Habrá que esperar a que te mueras

Telefónica y sus cositas

Por lo común, se tiende a pensar que el político al mando es el peor enemigo de la enseñanza. Que exista semejante prevención no es algo que pueda sorprender a nadie, teniendo en cuenta el modo, sectario y partidista, en que los sucesivos gobiernos han hecho uso de la escuela. Sin embargo, en el cotarro educativo abunda una figura incluso más perniciosa, aquella que suministra a los gobernantes la carnaza doctrinal para sus leyes. Hablamos, claro está, del experto pedagógico.

Se trata de una especie que abunda en nuestro país, donde el grado de tolerancia al disparate es tan alto como inveterada la costumbre de opinar, precisamente, de lo que no se sabe. Así, no es infrecuente la convocatoria de superferolíticas jornadas y no poco rimbombantes congresos en los que esta inagotable estirpe de apparatchiks diagnostica los males de escuela a mayor gloria de sus patrocinadores. El procedimiento a seguir en tales eventos se resume en una sola frase: no invitar jamás a un profesor en activo. Cosa rara, en verdad, prescribir milagrosas recetas cuando apenas se ha tenido contacto con el paciente. Uno diría que esto sólo ocurre en las ficciones televisivas, pero en España sucede a diario sin que nadie ponga el grito en el cielo.

La Consejería de Educación andaluza también disfruta, claro está, de sus particulares vehículos de propaganda. Uno de ellos es el periódico Escuela, financiado por el contribuyente al módico precio de 300.000 euros anuales. En sus páginas, la vieja ortodoxia logsiana se recalienta una y otra vez, echando mano de sus ingredientes favoritos: inclusión, igualdad, motivación, transversalidad. Y, por supuesto, formación.

Sobre este último particular versa uno de los últimos reportajes  publicados en este curioso Granma docente: Cuando la vocación sí importa. El texto informa de un Encuentro Internacional sobre Educación auspiciado por la Fundación Telefónica. Los ponentes son una Orientadora, una Doctora en Filosofía y un Catedrático de Sociología. A pesar de sus cargos, todos saben perfectamente lo que acontece en las aulas de Primaria y Secundaria. Es natural: son expertos.

Expertos en falacias, se entiende. La filósofa se adscribe a la corriente maniquea para decir, en un alarde de profundidad analítica, que los maestros de Primaria “son mucho mejores” que los profesores de Secundaria. Sobre estos, afirma que “saben mucho de su materia, pero poco de cómo enseñarla”. Cabría preguntar a la Doctora si por ventura le parece más conveniente lo contrario, esto es: saber poco de una materia, pero mucho de cómo enseñarla. De hecho, habría que preguntarle si tal cosa le parece posible. Llevadas hasta sus últimas consecuencias, conclusiones de este tenor acabarían por impedir el paso de Stephen Hawking a una clase de Conocimiento del Medio, al carecer el eminente físico del imprescindible salvoconducto pedagógico.

El Catedrático va más allá cuando sostiene que “los profesores llegan a las aulas de rebote y se nota”. Uno juraría que, hasta el momento de pisar un aula, los profesores han tenido tiempo suficiente para madurar sus decisiones, empezando por los años que se precisan para aprobar una oposición, los cursos de adaptación pedagógica y el año en prácticas previo a formalizar su condición de funcionario. Para el sociólogo, en cambio, se trata de una cuestión inercial, pura fatalidad cósmica.

