La enseñanza, prohibida

Sentía curiosidad por el documental “La educación prohibida”, una película de dos horas y media que propone una serie de alternativas al modelo tradicional de enseñanza. El hecho de que en apenas seis días hubiera sido vista por casi dos millones de personas no hacía sino avivar mi interés. De modo que reservé una tarde para ponerme frente a la pantalla, no sin antes prometerme que trataría de ver las imágenes con una mirada libre de prejuicios. No sé si lo conseguí.

1. En primer lugar, es difícil tomarse en serio una película que para defender sus tesis recurre a la caricatura burda de aquello que pretende reemplazar. Durante todo el metraje, el retrato que se hace de los profesores es inmisericorde: aparecen en contrapicados deformantes, gritando fuera de sí y con un atisbo de psicopatía en sus ojos. Son monstruos que se comportan de forma irracional, insensibles, despóticos. Por el contrario, los alumnos representan siempre la mesura, el diálogo razonado, casi socrático, la templanza frente a la barbarie. Sólo pierden su maravillosa humanidad durante las clases, una suerte de instrucción pavloviana basada en la repetición aniquiladora y la imposición arbitraria del principio de autoridad. En esos momentos, los alumnos se convierten, a imagen y semejanza de sus maestros, en autómatas desustanciados, en piezas anónimas de una implacable cadena de montaje.

La escuela, se sugiere, no ha cambiado apenas nada desde la implantación del sistema educativo prusiano. Es sólo un mecanismo de control para amaestrar súbditos, una cárcel donde todo es ominoso, siniestro y lamentable. “Un horror”, como llega a concluir uno de los expertos consultados

2. Una de las ideas más repetidas es que la mayoría de las cosas que se aprenden en la escuela no sirven para la vida adulta. Un pediatra español afirma que los “logaritmos” son por completo prescindibles. Pero este es un argumento falaz. En primer lugar, porque algunas de sus aplicaciones tienen que ver con asuntos tan variopintos – y útiles – como la intensidad sísmica (escala de Richter), la concentración de pH en una disolución o la datación cronológica de restos orgánicos por el método del Carbono-14. En efecto, la mayoría de la gente no sabe nada de estos asuntos, ni de los logaritmos que facilitan su estudio. Pero de ahí no se deduce que podamos prescindir de ellos ni, por supuesto, de aquellos individuos acostumbrados a manejarlos. En segundo lugar, porque el estudio de los logaritmos sólo se da en un período muy corto de la enseñanza obligatoria. De hecho, las sucesivas diversificaciones del itinerario permiten que alumnos con poco interés por las Matemáticas puedan llegar a eludir este tipo de problemas. Y en tercer lugar, y no menos importante, porque prescribir la «utilidad» como requisito para la transmisión del saber es visión tan estrecha e intelectualmente mezquina como la de cualquier tecnócrata totalitario.

Las preguntas que se plantean, ante afirmaciones de este calibre, son las siguientes: ¿qué es necesario saber? ¿Sólo aquello que me vaya a ser útil en la vida adulta? ¿Dónde establecemos, entonces, la frontera de la utilidad? Y, por último, ¿quién debe establecerla?

3. En “La educación prohibida” todos parecen estar de acuerdo en que los programas educativos son una estrategia del poder para perpetuar el dominio de una casta privilegiada, de un statu quo. Del Sistema. Rechazan la posibilidad de que alguien pueda ser depositario parcial del saber acumulado en los planes, pues la mera existencia de la relación profesor-alumno reproduce el viejo sistema jerárquico, contenidista y adoctrinador. Por si fuera poco, el conocimiento, se dice, ya no es patrimonio exclusivo de bibliotecas y universidades, sino que está en Internet. Esta idea, no por repetirse mucho, se convertirá en cierta. Los expertos confunden, no sé si intencionadamente, información y conocimiento. Una página web no puede proveer el conocimiento, del mismo modo que tampoco podrían dos mil páginas web consultadas una detrás de otra. Ni siquiera los mejores profesores del mundo puestos a disposición de un niño las veinticuatro horas del día son capaces de proporcionar tal cosa. Por una sencilla razón: el aprendizaje es un “compromiso autoconsciente” (Oakeshott) que, como es natural, precisa de la intervención del sujeto para su transformación en conocimiento. Este no reside ni en las bibliotecas, ni en las universidades; ni siquiera en la azarosa selva de Internet. Se configura en nuestra mente, a partir de informaciones y prácticas que deben estar sustentadas en la comprensión para cristalizar en un discernimiento “genuino”.

