OSman: Libro I. Capítulo II.

La música en mi cabeza no fue siempre este pitido calante del que os he hablado. Cuando era niño oía sinfonías enteras, con sus fanfarrias luminosas, sus cuerdas cálidas y todo el sinfín de lugares comunes que podáis asociar a los distintos timbres musicales. No se trataba de una obra ajena que hubiese  almacenado en mi cerebro, sino de una, digámoslo así, creación original que se renovaba a sí misma con absoluta autonomía. Sin duda, ése fue el motivo de que tardase tanto en proferir mi primer balbuceo: una especie de modulación wagneriana que asustó muchísimo a mis padres. Hasta aquel día, estaban convencidos de tener un hijo tonto, y asumían esta desgracia con el resignado amor que es propio de tales casos. Para reforzar su duelo, no faltaron los pediatras que me diagnosticaron afasia, amnesia, autismo y, en general, todas las patologías que empiezan por a.

Mi cromático despertar al lenguaje, que mi madre recordó tiempo después como una «psicofonía en la voz de un niño», dio paso a nuevas interpretaciones sobre mi estado, de entre las que prosperó aquélla por la cual el hemisferio derecho de mi mollera estaría experimentando un desarrollo fuera de lo normal. ¿O era el izquierdo? El caso es que el Doctor Méndez fue quien sugirió a mis padres la posibilidad de estar ante un prodigio de la naturaleza. Un prodigio musical, para ser exactos. Ignoro lo que sabría el doctor de neurología, pero lo cierto es que era un buen aficionado al jazz.

Esto animó mucho a la Sra. Manso, no porque fuera a sentir más amor del que ya sentía por su hijo, lo cual era imposible, sino porque al fin podría repeler los gestos de conmiseración de sus amistades con una buena dosis de orgullo genético. No es lo mismo presentar en sociedad a un desahuciado que a Mozart redivivo. Mi padre, en cambio, se preguntaba de dónde habría podido sacar ese talento un vástago de su estirpe, en la que no abundaban, precisamente, el discernimiento melódico ni las filigranas rítmicas. Mi madre ni siquiera había escuchado Eine Kleine Nachtmusik durante su embarazo, pues la música no ocupaba un puesto de honor en sus tribulaciones como asesora fiscal. Además, había leído que esa música se la ponían a las vacas de Wisconsin para que dieran más leche. Y aquí no se trataba de que un niñato con peluca y chupa rococó le estrujara las ubres. Tonterías.

La tesis era de doble sentido. O bien las alucinaciones musicales me predisponían para la música, o bien eran mis facultades musicales las que me provocaban aquel continuum filarmónico. Fuera de uno u otro modo, mis padres concluyeron que sería muy conveniente aprovechar aquellos dones y pagarme unas clases de piano. El Doctor Méndez aprobó la idea, aunque, en su modesta opinión, el saxo alto era un instrumento con menos competencia y de una versatilidad muy apreciada. Al fin y al cabo, pensaban, alguien que oye música las veinticuatro horas del día debe de tener mucho trabajo avanzado. El conocimiento de la técnica haría el resto.

Pero nada es tan sencillo…

Como era de esperar, la cantinela somática me distraía de mis encuentros con  la música mundana. En realidad, me distraía de cualquier otra cosa, incluidas las más elementales pautas de interacción con otros seres humanos. Pero sobre esto abriremos un capítulo aparte. Lo que ahora quiero dejar por escrito es cómo mi profesora de piano llegó a un diagnóstico mucho más cruel que el de los médicos que habían investigado mi mal.

– Este niño tiene una oreja delante de otra. Y ni un gramo de sensibilidad.

Mi madre asentía, porque en su casa le habían enseñado a respetar la autoridad del experto, pero en realidad imaginaba a la Sra. Castañón siendo objeto de las peores sevicias. Lo adivinaba por un gesto suyo con el que solía poner diques a la expansión de los instintos. El gesto en cuestión consistía en morderse el labio con las paletas superiores hasta hacerse sangre.

– Ustedes pueden seguir pagando estas clases y yo no les pondré ningún impedimento para ello… Pero mi ética profesional me obliga a decirles que este muchacho no ha nacido para la música. Tiene zarpas en lugar de manos.

Está bien, me toca defenderme. No es que fuera insensible a los matices del señor Muzio Clementi, quien, por otra parte, era un ladrillo de mucho cuidado, sino que debía equilibrar los volúmenes de lo que oía en mi cabeza con los sonidos que, literalmente, arrancaba del noble instrumento. Si no quería que las alucinaciones me arrastraran a su particular tempo, a su tonalidad propia, entonces debía golpear las teclas con toda la fuerza que me fuera posible. Y vaya si me empleaba a fondo. No había Andante lírico que yo no transformara en una intimidante marcha militar, ni pasaje tan delicado que no pudiera convertir en un aquelarre a las mismísimas puertas del infierno. Ciertamente, la Sra. Castañón debió sufrir lo indecible en aquellas tardes de violenta mecanografía. Pero mi madre no estaba dispuesta a aceptar el veredicto.

