Amén.