Otra ocurrencia interesante es que, como asegura un reputado investigador docente, “el conocimiento se vuelve obsoleto a los cuatro años”. He de admitir que siempre me ha maravillado este lugar común de los utopistas pedagógicos. ¡Cada cuatro años! Es decir, una esperanza de vida menor que la de un ordenador portátil. Analogía nada inocente, pues cuando tales gurús educativos hacen este tipo de afirmaciones, uno tiene la sensación de que se refieren, exclusivamente, a los conocimientos exigidos para diseñar aplicaciones informáticas. ¿Por qué afirman esto?

4. La respuesta es sencilla: todos hablan como si no existiera el pasado. No hay una sola referencia a la importancia de transmitir una herencia cultural, de comunicar a las nuevas generaciones los logros de sus ancestros. De hecho, la cultura es también un instrumento represor. El señor Wernicke insinúa que la enseñanza se debate en una dicotomía de tinte ideológico: la derecha quiere adaptar al niño a la cultura, mientras que la izquierda pretende adaptar la cultura al niño. No se contempla la posibilidad intermedia, que es la de establecer un “diálogo” entre nosotros y la cultura que nos acoge. La misma dicotomía de Wernicke incurre en el maniqueísmo que es seña de identidad de este publirreportaje. De un lado, el diestro, se concebiría la cultura como un canon cerrado, impenetrable y dogmático. De otro, el siniestro, la cultura es una entidad evanescente o, cuanto menos, un pasatiempo del que pueden eliminarse a voluntad aquellos elementos que, por una u otra razón, interfieren en la espontaneidad del niño. Es lo que Oakeshott llama “autoindulgencia infantil”:

No debe haber plan de estudios, ninguna progresión establecida en el aprendizaje. Debe dejarse que los impulsos fluyan en una confusión indefinida, también conocida como “el manto sagrado del aprendizaje” o “la vida en todas sus manifestaciones”. Lo que puede aprenderse es completamente imprevisible y es algo que en realidad no importa.

Se espera que cada niño se involucre en los proyectos individuales de la llamada actividad “experimental” como desee, que los realice a su manera y por el tiempo que sus inclinaciones lo deseen. El aprendizaje debe ser un “hallazgo” personal y, por consiguiente, se convierte en un producto incidental, exiguo e interpretado de manera imperfecta, del “descubrimiento”. Es preferible no “descubrir” nada a que nos digan cualquier cosa. Hay que proteger al niño de la humillación de su propia ignorancia y del asombro intelectual, y hay que resguardarlo en el seno de sus propias inclinaciones, que no pueden frustrarlo. La enseñanza debe limitarse a ser una sugerencia vacilante (preferentemente sin palabras); se prefieren artefactos mecánicos a maestros, que no son reconocidos como custodios de un procedimiento deliberado de iniciación sino como presencias mudas, como decoradores de interiores que acomodan los muebles de un ambiente y como mecánicos que deben ocuparse de los aparatos audiovisuales. […]

Si no existe una herencia relevante de interpretaciones humanas, si la fronteras del ayer son el basural del mañana, si estamos en el medio de una revolución tecnológica en la que las habilidades y los estándares de conducta son evanescentes, no hay lugar para un aprendizaje que no sea una “indagación creativa” o para una “educación” que no sea un compromiso para resolver un “problema tecnológico”. Sin duda, la “Escuela” era lo suficientemente apropiada para quienes estaban obligados a comprender a sus ancestros, pero hoy en día tanto la educación como la “Escuela” son anacronismos: no hay nada que aprender. («La voz del aprendizaje liberal» Michael Oakeshott)