– Este niño nació con la Música en su cabeza. Y creo que usted se está encargando de expulsarla a patadas. Buscaré a quien sepa mantenerla en el sitio que le corresponde. Adiós.

El amor consanguíneo no entiende de imposibles ontológicos, como veis.

Mi madre, con sangre en los labios, prometió buscarme otra víctima que ofrecer al altar profanado de Terpsicore. Ya os hablaré de ella, porque ahora hemos de volver a la Cáscara de Huevo.

OSman: Libro I. Capítulo I.

Podría deciros que me llamo OSman y esperar, como ocurre en las presentaciones habituales, una señal de aburrida complacencia. Ah, OSman, encantado de conocerte. Pero intuyo que alguno de vosotros ya habrá arrugado el entrecejo y deducido que alguien que se hace llamar así sólo puede ser un artista famoso o un perfecto imbécil, si es que no ambas cosas a la vez. Como no he llegado a convertirme en lo uno, ni mi orgullo es tan débil como para aceptar considerarme lo otro, os adelanto que satisfaré vuestra posible curiosidad en el momento indicado, cuando ya sepáis algo más sobre el portador de esta doble y mayúscula infamia. Por ahora, baste añadir que la s de mi nombre se ensoberbeció sólo en la edad madura, y que, por mucho que os cueste creerlo, no fui yo el responsable de esa estúpida mutación nominativa.

También quiero que sepáis que estamos muy cerca del final de la historia. No la del señor Fukuyama, claro está, pues ésa también soporta el gracioso envanecimiento de las letras capitales, sino la mía. Que haya decidido abrir por el cierre no significa que tenga pretensiones de originalidad, sino que el origen se explica por los límites últimos de la acción que produce. Y, en mi caso, ese límite es una sola nota, un pedal incesante, un bordoncillo agudo que me zumba en los oídos mientras hago mi entrada en la Cáscara de Huevo. Los médicos me han dicho que es un simple acúfeno, también llamado tinnitus, y que tras el síntoma de ese punzante campanilleo no se detecta ninguna infección o traumatismo que deban preocuparme. Yo les dejo hablar, porque en mi casa me enseñaron a respetar la autoridad del experto, pero sé que se equivocan y que la resolución es inminente. Sospecho que lo próximo será un ruido blanco, como el de una televisión que no está sintonizada o el de uno de esos cedés que incluyen una solitaria pista de semejante ruido con el fin de conciliar el sueño.

Pero os dije que estaba entrando en la Cáscara de Huevo, y eso me hace temer que entendáis tal afirmación de un modo literal, como si se os hubiera invitado a una innecesaria revisión de El Increible Hombre Menguante. Nada hay aquí de extraordinario, puesto que la Cáscara es sólo una de las sedes que el Aparato emplea para festejar sus logros y rodear a sus funcionarios y siervos de una liturgia apacible. Si se le llama así es porque tiene esa forma ovoide; signo, si queréis, de que nuestros señores, al contrario que este humilde servidor, prefieren el orden ab ovo antes que encomendarse a las veleidades del azar y la libre asociación de ideas. Así que me introduje en el plasma germinativo del Aparato, mientras oía esa única nota, un Mi con sensible tendencia al Fa, aunque a veces me parezca un Fa que ansía recalar en su frecuencia vecina. En la entrada, una azafata me entregó un díptico de papel ilustración mate, en el que se refería la secuencia abrumadoramente lógica del acto institucional. La chica se me quedó mirando y preguntó:

– Usted es OSman, ¿verdad?

Asentí. Antes dije que no era un artista, pero eso no significa que no sea famoso. En realidad, OSman es el famoso. Y detrás de esta fachada altisonante habita un individuo que responde al sencillo nombre de Rafael Manso.

– Sí, de alguna manera soy yo. Y tampoco.

XVI PREMIOS AL EMPRENDIMIENTO CULTURAL Y E-DUCATIVO  «MAURICIO MANCHA»

11.15: Presentación a cargo de D. Ernesto Caballero (Fundación Leda)

11:30: Conferencia a cargo del Consejero de Educación, Excelentísmo Sr. D. Francisco Mancha.

12: 30: Ágape.

13:15: Actuación musical: Grupo Melodyne.

13: 45: Entrega de premios.

14: 15: Clausura.

Ya veis, todo un programa, casi un itinerario vital concentrado en poco más de tres horas. Podréis figuraros que alguien incapaz de presentarse como es debido ni de justificar en modo alguno su rareza onomástica se enfrente a una perspectiva como ésa sin demasiado entusiasmo. Ya tendremos ocasión de relatar lo sucedido en cada uno de los hitos horarios, aunque tal vez os haga comer las manzanas antes que el huevo y la digestión se os haga insoportable. Pensad que el tinnitus me zumba en la cabeza de un modo tal que cualquier estímulo es susceptible de llamar mi atención, si así se me concede olvidar por un segundo esta música plana, minimalista y terca como el Excelentísmo Encefalograma de nuestros amados próceres.