La filósofa tercia para incurrir en su segunda falacia del día. “Ni las oposiciones ni la Inspección sirven para hacer una selección”. ¿Por qué?, se preguntará quien esté leyendo estas líneas. ¿Acaso porque las pruebas son de un paupérrimo nivel? ¿Quizá es que, como en la endogámica Universidad española, se confeccionan a la medida de un opositor concreto? ¿O sucede, tal vez, que los inspectores colocan “digitalmente” a quienes les viene en gana? Nada de eso. El problema es que, en ningún caso, “está garantizada la vocación de los aspirantes”. Así, el único criterio válido se reduce a algo tan científico como una prueba de fe, vaya por Dios. La Doctora, como era de esperar, exime de esta duda a los maestros de Primaria, pues, según reza el dogma, todo estudiante de Magisterio es un ente puro que ha oído la llamada. El profesor de Instituto, en cambio, es un descreído que, ante la imposibilidad de satisfacer sus ambiciones profesionales, se ha dado de bruces con un aula de la ESO. La filósofa, como mejor explicación, aduce que el maestro empieza a “construir su identidad” como docente a los dieciocho años. “Sin embargo”, continúa, “el profesor de instituto estudia una carrera distinta a la de Magisterio y la identidad profesional no le viene, sino que le sobreviene en muchos casos ante la imposibilidad de dedicarse a lo que quiere”.  Argumentos de una finura dizque exquisita, y que, como siempre, excluyen las interpretaciones a contrario. Por ejemplo: que a los dieciocho años lo que se toma por vocación pueda no ser más que una pasión efímera. O que los veinticinco años del profesor en ciernes reporten una madurez y una formación adecuadas para encarar el ejercicio de la enseñanza. Tampoco se le ocurre pensar que el desencanto de muchos docentes pueda venir por la falta de estímulos laborales o por el estado calamitoso en el que ciertos axiomas de imposible demostración han dejado el patio educativo. En realidad, su escaso nivel dialéctico es sólo comparable a su falta de empatía. Preguntada acerca de qué pueda hacerse con un mal profesor, esta luminaria responde: “Esperar a que se jubile o directamente a que se muera”. Sin comentarios.

El sociólogo, por su parte, ofrece una solución no tan fúnebre: despedir al profesor que no se adapte al “modelo cambiante”. Aquí aparece el tópico de la sociedad vertiginosa y la adaptación al medio, asunto recurrente en la cháchara de los expertos. La escuela debe asumir, de forma acrítica, lo que dictan las pautas sociales del momento, sin tan siquiera discriminar lo que tiene de valioso para la enseñanza y lo que no es más que una moda pasajera. De esta forma, se despoja a la escuela de una de sus funciones primordiales, como es la de instalar el espíritu crítico y la reflexión pausada entre sus miembros, la de ser un espacio a salvo de las contingencias del “aquí y ahora”. Por el contrario, los gurús pedagógicos abogan por una velocidad punta que se parece mucho a la que alcanzan ciertas pulsiones consumistas.

Toda esta inquina hacia la figura del profesor tiene una fácil explicación. El profesor de Instituto es depositario de un conocimiento concreto. A este conocimiento, en ocasiones exhaustivo (también hay doctores entre ellos), se añade la experiencia acumulada en las aulas, hora a hora. Día a día. En condiciones que un Doctor de la Complutense no estaría dispuesto a soportar ni cinco minutos. Son, en suma, auténticos expertos. Así que es lógico que en estos chiringuitos que organizan Fundaciones y Consejerías se evite, escrupulosamente, su presencia. Su testimonio difícilmente habría de plegarse al de quienes, sin haber catado la ESO,  saben mucho de cómo enseñar… nada.

Dramatis personae:

La Orientadora: Ana Cobos (IES Miguel Romero Esteo, Málaga).

La Filósofa: Maite Larrauri (Universidad de Valencia).

El Sociólogo: Mariano Fernández Enguita (Universidad Complutense de Madrid).

Calle del Circo, 41001 Sevilla, España

17 respuestas a «Habrá que esperar a que te mueras»

  1. Estimado Nacho,

    Se podrían escribir enciclopedias sobre el resentimiento pedagógico y sobre el contubernio entre políticos y «expertos educativos» para hacer de la enseñanza pública su particular corralito.

    Pero voy a limitarme e citar un fragmento de Adorno (Minima Moralia) donde realiza un análisis demoledor, lucidísimo, de un tipo social que parece un retrato robot de estos pedagógicos mamporreros del Poder:

    «Incontables son los que hacen su profesión de una situación que es consecuencia de la liquidación de la profesión.»

    «Tales son los reputados de buena gente, los estimados, los amigos de todo el mundo, los honrados, los que humanamente perdonan toda informalidad e, incorruptibles, repudian todo comportamiento fuera de las normas como cosa sentimental.»

    «Resultan imprescindibles conociendo todos los aliviaderos del poder, se adivinan sus más secretas opiniones y viven de su ágil comunicación.»