5. Una vez postergados el conocimiento y la cultura, lo que puede aprenderse es limitado. De ahí que los esfuerzos de estos educadores se orienten hacia el ámbito afectivo, a veces de una forma que raya la intromisión en la privacidad de los alumnos. No en vano, “instrucción” es una palabra tabú, del mismo modo que se prefiere “educar” a “enseñar”[1]. Lo que se demanda es la conversión del profesor en una especie de confesor laico que, provisto de su todo su arsenal psicológico, debe indagar en los sentimientos más profundos de los niños. Hecha la caricatura de los profesores tiranuelos, los protagonistas de este docudrama se presentan como los protectores del fuego sagrado de la infancia.

Esta pretensión, admiten, es imposible en clases de treinta alumnos. Pero, además de imposible, nosotros añadimos que no es aconsejable. La voluntad de transmitir un saber y una experiencia propias no está reñida con la empatía y el cariño, lo que no significa que la indagación de los afectos haya de ser el núcleo de toda actividad escolar. A menos que queramos suplantar a los padres en tan delicada misión y superar al Estado promisorio y paternalista en la meticulosa tarea de modelar las mentes.

En un momento de la película, alguien sostiene que “castigar la rebeldía es reprimir los instintos naturales del niño”. No sabemos en qué consiste esa rebeldía, y si en esa categoría se incluyen insultos, amenazas o agresiones. Pero es todo un síntoma el que se apele a la libre manifestación de los instintos como un hecho deseable dentro de una institución escolar. Arrumbada la cultura, todo lo que puede sobrevivir es, en efecto, el Estado de Naturaleza.

6. Otra tesis recurrente es la de que las calificaciones constituyen uno más de los muchos mecanismos de control asociados a las ecuelas tradicionales. Las notas, los exámenes, estigmatizan a los alumnos, les asignan una etiqueta y los reduce a números. Es una visión muy pesimista, que parte de un principio inobservable en la escuela actual: el de que las pruebas escritas sean el único instrumento de evaluación. Por otro lado, no se precisa si el examen es negativo en todas las etapas o sólo en la enseñanza Primaria. Llevando al extremo esa postura, ¿deberían existir pruebas de acceso para la profesión docente? ¿Cuánto de menos malo es estigmatizar a un adulto en lugar de a un niño? El que se postula para cirujano, arquitecto o piloto de aviones, ¿merece que se le impida el ingreso en el cuerpo si no alcanza un resultado satisfactorio? ¿Cómo puede seleccionar un empresario al personal de sus oficinas sin rechazar a un número indeterminado de candidatos? ¿Se es justo con los alumnos cuando se les inculca que la selección, la competencia y la demostración de la propia valía son conceptos censurables?

7. Hay aspectos en los que este espectador, pese a todo, puede coincidir sin mayor esfuerzo. Por ejemplo, en la descripción que un pedagogo hace de la escuela como “guardería” o “aparcaniños”. Asimismo, la idea de que la escuela tradicional necesita ser más flexible a las diferentes capacidades de los individuos es algo que se ha repetido incansablemente en esta bitácora. También podemos estar de acuerdo en que la distribución por edades no siempre se corresponde con la madurez cognitiva de los alumnos.[2]

Lo irónico del caso es que muchos de estos presupuestos abordados en “La educación prohibida” fueron asumidos sin problemas por la así llamada escuela tradicional. De hecho, la asunción de estas ideas pseudolibertarias es responsable, en buena medida, del fracaso escolar que registran las escuelas occidentales. Como vimos más arriba, Michael Oakeshott ya lo denunciaba en la década de los 50 del siglo pasado, lo que nos lleva a pensar que estos sofismas pedagógicos son acaso tan viejos como la anacrónica institución que pretenden demoler.


[1] Ciertamente, un título más adecuado para esta película habría sido: “La enseñanza, prohibida”.

[2] Esta afirmación, no obstante, podrían compartirla los neuropsicólogos partidarios de una separación por sexo en edades tempranas, y por razones idénticas.