Tened paciencia conmigo.

Lo tuyo es puro teatro

ESCENA IV

(Estamos en la sala principal. El Psicopeda y el profesor Di María ocupan el centro del escenario. Permanecen de pie, en una posición inmóvil y ligeramente inhumana, como androides que estuvieran cargando sus baterías. Delante del profesor Di María hay una mesa. Sobre ella, una tela blanca tapa una serie de objetos de diferentes alturas e indefinible relieve. Cuando los profesores entran en la habitación, el Psicopeda y el profesor Di María recuperan la capacidad motriz y sus rostros se animan)

PSICOPEDA: Adelante, adelante. Siéntense, hagan el favor, quiero presentarles a un invitado muy especial. ¿Qué tal ese cafelito?

CARMONA: Cervecita. El café, para la resaca.

PSICOPEDA: Ah, tunante… (A todos) ¡Muy bien! Si antes hemos dejado atrás el pasado, en esta sesión quiero que sean ustedes testigos del futuro. Hoy está con nosotros el profesor Walter Di María, reconocida figura en el campo de la Didáctica Democrática, Asesor Educativo de la Unta y Doctor Honoris Causa por la Universidad Franz de Copenhague.

REQUENA (A Carmona, cuchicheando): Con esa cara…

CARMONA: Ya te digo.

PSICOPEDA: El profesor Di María va a compartir con nosotros una buena práctica docente que le reportó el Primer Premio de la UNESCO a la Innovación Pedagógica. Comprendo que quizá es demasiado pronto para algunos de ustedes, y que las estrategias de tan reputado especialista pueden resultarles, ¿cómo decirlo?, demasiado avanzadas. Si advierten que no pueden seguir sus explicaciones, no se preocupen. Con el paso del tiempo, lo que hoy les parece inaccesible mañana les resultará tan natural como el aire que respiran. Tengan en cuenta que el profesor Di María…

DI MARÍA: Decime Walter…

PSICOPEDA. …que Walter es una referencia para todos nosotros. Creo que sólo con escucharlo saldremos de aquí convertidos en otras personas. Pero lo mejor es que lo vean por ustedes mismos. Cuando quieras, Walter…

(Aplausos)

DI MARÍA: Gracias, Salvador. En primer lugar, quiero agradecerles su presencia y manifestarles mi sincera admiración por su talante inconformista. Son ustedes lo que la sociedad demanda, gente comprometida, gente entusiasta, gente que busca siempre el modo de superar sus límites. Que son muchos…Confío en que la experiencia que voy a mostrarles los impulse más allá de sí mismos. Pero sin hacerse daño, ¿eh?
En segundo lugar, la Escuela, tal y como está concebida, es una especie de cárcel, este… una prisión llena de esclavos chiquititos y unos señores muy serios que se creen en posesión de la verdad. Pero, ¿qué verdad?, ¿no es cierto? Pues no, no es cierto que haya una verdad unívoca, porque la verdad es polimórfica, es polisémica, es poliédrica… Es…. ¡política!

Y si no hay una verdad, ¿qué es el conocimiento? Pues yo quiero decirles lo que para mí es el conocimiento: ¡un mito! Hoy la muchachada tiene las redes sociales para ponerse al día de lo que pasa en el mundo… Ustedes sólo tienen que enseñarles a pescar, y ya ellos se conducirán del mejor modo. Por la izquierda, a ser posible. Al fin y al cabo, los niños son los auténticos sabios. Ya lo dijo Mark Twain: “Nunca he permitido que la escuela entorpeciese mi educación.” ¡Ésta es la clave!

Por eso hay que apostar decididamente por un 4-4-2, jugando por los extremos y con un doble pivote en el centro de la cancha y…

PSICOPEDA: Esto, Walter…

DI MARÍA: Ah, sí, Salvador, me perdonás, que se me ha ido la cabeza a otro discurso… No, decía… la escuela tiene que salir a la calle. Y, si no, que sea la calle la que entre en la escuela… No importa. Así que no esperen que les hable de grandes teorías ni de severas cuestiones académicas. Yo les traigo a ustedes un saber posible. Exacto: ¡otro conocimiento es posible! Tanta milonga con aprender logaritmos neperianos, reyes godos, subordinaciones sintácticas, boludeces… Ya lo ven: ¡subordinaciones! Pura opresión de una élite meritocrática…

Hay que enseñar cosas útiles, cosas que todos puedan aprender, ¿no es cierto? Cosas que todos puedan manipular con sus propias manos. ¿Con qué, si no? Creo que no es necesario que les diga lo importante que es para nosotros la manipulación, ustedes se hacen una idea…
Y acaso tan importante como esta filosofía es disponer de las herramientas tecnológicas con que implementarla. Hoy, queridos amigos, quiero presentarles una de esas herramientas. ¡Et voilá!