    «Se encuentran en todos los medios políticos, incluso ahí donde se da por supuesto el rechazo del sistema y, con él, se ha desarrollado un conformismo laxo y taimado.»

    «Con frecuencia engañan con cierta benignidad, por su participación comprensiva en la vida de los demás: es el altruismo basado en la especulación.»

    «Son listos, ingeniosos, sensibles y con capacidad de reacción: ellos han pulido el antiguo espíritu del comerciante con las conquistas de la psicología más reciente.»

    «De todo son capaces, incluso del amor, mas siempre de modo infiel.»

    «Engañan no por impulso, sino por principio: hasta a sí mismos se valoran en términos de provecho, que no se reparte con nadie.»

    Qué monstruo, este Adorno. Y acabo con una coda, en homenaje a tu blog:

    «Su individualismo tardío envenena lo que resta todavía del individuo.»

    Salud y no dejes de seguir sumando.

  2. Como siempre certero, Nacho. Lo peor es que hay profesores de secundaria que acaban creyendo que estos tipos y tipas tienen razón, y existe una especie de «complejo de inferioridad pedagógica» entre nuestros compañeros. Esto unido a que estamos gobernados por maestros (en la consejería) con los que hay que quedar bien y controlados por inspectores-maestros a los que se teme, hace que ellos vayan subiendo mientras nosotros bajamos y al final nos encontraremos en el mismo nivel. Y estará justificado, porque según este principio, ellos tienen de más en «pedagogía» lo que les falta en conocimiento. Cuando todos seamos considerados «maestros» quizás reaccionemos los profesores de secundaria… ¿Tú qué crees? Un abrazo, compañero.

    1. Si se me permite, mi opinión es que los profes de Secundaria ya somos de hecho maestros. Desde el momento en que entraron en los Institutos niños de 12 años, los Institutos pasaron a ser coles. Fue una operación magistral de usurpación. La verdadera solución no es otra que cambiar el sistema. Respecto a los maestros, que se dediquen a lo que le corresponde y que se mantengan alejados de los Institutos. ¡Orden de alejamiento! El instituto ha perdido su sentido, que no es otro que dar una formación adecuada para acceder a una formación superior con un cerebro bien amueblado y la madurez personal requerida.

      1. Tu eres tonto, ¿Verdad? Tú que idea tienes de cerebros. ¿Cuándo has estudiado tú algo de eso. Meter a los niños de 12 años en el instituto, efectivamente, fue un gran error; al menos, sin antes sacar a todos esos sabios licenciados que ni idea de esto tienen. El futuro de la educación pasa por una carrera universitaria docente. Donde el docente sea, eso, especialista en docencia y no un científico, un literato…ambos de segunda (o de tercera), amargados por no haber llegado a ser lo que soñaron.

      2. Estimado (y anónimo) comentarista:

        Me permito responderle antes de que Francisco Javier, por alusiones, haga lo propio. Se equivoca usted, por varios motivos:

        1. Insulta. Y lo hace, además, desde el anonimato. Por lo que a la ofensa se suma un segundo error: la cobardía.

        2. Argumenta ad hominem, incurriendo en la más penosa de las falacias.

        3. Su visión de los profesores (amargados, frustrados, mediocres) no concuerda con algunos ilustres artistas que, fíjese, dieron clases en un instituto y no en la Facultad de Magisterio. Le cito a unos cuantos de estos literatos de tercera (o cuarta): Antonio Machado, Torrente Ballester, Gerardo Diego, Domínguez Ortiz. Unos piernas, como sin duda sabe.

        4. Nos deja un tanto preocupados. Le explico: si el futuro docente acabara en manos de gente como usted, estamos seguros de que, a la par que con la docencia, acabarían ustedes con la decencia. No sé si me entiende.

        Por lo demás, relájese. Sus alumnos se lo agradecerán.

        Un saludo.

  3. Aún peor es que se siga discutiendo sobre si son galgos o podencos. No se trata de desacuerdos sin encuentro sobre cómo arreglar o mejorar la educación. Si se toma un poco de perspectiva se puede atisbar y reconocer que la cosa es de mayor calado: se pretende desarmar al sistema educativo para que la pregnación ideológica progrese y para que la escuela les sea perfectamente útil por manejable. Independientemente de la mayor o menor calidad y sus «soluciones», debemos sentirnos como baluarte de algo más profundo y que tiene que ver directamente con la libertad y la dimensión humana.