Calle del Circo, 41001 Sevilla, España

38 respuestas a «La enseñanza, prohibida»

  1. Hace cinco días, una sobrina me propuso ver la película. «Mañana la veo. De todas formas ya manejo algunos prejuicios: es gratuita y el narrador es un argentino. Espero liberarme de esos prejuicios y abrir mi alma (por enésima vez)», le contesté.
    Tras remangar los flecos de mi personalidad me dispuse a verla pero me fue imposible: «Lo siento, Nuria. No he podido pasar del minuto veintitantos. Tengo verdadera alergia a los que teorizan sobre la educación. Ya estudié el método Montessori en los ochenta. Una especulación más. La realidad, -es decir, los medios, las personas concretas y el trasfondo cultural- es otra.»

  2. Querido Nacho, gracias por el análisis. Ojalá esos dos millones de personas que han visto la película, lo leyeran. No he visto la película aún, entre otras cosas porque temía la cascada de insensateces que denuncias. Y lo temía porque he tenido alguna que otra larga discusión con algunos profesores partidarios de la peli en cuestión. Y lo que sí puedo decir es que dan la callada por respuesta a preguntas cruciales sobre la enseñanza. Como pienso exponerlo en un artículo, aquí sólo dejaré algún botón de muestra de las contradicciones y aporías de una concepción socrática y platónica de la enseñanza (que es la que anima mayormente los contenidos del largometraje). Platón dijo que se debía educar jugando, sin usar nunca la fuerza, pues «el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza». Es decir, todo debe ser fluido entre maestro y alumno. El alumno jamás debe ser presionado para que estudie o atienda. Ni forzado a obedecer. La obediencia no es propia de seres racionales.
    Para empezar, hay que decir que si por fuerza se entiende lo se emplea en la escuela tradicional para conseguir que el niño estudie y se comporte, no es cierto que tal fuerza no permita aprender nada. Al menos yo conservo impreso en el “alma” el conocimiento de la lectura, la escritura y las cuatro reglas. Pero es que, además, no es posible concebir una sociedad mínimamente estructurada sin que una parte de la sociedad se vea obligada a obedecer, a acatar ciertas leyes básicas cuyo fundamento no entiende o no comparte. Supongamos que yo no entendiese la necesidad de ir por la derecha en las carreteras. ¿Qué debería hacerse, entonces, conmigo? ¿Dejarme circular por la izquierda, o presionarme de alguna manera para que observara la norma de hacerlo por la derecha? Desde la perspectiva socrática-platónica, si se me obliga a asentir a lo que no entiendo, se me trata de forma tiránica, como a un esclavo, no como un hombre racional. ¿Se me debe dejar obrar, entonces, “libremente”?
    Platón defendía la necesidad de ser gobernados por el mejor, por el más sabio. Pero ¿qué probabilidad hay de que todo el mundo comprenda las razones que fundamentan las decisiones políticas del sabio? Nula. Jamás se llegará a la idílica situación de que todo el mundo coincida en todo. ¿Qué debe hacer, por tanto, el sabio platónico con las personas que no comprenden sus decisiones? Si las deja hacer a su antojo, no hay gobierno real. Si no les deja hacer, si las obliga a obedecer, les da trato de esclavos (según la misma concepción platónica de gobierno).
    Es decir, no puede haber gobierno de la sociedad sin imposición de leyes o normas más o menos básicas y su correspondiente obediencia (siquiera temporal). Y si esto ocurre en la sociedad de adultos, ¿cómo no habría de ocurrir en la escuela? ¿Qué niño comprende la necesidad de ir a la escuela, o de estudiar matemáticas, o solfeo, o gramática? Pocos o ninguno. Si los adultos no pudieran obligar con la presión mínima necesaria a los críos para que asistieran a clase, se comportaran de forma civilizada y estudiaran cosas que no les gustan, la escuela, sencillamente, desaparecería. Sería, como bien dices tú, Nacho, tanto como prohibir la enseñanza.
    En fin, ya seguiré.
    Un abrazo.