(Retira la tela blanca que cubría la mesa. Se ve un cuenco de verduras, una botella de aceite, una botella de vinagre, un frasco de sal y, en el centro, un brillante robot de cocina)

TODOS: Oooooooooh…

DI MARÍA: En efecto, compañeras y compañeros… Les presento el Guadamix 3.1. ¿Dirían que es un simple robot de cocina?

MANUELA: Pues sí. Yo tengo uno parecido…

DI MARÍA: Pero estoy seguro de que usted lo llena de alimentos…

MANUELA: Pues claro. ¿De qué si no?

DI MARÍA: Disculpe: su nombre es…

MANUELA: Manuela.

PSICOPEDA: Ló-pez Fer-nán-dez.

DI MARÍA: Comprendo… Linaje de hidalgos, seguramente conquistadores imperialistas. Una pena… ¿Vos tenés imaginación, Manuela?

MANUELA: Imagino que sí.

DI MARÍA: Pues usála, querida mía… El robot de cocina es un concepto, una metáfora.

MANUELA: ¿De qué?

DI MARÍA: ¿Cómo de qué? Usá la imaginación.

MANUELA: No lo entiendo.

PSICOPEDA: Ya te dije, Walter, que estamos todavía un poco verdes. (A los profesores) Es otro nivel…

DI MARÍA: A ver, Manuela… ¿Qué cree que voy a hacer con estos ingredientes?

MANUELA: No sé, ¿un gazpacho?

DI MARÍA: Es correcto, pero sólo en términos literales. Con estos ingredientes, Manuela, yo voy a elaborar una unidad didáctica. ¿No lo cree posible?

MANUELA: Si usted lo dice…

DI MARÍA: Les haré la demostración. Y gratis, ¿eh?

PSICOPEDA: Disculpa, Walter: la unidad didáctica que nos vas a presentar, ¿es de tipo transversal? ¿Interdisciplinar? ¿Coeducativo? ¿Competencial?

DI MARÍA: Bueno, mirá…. ¡es un gazpacho!

PSICOPEDA: Claro, claro, un gazpacho… Es evidente, es evidente…

DI MARÍA: Noooooo, es broma, che… La unidad trata de las Competencias Básicas en un espacio dialógico, inclusivo y contextualizado.

(Un Auxiliar aparece mostrando al público un cartel con esta leyenda, como las azafatas en un combate de boxeo)

PSICOPEDA: Impresionante.

DI MARÍA: Sí, bueno, este… lo esencial es que el medio centro lleve la manija, tocando en corto para el media punta y abriendo la defensa con balones en largo a las incorporaciones de los carrileros…

PSICOPEDA: Profesor…

DI MARÍA: ¿Qué? Ah, sí… otra vez que me fui a la mierda… Disculpá, Salvador, pero es que tengo abiertos tantos frentes… Estábamos con el gazpacho dialógico, ¿no es cierto?

PSICOPEDA: E inclusivo.

LUPE: ¡Y texturizado!

DI MARÍA: Pues bien… Lo primero es presentar la unidad a los alumnos. ¿Qué objetivos queremos alcanzar?

REQUENA: Meter algo en el buche…

DI MARÍA: Claro, ésa es una necesidad primaria que debe ser cubierta… Pero miren más allá de lo matérico… No es tanto adquirir unos conocimientos como construirlos desde una perspectiva crítica. Ni el gazpacho es una mera sopa, sino un signo semiótico del mestizaje entre culturas…

REQUENA: Ah…

DI MARÍA: Desde el proto-gazpacho andalusí a la llegada del tomate americano, qué relato fascinante para contar a los niños, ¿no es cierto?…

MANUELA: Perdone, profesor. ¿Está usted pensando en una clase de Historia? La Reconquista, el Descubrimiento de América…

DI MARÍA (Volviéndose hacia el Psicopeda, sorprendido): Este, Salvador… ¿Qué le pasa a esta mina? ¿De qué pelotudeces habla? (El Psicopeda se encoge de hombros) (A Manuela) Mirá, Manuela, si querés hacer ideología fundá un partido, pero no intoxiques a los pibes con arengas colonialistas…

MANUELA: Son hechos históricos…

DI MARÍA: ¿Vos no escuchaste? Los hechos no son, ni históricos ni el orto, los hechos se construyen. Y, en última instancia, se deconstruyen. ¡Vos querés hacer un gazpacho xenófobo y totalitario!

LUPE: Gazpacho el que hace mi abuela… Pero un gazpacho normal, ¿eh?, sin cosas raras.