    1. Coincido contigo, Paco.

      Sin grandilocuencias ni hipérboles (no están los tiempos para ponerse «estupendos»): en el sistema educativo se libra hoy la más cruenta batalla para salvaguardar la libertad cívica. Para ello, más allá de discursos reveladores, es urgente que empleemos toda la inteligencia estratégica, que nos armemos de toda la fortaleza de ánimo de la que seamos capaces, si no queremos renunciar incluso a lo que todavía hoy es posible.

  4. La propuesta de despedir a todo aquél que no se pligue a los llamados misteriosos de la vocación religiosa de la Secta pedagógica, lleva implícito la eliminación de la condición de funcionario, algo que ha de ser muy bien visto por las fuerzar conservadoras que tanto odia el rojillo Anguita. Crasa contradicción en la que habita la Secta, cuya sustancia no es otra que la infinita contradicción,a neurosis y el cretinismo llevado a extrema patología. Una buena muestra de tosas estas contradicciones son denunciadas en el libro “Conflicto y reforma en la educación (1986-2010); Los años decisivos: de la rebelión estudiantil a las consecuencias de la LOGSE” de José Ramón Rodríguez Prada. Resulta muy interesante que la crítica proceda no precisamente de un ámbito conservador. Los Anguitas y toda esta gente (y todo lo que significan) son tan perniciosos que la crítica puede provenir de cualquier ámbito con un mínimo de cordura. El sistema español es en efecto segregador, falso, un timo social y además absurdo, idiota in extremis. Dejo aquí la referencia y mi total acuerdo una vez más con Nacho.

    http://e1trajede1emperador.wordpress.com/2012/02/06/conflicto-y-reforma-en-la-educacion-1986-2010/

    Un saludo.

    1. ¿No te referirás a (Fernández) Enguita? Es que nunca he oído a Anguita despotricar de los funcionarios ni lo creo adepto de la secta pedagógica. En cualquier caso, tampoco me parece que Enguita sea de lo peor. Muchas cosas que he leído de él me han parecido razonables.

      Y ya que estamos, hace un tiempo escribí esto sobre el vídeo que se enlaza en este post: http://e1trajede1emperador.wordpress.com/2012/10/15/es-la-educacion-que-quieren/

  5. Por cierto, ya puestos a hacer autos de fe a estos especialistas pedagógicos habría que recordarles la situación de penuria de la Universidad española, por lo que lo mejor sería empezar por ellos. Por cierto también, en la Secundaria hay también gente con un caché bastante mejor que muchísimo infiltrado en la Universidad, cuyo único mérito, como es archisabido, es ser hijo de …., o haberse humillado hasta lo indecible a los pies de tal o cual cátedro, todo por encontrar ese ansiado huequecito en un departamento.

  6. Me alegra volver a leerte, Nacho, ya hacía un tiempo que no publicabas. Eso del «modelo cambiante» da verdadero pavor. No sé si has tenido la oportunidad (o las agallas) de ver un documental titulado «Entre maestros» (yo me he quedado en el tráiler, aunque sí he tenido la valentía de escuchar una larga charla sobre el mismo). Lo he comentado en mi blog. Dejo aquí el enlace:

    http://profesoratticus.blogspot.com.es/2013/02/la-educacion-y-el-reverso-tenebroso-iii.html

    Un saludo
    Alberto

  7. Es un placer ver que todavía hay personas con la péndola afilada, y muy grato leer tan finos análisis y comentarios de quienes fueron compañeros de armas en el extinto Deseducativos. Hace unos días leí un artículo en el blog Pseudópodo en el que se nos ofrece una clasificación de profesiones en función del CI de los respectivos profesionales.
    http://pseudopodo.wordpress.com/2007/02/04/un-ranking-de-inteligencia-por-profesiones/