  3. Solo he podido llegar hasta el momento (2′ 49») en que el profesor (¿de filosofía?) dice que «y es así que en su onceava tesis, él llega a la idea de que el filósofo no solo tiene que entender la realidad, sino que tiene que llegar a transformarla, y…». Sí, «onceava» es lo que dice. A ver quién es el que me convence de que lo primero (y fundamental, basamental, valga el solecismo) no es ENSEÑAR.

  4. Muy de acuerdo con lo que decis pero creo que hace falta un cambio en la educacion, en todo caso el problema viene desde mas atrás, es decir de la educacion impartida en la familia.

  5. El análisis me parece impecable, ante esta soberana gilipollez tantas veces repetida. Pero la conclusión no la entiendo. Entre los dos millones de personas que han visto el documental y creo que aplaudido sus estupideces, entre los muchos m
    illones que se han tragado dobladas las memeces de la LOGSE, sacando en muchos casos tajada de ellas (la Iglesia, la administración, las asociaciones de padres, los sindicatos, los pedagogos, los reformistas supuestamente modernos -de Montessori, de Freire, de Pestalozzi, etc-), ¿dónde leches están las propuestas liberales y diferentes que nos salvarían de tanta mierda? ¿a quién señalaría el tal Friedman, que debe ser como un gurú iluminado y salvífico por la bola que se le da, para apoyar que sus tesis tendrían entre esta escoria algo a lo que referirse? ¿Quién ofrece algo que no esté en manos del Estado? ¿Qué es el mercado libre de la enseñanza? ¿Dónde está? ¿En las FAES? ¿Vende Aznar y vocea Rodríguez Braun? ¿Es sólo el mercado libre de la enseñanza una paja mental que suena así como bien? Aquí en Madrid lo cacarean voces cercanas a la Aguirre, puro estatalismo paletillo. ¿Es eso la solución? ¡Pues vaya!

    Antonio, colegui, hay que tener cuidado con atribuir a Platón ciertas tesis. Te suele estar esperando al doblar la esquina muerto de risa. «Las Leyes». Ni siquiera anda Sócrates por ellas.

  6. Y yo que no se ni mierda de educación ¡salvo la recibida en mi casa!
    Y se muy poco de instrucción o de simple acumulación de conocimientos.
    Basta, ahora en serio: Acúsenme de lo anterior, porque yo ya me autoincriminé.
    Esta película no trata de mejorar la educación universal y gratuita de mi país. Sólo propugna una educación, que si buena es carísima, yo conocí la auténtica Escuela del Sol (la de Belgrano, CABA, Argentina tiene más de 40 años) y era muy poco accesible tanto desde el número de matriculados como desde el valor (costo, money, pesos, morlacos, dólares) que se debía abonar por pertenecer y gozar de ella. Pero convengamos que además de enseñar una currícula completamente idéntica en todo a cualquier colegio ‘choto, pedorro, general, público’ agregaba, es cierto, una serie de actividades que desarrollaban lo necesario.
    Mi pregunta, sumamente boba, es: en las dobles escolaridades, ¿no podemos disponer de 3 horas donde estas actividades sean incentivadas e incluso curriculares? ¿Tenemos que quebrar con no enseñar matemáticas porque les resulta dificultoso a los niños y a los padres de los niños? Si las oraciones dejaron de estructurarse con sujeto y predicado, ni que te cagues se estructuran como un msm o msj o lo que fuere. Si querés que te entiendan, habla en castellano che!
    Ya sé, sobreutilizo las subordinadas, no me importa.
    Yo quiero un país donde todos sepan leer, y que la mayoría de los que leen comprendan lo que leen. Quiero educaciones básicas donde lo importante sea su comprensión de los propios derechos, donde no se sojuzguen al ‘emperador’ de turno, que puedan discernir (no ya entre lo bueno-malo sino entre lo que los engaña y lo que los caga) quiero tanto y me queda tan poco tiempo…
    Finalmente y para no aburrir, me pareció una PROPAGANDA bastarda.
    Saludos!