PSICOPEDA: Lupe: mejor atienda, que va usted por detrás de la clase…

MANUELA: Al menos algo de etimología, no sé…

DI MARÍA: ¿Etimología? Pero, ¿de dónde salís vos, Manuela? La etimología no se come… Rompé ese cascarón disciplinar en el que estás reclusa… Acá aprendemos lo que no se olvida… O sea, nada…

MANUELA: Pero…

PSICOPEDA: Perdón, Walter, si me permites… (A los profesores) Ya les dije que el profesor Di María va un paso por delante de todos nosotros. Incluso a mí me resulta difícil absorber la pluralidad de su pensamiento. Comprendo que estén desconcertados, pero no se impacienten: al final del camino, tendrán su recompensa.

DI MARÍA: Gracias, Salvador. (Coge el libro que está encima de la mesa) Mirá, sobre este tema tengo escrito un ensayo de seiscientas páginas donde se detallan todas las implicaciones curriculares. Está escrito en un lenguaje sencillo, no se apuren. Hasta ustedes podrían entenderlo, aunque sean profanos en metodología porteña. También, para los más sesudos, al final del libro hay un apéndice maravilloso que relata todos los River-Boca desde 1955.

PSICOPEDA: Extraordinario.

DI MARÍA: Así que, con su permiso, la justificación teórica se la leen ustedes en casa y ya la van asimilando. (Se quita la chaqueta y se remanga los puños de la camisa) En primer lugar, los contenidos: un kilo de tomates muy maduros, sin pelar. Un pimiento rojo pequeño, un diente de ajo, un trozo de cebolla, vinagre, sal y cincuenta gramos de aceite.

CARMONA: Y… ¿unos taquitos de jamón? ¿Eh?

DI MARÍA: No diga barbaridades, caballero. ¿Y si hay alumnos de otras confesiones? ¡Eso no es halal! ¡Ni kosher!

REQUENA: No se confunda, ¿eh? Que nosotros no somos neurálgicos del Régimen…

DI MARÍA (Mira al Psicopeda, confuso): Pero, ¿qué régimen? ¿De qué habla este boludo?

PSICOPEDA: Tranquilo, Walter. Son cosas nuestras…

DI MARÍA: Okay, nada de jamón, ¿estamos? Nuestro gazpacho es multicultural…

PSICOPEDA: Y contextualizado.

LUPE: ¡E intrusivo!

DI MARÍA: Vale, mirá, con la receta ya tenemos solucionada la competencia número uno, que es…

DOLORES: ¡Competencia en comunicación lingüística!

(El Auxiliar 2 atraviesa la sala con un cartel semejante al primero)

DI MARÍA: ¡Bravo! ¿Cómo dice usted que se llama?

DOLORES: Puede llamarme Lola…

DI MARÍA: ¡Lola! ¡Qué bello nombre, digno de la belleza de esta tierra!

DOLORES: Gracias, profesor Di María…

DI MARÍA: No, no, decime Walter… Creo que a lo sumo en dos meses se va a ganar usted un puesto de titular en el once, Lola. En la delantera, desde luego…

(Di María comienza a elaborar su gazpacho. A medida que el Asesor Didáctico “desarrolla” las Competencias, los dos Auxiliares se alternan para mostrar al público las respectivas cartulinas)

Pero continuemos: pasamos a introducir todos los ingredientes en el vaso, menos el aceite… Competencia en la interacción con el mundo físico… Programamos de tres a cinco minutos a velocidades 5-7-9 progresivo… Competencia matemática… Acá, si ustedes quieren, cambian “progresivo” por “progresista”, que quizá sea más fiel al espíritu que nos convoca, ¿no es cierto?

En el momento en que el alumno o la alumna accionan el mecanismo estaremos hablando ya de Competencia digital… Y seguimos… Incorporamos el aceite y mezclamos bien con la espátula. Este acto de mezcla, de mixtura, no es sino un símbolo de la integración cultural en las escuelas del siglo XXI… En este punto, si ustedes lo consideran pertinente, me añaden “escuelas progresistas del siglo XXI”, un concepto que los muchachos ya conocen… Esto es lo que se llama feedback, ¿no?… Luego tenemos, también, Competencia social y ciudadana…

PSICOPEDA: Magistral.

DI MARÍA: Gracias, Salvador. Pero, cuidado, que la cosa se complica. Les leo la siguiente nota que figura en la receta: “Si desea un gazpacho más emulsionado, ponga el aceite desde el principio, teniendo en cuenta que el color rojo será de menor intensidad.” Acá hay dos peligros evidentes que pueden desvirtuar el proceso de enseñanza-aprendizaje. En primer lugar, ¿quién querría un color rojo de menor intensidad? El gazpacho tiene que ser de un rojo sin complejos, un rojo convencido… Luego está esa palabra: “emulsionado”… Una complicación innecesaria… Ustedes pueden alentar a los chicos a que busquen la palabrita, bien es cierto… Pero nunca en el Diccionario de la Real Academia, por razones obvias…

MANUELA: Perdón. Y, ¿qué razones son ésas?

PSICOPEDA: Manuela, usted mejor que nadie debería saberlo…

MANUELA: ¿Cómo dice?