    Los pedagogos tienen, como media, 109 de CI. Es decir, un CI menor que el estudiante medio de universidad (116, creo). Habrá excepciones, claro, pero el grueso del pelotón de los pedagogos es, como se ve, poco inteligente. Está justificado, por tanto, llamarles pedabobos cuando nos ensartan sus delirios a pelo. Me temo que aquí, en el pelotón de los torpes, también entran muchas vocacionales maestras que, como ya se sabe, han sido la punta de lanza de la LOGSE, creadoras de comandos paramaternales y co-responsables de la defenestración, vía feminismo radical, de conceptos asociados a la excelencia educativa tales como libertad de cátedra, exigencia, sanciones firmes, competición, reto, autoridad, etc,. Gobiernan la escuela los menos dotados, y eso acaba escociendo. No es fenómeno exclusivo de este terreno, desde luego. El ideario progresista atrae a las mentes más simplonas como la miel a las moscas, pues sus principios y axiomas ideológicos (en el peor sentido de la expresión), sus dogmas, en definitiva, predican la relajación total de las meninges, y si algo desea un tonto es tranquilidad y relajación intelectuales. De ahí, por ejemplo, el relativismo, el igualitarismo, la recusación de la competición, etc. El relativismo conjura, para el tonto, el peligro del pensamiento y la razón, pues ahoga la misma actividad de la inteligencia, esto es, discriminar, comparar, evaluar, establecer prelaciones, juzgar, repudiar… Y, por desgracia, como digo, los tontos (pero también de los estafadores y los cínicos) no sólo se han hecho fuertes en el campo de la enseñanza. También en el mundo del arte plástico entraron a saco, produciendo una cantidad ingente de bodrios posmodernos que el incisivo Robert Hughes calificó de vómito de los ochenta. Los tontos han entronado la fantasmagoría de Arco, desvencijado el idioma, asolado la política, amarilleado la prensa, descastado la filosofía… No hay parcela intelectual que no haya sido visitada por las hordas y dejada hecha unos zorros.
    El reinado de la estulticia tiene, empero, los días contados: no hay tontería que cien años dure en los tiempos que corren. Otros, que nada saben de correcciones políticas, eufemismos y demás zarandajas progres, vienen apretando con mano de Sansón, dispuestos a ostentar la hegemonía política mundial. De todos es sabido que China (o Corea, o La India…) acabará comiéndonos con patatas, o con arroz blanco, como más gusten. Mientras aquí nos dedicamos a las más ridículas fantasmagorías y a elevar a los puestos de mando a los más gilipollas del orbe, mientras aquí nos dedicamos a seleccionar y laurear a los más tontos, en China, al parecer, se afanan en seleccionar a los más inteligentes y aptos en las universidades. Sólo un porcentaje pequeño de la población podrá cursar estudios universitarios. Sólo los más dotados ocuparán los más altos cargos directivos y políticos. Es más, parece ser que ese enorme país está investigando la genética de la inteligencia. Es decir, tienen en mente crear una elite intelectual a través de la manipulación genética y, seguramente, la práctica eugenésica. Sencillamente, nos van a borrar del mapa con una elegancia que se nos quedará cara de pedagogo, cara de 109. Aquí, para conjurar el peligro amarillo, soltaremos a nuestros ínclitos pedabobos, quienes armados de consignas chachipirulis y lamentos pseudoéticos, lograrán convencerlos para que depongan las armas de la competición, el sacrificio, el trabajo duro, la selección de elites y todo aquello que el ideario progre repudia desde hace tanto. Y es cierto, hablando sin ironías, que la maquinaria asiática (escolar y no escolar) tendrá aspectos moralmente repugnantes que jamás deberíamos acoger o imitar, pero no es menos cierto que, sin salirnos del recinto ético, podríamos hacer algo más (mucho más) que ofrecer mansamente la yugular a las naciones emergentes.
    Raus

  8. Y no olvidemos que hoy estudian Magisterio aquellos a los que no les dan las entendederas para estudiar una carrera de verdad, y ven una oportunidad de obtener una diplomatura jugando al corro de la patata y haciendo colleages durante tres años. Luego pasa lo que pasa, como demostraron las respuestas de las oposiciones de Madrid que se filtraron. Aunque da igual, porque son otros zotes como ellos los que deciden los criterios de entrada, así que los más tontos entre estos tontos son los que pasan, esto es, cada vez que demuestran su ineptitud suspendiendo las oposiciones acumulan puntos que los ponen por delante de aquéllos más capaces que aprueban a la primera.

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