  7. “Durante todo el metraje, el retrato que se hace de los profesores es inmisericorde: aparecen en contrapicados deformantes, gritando fuera de sí y con un atisbo de psicopatía en sus ojos…”
    Bueno, los profesores son un tema tabú. Muy fácil críticas al político de turno, al banquero corrupto, pero la autocrítica del profesorado ¿Para cuándo…?
    He visto la película, pero poco a poco. En varios días. No saco la misma conclusión que usted. Llevo 23 años impartiendo clases. Creo que soy capaz de absorber de todas las ideas. Esta gente ha intentado dar otro punto de vista. ¿Tan malo te parece…?
    La enseñanza franquista que recibí no me gustó. Y esta que de la ESO tiene también muchos agujeros negros, ¿Por qué rechazar un intento del cambio…? Buscar consenso con todas las ideas posible sobre la mesa…
    Comentario:
    “No he visto la película aún, entre otras cosas porque temía la cascada de insensateces que denuncias…”
    Si no la has visto, no opines…

    1. ¡¡¡¡ Esta gente ha intentado dar «otro» punto de vista !!!! Llamarle «otro punto de vista» a la ideología oficial de los últimos veinticinco años, férreamente impuesta e indiscutible todavía, me parece de una ceguera supina, perdone usted. ¿Qué otras ideas hay sobre la mesa de la discusión política para establecer el supuesto consenso sobre enseñanza? ¿Quién tiene «ideas»? ¿Cuándo se nos ha ofrecido la posibilidad de «rechazar» el intento de cambio, si no fue un «intento» de cambio, sino una imposición por fuerza de Ley y lleva en vigor más de dos décadas? ¿Sus 23 años impartiendo clases han sido en España? ¿Quién dice que el profesorado no ha hecho «autocrítica»? ¿Hay algún sector de la función pública que se haya dado tantos golpes de pecho en innumerables y extenuantes reuniones y conciliábulos de renovación pedagógica, juntas, foros, comisiones y un sinfín más de actos de contrición? No le entiendo, perdone, pero no le entiendo.

    2. Como dice Antonio, no son un tema tabú. Y si rastrea en esta bitácora verá que, en ocasiones, también se les pone a caldo. La diferencia con el documental es que no se intenta hacer una caricatura «Another-brick-in-the-wall».

      Si lee con atención, comprobará que no me parece mal que den su punto de vista, sino «su punto de vista», cosa muy diferente. Igual que ocurre con los profesores, estos expertos no deben ser inmunes a toda crítica. ¿O sí?

      Y nadie rechaza un intento de cambio. La existencia de esta bitácora, de hecho, sólo se justifica por mi interés particular en que la enseñanza que tenemos mejore. No conocí a Paquito el Chocolatero, así que me disculpará si no hago la comparativa.

      Un saludo, y gracias por su visita.

  8. Gracias por un análisis que me parece muy necesario en estos momentos en los que, todavía, se sigue haciendo apología de unas ideas tan manidas, paternalistas y mesiánicas. Sólo discrepo en lo que dices, no es la primera vez, que la solución podría venir de que el Estado abandonara el monopolio de la enseñanza. El Estado es garantía de equidad. Y desde luego del señor Friedman, mejor no hablar.
    Por lo demás, gracias de nuevo. Ah, ya no tengo ganas de ver la película.

    Saludos desde Crisis Educativa

  9. Hola, Antonio. Lamentablemente para mí no somos colegas. Ya quisiera yo. Al discutir con alguno de los profesores de filosofía sobre estas cuestiones, me fié de la interpretación que hacían de Platón (como defensor de una escuela lúdica y refractaria a toda disciplina e imposición). No debí fiarme. La próxima vez, te consultaré a ti primero. Un abrazo.