PSICOPEDA (Dando a entender con un gesto los problemas “domésticos” de Manuela): Walter, explícaselo tú, si eres tan amable… Es delicado.

DI MARÍA: Comprendo… A ver cómo se lo digo sin que se ofenda… La Academia es una institución patriarcal que denigra a las mujeres porque no respeta el lenguaje… de género. Me temo que es un asunto que le toca de cerca, ¿no es cierto? Dicho sea lo de tocar sin ningún ánimo de…

MANUELA (Se pone en pie): ¡Usted desconoce por completo las reglas de la Gramática!

DI MARÍA: ¡Reglas! ¡Ya salió la disciplina castrense!

MANUELA: ¡Usted confunde sexo y género!

DI MARÍA: Mirá, Manuela, las recomendaciones de la UNESCO son muy claras en este sentido…

MANUELA: ¡A mí la UNESCO me la trae al pairo! Esto es ridículo… ¡Y me largo!

PSICOPEDA: Manuela, es usted muy libre de abandonar la sala, pero le recuerdo que de proseguir con esta actitud no le será expedido el Certificado ACATE.

MANUELA: ¿Sabe dónde puede meterse el papelito?

DI MARÍA: Qué grosera…

MANUELA: ¡En el orto!

(Abandona la sala por el lateral izquierdo)

DI MARÍA: Bueno, ¡qué lamentable espectáculo! En fin… Siempre hay quien se resiste a seguir la dirección adecuada. Pero esto no debe hacerles mella… Si les parece, acabamos la actividad y nos tranquilizamos con una tapita de este gazpacho dialógico-inclusivo-contextualizado-multicultural y rojo.

PSICOPEDA: Adelante, profesor… No sabe cuánto lamento este malentendido…

DI MARÍA: Perdé cuidado… Como dicen ustedes, “arrieritos somos….” ¿Por dónde íbamos?

PSICOPEDA: Creo que iba a hablarnos de la Competencia para aprender a aprender…

DI MARÍA: Por descontado… Los alumnos y alumnas deben recurrir a plataformas comunitarias donde el conocimiento, aun siendo un mito, se consensúe. Por eso, nada de sexistas diccionarios decimonónicos… Estimulemos la cultura wiki…
Por lo demás, en cuanto a la Competencia en autonomía e iniciativa personal, les diré que este pedagógico gadget tiene una autonomía de nada menos que seis horas sin conexión a corriente, lo cual abarca el horario de una jornada escolar, si no me equivoco…

DOLORES: ¿Y la Competencia artística, Walter? Lo digo porque es un poco mi campo…

DI MARÍA: ¿Es usted profesora de Dibujo?

PSICOPEDA: Depiladora… Hace la Caribeña.

DI MARÍA: Ah, una destreza encoñable… encomiable. Pues para los artistas tengo una sorpresa, el truco de prestigio, il piú difficile ancora… Permítanme que sirva el gazpacho… (Los Auxiliares le acercan unas bandejas con cuencos. Di María va sirviendo las raciones) Acérquense, tienen que probarlo… (A los Auxiliares) Y ustedes, si son tan amables, me traen el lienzo…

CARMONA: Venga, Agus, a ver si se me asienta el estómago…

LUPE: Qué rico… Igualito que el de mi abuela… Qué lástima.

REQUENA: Güeno, güeno. Eso sí, unos taquitos de jamón y ya sería perfecto…

(Los Auxiliares acarrean un gran lienzo blanco y lo apoyan en un caballete)

DI MARÍA: Bien, y ahora, con el sobrante, los muchachos pueden dar rienda suelta a su creatividad. Estoy pensando en una acción tipo performance… en la línea del dripping painting de Jackson Pollock…

CARMONA: ¿Cómo?

DI MARÍA: Que aproveche… No, digo, que arrojen no más el contenido de sus cuencos sobre la tela…

DOLORES: Aaaaah…

DI MARÍA: ¡Así!

(Vierte el gazpacho sobre el lienzo, con pose trascendente)

DI MARÍA: Adelante, su turno.

(Los profesores imitan a Di María. Llevados por un impulso atávico, esparcen la sopa, componen figuras, pasan la lengua por la superficie, ríen compulsivamente)

PSICOPEDA: Genial, sencillamente genial.

DI MARÍA: Por supuesto. Fíjese qué maravilla… Podríamos llamarlo Gazpacho Nº 1. ¿Qué museo no lo exhibiría?

(Mientras los profesores retozan, el Psicopeda y Di María caminan hacia el proscenio y mantienen una conversación privada)

PSICOPEDA: Oye, Walter, sensacional, ¿eh? Yo sólo veo un problema…

DI MARÍA: Decime…

PSICOPEDA: El Guadamix este, 3.1…. ¿no es un poquito caro?

DI MARÍA: Noooooo, che… Ya tenemos firmado un acuerdo con una casa alemana. Nos sale bien de precio, comisiones aparte… El Consejero ya me dijo que quiere uno por alumno para el próximo año… Un modelo básico… Y ergonómico, vos sabés, que quepa bien en la mochilita…
Esto es el futuro, Salvador… (Le da unas palmaditas en el hombro)

PSICOPEDA: Cómo lo sabes, Walter, cómo lo sabes…

(De un lateral, sale un balón de fútbol. Llega hasta Di María, que le da unos toques sin que caiga al suelo)

DI MARÍA: Estoy en forma, ¿eh?

************************************************************************************************************************************

Esta escena pertenece a «La reeducación sentimental», cuyo texto completo puede descargar aquí . Y recuerde: la realidad siempre supera a la ficción.

La (re)educación sentimental (Teatro)

«En el Papiro Boulaq 18, datado en la dinastía XIII, hay un símbolo para el cero: el término nfr

nfr

según Lumpkin.[1] El escriba utiliza el signo hierático nfr.»

(Wikipedia)

«Volviendo al egipcio nfr, según Faulkner [5], significa «de apariencia, bello, hermoso» y «de condición, feliz, bueno, bien», sin olvidar su condición matemática de «cero; nfr n “no”, “no hay”» y «nfr w nivel del suelo, base»».

(«El ocultamiento del cero en el Antiguo Egipto», de Iván Rodríguez López. Fuente:http://www.jlgimenez.es/colaboraciones/ocultamiento_cero_egipto.htm)

Para leer La (re)educación sentimental, pulse aquí:

La (re)educación sentimental

La lección de Geografía

La lección de Geografía 

 

El mapa es vuestra Tierra.

No los valles, los montes, la sorda soledad

de los apriscos.

No el murmullo falaz de los arroyos

ni los niños

que escupen un idioma farisaico.

 

El mapa.

 

No el turbión de las noches sin estrellas

ni la fruta repleta de gusanos.

Tampoco las ciudades invisibles,

las sendas retorcidas o los niños

que ocultan en la sangre un extranjero.

 

El mapa.

 

Los hombres y mujeres que han cruzado

heridos de silencio la frontera,

no los mires. Su lenta procesión,

que no te aflija.

 

Del peso de la rama generosa,

tan pródiga que muere en la abundancia,

terminan por caer algunas nueces.

 

Son cosas de la historia, así que olvida

las frases que te dicta la conciencia.

 

Porque el mapa es lo único

que importa.

Porque es más cierto que el raigón profundo

del árbol milenario.

Más que el tiempo analógico del mito;

feliz como un axioma

de dientes afilados, inocente

como el niño

que aún no ha despertado a la calumnia.

 

Y, así pues:

no la música,

no la danza,

no la vida.

 

Ni las arquitecturas imposibles

ni el fulgor matemático del rayo,

la savia primordial de las auroras

o los niños

que van a suspender en Geografía.

Historia antigua

Historia antigua

 

Me enseñasteis el cántaro romano

en el monótono apogeo de la tarde;

suscribiendo, paganos y felices,

con aquel colofón de historia antigua

vuestra orgullosa estampa de anfitriones.

 

Paris y Helena.

 

Pero eso fue después de abrir mis ojos     

al zócalo de mármol serpentino,

el puf minimalista, la cómoda en madera

de iroko y guayacán.

Después de calcinar la barbacoa

con gozo incombustible en cada ofrenda,

y hablar, tal que sofistas lapidarios,

del ámbito político y la bolsa,

del grato paladar de los capones,

de cómo se adelgaza con el tiempo

el músculo mendaz de la utopía.

 

Sólo después de entrechocar las copas

y proponer un brindis

por los vencidos plazos de nuestra juventud,

por los años de guerra o armisticio

que el amor decretaba en primavera.

 

Por aquella mañana

de abril en que encontramos

(supinos, inconscientes arqueólogos)

el ánfora latina en los abismos

vacíos y tartáricos del Metro.

 

Creíamos oír, almas de cántaro,

el eco de unas voces milenarias:

remotos parlamentos en la lengua

desnuda y cadenciosa de las vides.

Sus nombres divulgándose en la escuálida

cerviz de la vasija.

 

Haced memoria.

 

…pudieron ser los dioses del Olimpo

quienes, alguna vez,  

llevándose a la boca el alabastro…

 

La juventud ardía. Y tú, Paris,

el héroe que inspira este relato

(mayor en años, más fuerte y cauteloso)

requeriste el trofeo, como siempre.

 

Que ganases a Helena, es indudable,

lo sancionaba el mito.

 

Por eso, aquella tarde hipotecada

en dar fisonomía al disimulo

estaba ya pensando en escribir

este poema cuando dije

(tendréis que perdonarme mi mal vino)

que todo ya es, en fin,

historia antigua.                                                   

                                        

El poema inexistente

El poema inexistente

 

Este poema, en realidad, no existe,

pues pretende escapar de toda forma

y ser sólo sentido, confesión

de cuantas cosas sucedieron

para no ser nombradas nunca.

Este poema es imposible, y duele

decir que apenas dice nada

en su morosa rotativa de impotencias;

que, si ha nacido, asoma

con los pies por delante,

como un muerto asustado de saberse

muerto en la claridad del mediodía.

 

Su color es un blanco

de palinodia sin excusa (porque

no tiene potestad para quejarse,

porque nadie le ha dado vela, porque

no hay entierro, ni muerto, ni dolientes,

ni túmulos, ni urnas,

ni, claro está, palabras necrológicas

que certifiquen la bondad de lo nonato).

 

Este poema debería hablar de lo innombrable,

y ser así el poema último,

el necesario ajuste

de cuentas con la vida.

Pero se agosta como un fruto

agusanado,

es un canto retráctil que no clava

más aguijón que el de la elipsis perezosa,

que si inocula algún veneno

es apenas un pálido narcótico

para alcanzar la salvación por el silencio;

una vez más,

callar lo imprescindible, seguir alimentando

la mentira.

 

El caso es que el poema se vaya construyendo

poco a poco,

ambicionando cielo mientras desgarra nube,

a tientas acreciéndose en la noche

como una catedral de agua.

A la espera de símbolos que inunden

las mudas galerías sin espejos;

de mentidas reliquias con que colmar los sótanos,

de ardores epifánicos.

 

De la revelación que nadie alcanza

sino cuando su voz ya no es la suya.

 

Y, mientras tanto, dejar que pase el tiempo,

hacerse el loco en las esquinas del sintagma.

Disfrazar la osamenta con vestidos

retóricos que son, al fin y al cabo,

mortaja de un cadáver, de un secreto.

Porque, en verdad, este poema

es un secreto y un cadáver.

Es el cadáver y el secreto

que la forma se lleva hacia la tumba.

Es el poema que no canta:

celosa arqueta de ignominias,

sentina rumorosa del espíritu

en la que se desagua la conciencia.

 

Pero si me preguntan qué agua sucia,

qué frescos lodazales esconde su discurso;

qué muerto muere hoy sin lacrimosas,

qué secreto:

ya dije en el principio que no existe,

ya dije (¿no lo dije?) que no habita

en la intención de estas palabras. Porque

este poema es imposible,

y el misterio no viaja en el presente

desde un pasado incierto, sino que se proyecta

hacia el futuro: es el futuro,

el miedo del futuro.

 

Lo que jamás escucharán

vuestros oídos.

El poema hermético

El poema hermético

Creí que llegaría un mensajero:

un Hermes taciturno y aburrido

de tantas diligencias misteriosas.

Creí que con mirarle alcanzaría

el don de conocer todos los nombres.

Aún estoy aquí, durmiendo al raso.

Y en las noches heladas, un aliento

remoto y melancólico me abriga

con la breve sentencia de sus plumas.

Hay más encrucijadas

que caminos.

El último

El humo

(dibujando en el aire

proporciones doradas, rizos,

cúmulos de escoria celeste o espirales

sintácticas o nimbos de tristeza)

te ciñe las jornadas

con el sigilo de una túnica inconsútil.

 

Si no recuerdo mal, fue la otra noche

cuando (burlando el desaliento)

murmuraste:

 

Mañana lo dejo.

 

El metapoema

 

El metapoema

 

Estás leyendo este poema.

 

Otro poema, como si no hubiese

ya bastantes. Comprendo tu recelo:

ambigua es la razón de los poetas,

tan velada y aérea su amenaza

que fueron declarados no hace mucho

mortales enemigos de la polis.

 

Pero eres indulgente y determinas

abrir otra hondonada a la esperanza,

de nuevo penetrar en la sintaxis

hasta uncir los dorados arquetipos

al yugo cautelar de su apariencia.

 

Pretendes resolver la analogía

de los signos, atar cabos, buscar

correspondencias misteriosas.

Llegar a alguna parte, donde sea,

seguro de pagar, en cualquier caso,

el precio de adentrarse en campo ajeno.

 

Tus ojos te delatan: participas

del engaño con muda fruición.

Vas persiguiendo huellas imposibles,

como un explorador el monumento

de una cultura arcaica, tan remota

que acaba confundida con el mito.

 

Tal vez se cimentase su liturgia

en un tiempo anterior a la palabra,

cuando la máquina del mundo ardía,

feroz e indivisible, en las tinieblas

de un eterno presente de antinomias;  

y, claro, así no te es posible, dices,                          

saber a qué designio encomendarte.

 

Pero, ¿qué voy a descubrirte

que no sepas? El arte es experiencia,

y tú le das sentido a cada paso.

Aunque el pie, desviándose del ritmo,

se hunda en los resquicios minerales

del silencio. Aunque a veces se te olvide

que Ítaca es la excusa para el viaje,

y el canto la inaudita circunstancia

de un yo que se desliza hacia el vacío.

 

Dispensas realidad a sus asuntos

(aunque, pensándolo con calma,

¿tenías más opciones que leerlo?)

 

ahora que has leído este poema.