  10. J. G. Guerrero:
    dices que, como no he visto la película, no opine sobre ella. Bueno, déjame que te diga esto: como Nacho y yo tenemos muy parecidos gustos cinematográficos y me fío a pies juntillas (esta vez acertadamente) de su opinión sobre estos temas (lo que no significa que en todo coincidamos, claro), pues tengo la suerte de conocer su agudeza desde hace mucho, me basta saber lo que piensa de la película para hacerme una idea fiel de su contenido. ¿O acaso no preguntas tú nunca a nadie de tu confianza si tal película, libro, etc., es bueno o malo? ¿O es que sólo te fías de ti? Es más, hay veces que incluso me fío más de la opinión de terceros, sobre ciertas cosas, que de la mía, fíjate que cosas.
    Ya he visto algo del vídeo, no obstante; y no para confirmar o negar lo que dice Nacho, sino porque me parece que más de dos horas de pedagilipolleces dan para un análisis más amplio -no más certero- que el que nos ofrece él, y a mí me interesa hacer un análisis más exhaustivo.
    Por otro lado, permite que te informe de que lo que propone el peliculón no es nada nuevo: se trata del constructivismo y la concepción lúdica que los países más avanzados de nuestro entorno (y nosotros pero a medias) han adoptado para sus sistemas escolares. Finlandia, que sí le va bien, mantiene una concepción tradicional de la enseñanza, como la de aquí hace décadas, pero exenta, como la nuestra ahora, de castigos físicos o crueles, aunque no de sanciones cuando son necesarias. Por lo demás, insisto, lo tradicional.

    Y ya tenemos datos fieles sobre la escasa eficacia de la nueva pedagogía de que habla el vídeo. Mira, en Suecia, país ultra-progresista y de una corrección política que alcanza la albura, se hizo una evaluación de la eficacia de la pedagogía constructivista: La dirección general de las escuelas suecas publicó un informe en el que se comparan los resultados de 2002 con los de 1991, entre alumnos de 15 años. El informe se denomina “Evaluación nacional 2003” (NU03). La conclusión es negativa para la nueva pedagogía promovida hace décadas. Los resultados habían bajado en todas las materias, al contrario que en Finlandia. En matemáticas, los conocimientos que adquirieron los alumnos de 2002 los habían adquirido un año antes los alumnos de 1991. No se podrá alegar que los suecos no tienen la mentalidad necesaria para implementar la escuela lúdica y mega-democrática. Ni que no la hayan sabido implementar, o que carecieran de recursos. Claro que supieron, y así les ha ido.

    Saludos.

  11. No he visto la película pero no me hace falta: me basta con lo que opina el autor del blog.para hacerme una idea más que suficiente (y además no perderé el tiempo en parasicoeducación). Julián

  12. Gracias, tocayo, por la confianza. La verdad es que la oposición a profesor de Filosofía debería tener un único tema: «Interprete usted a Platón». Al fin y al cabo, sería la forma más simple y certera de saber a qué se ha dedicado el payo en cuestión durante cinco años de Carrera. Pondría de manifiesto si el mozo se ha enterado verdaderamente de qué es eso de la Filosofía o si simplemente sólo ha deglutido cuatro apuntes amarillentos de un catedrático tosco. Lo malo, o lo bueno tal vez, es que lo mismo quedarían vacantes las plazas. Este año he corregido Selectividad y da pena y náusea ver qué es lo que le cuentan a los alumnos mis supuestos colegas a propósito de la filosofía de Platón: tres mitos miserables mal leídos y una a modo de teoría que no se atrevería a sostener ni el más zote de la Curia episcopal. Organizo para este otoño un Seminario abierto sobre la lectura de Platón. Estás invitado.
    Un fuerte abrazo.

  13. Gracias por la invitación, Antonio. Como siempre, seguro que lo tendré muy mal para asistir.
    El profesor de filosofía de que hablo es un gran entusiasta de Platón, pero ignoro si lo interpreta o no correctamente. Me temo que lo interpreta mal, al menos si el siguiente comentario sobre Platón, encontrado en Internet, es cierto. Contra las lecturas “buenistas” de nuestros queridos psicopedagogos, Platón ya establecía itinerarios educativos:

    “A lo largo de este proceso educativo algunos niños tendrán tendencia a abandonar sus estudios, que les resultarán difíciles y aún odiosos, mientras que otros irán desarrollando un entusiasmo cada vez mayor en torno al conocimiento. Los primeros pasarán a formar parte de la clase de los artesanos, habiendo mostrado una mayor inclinación hacia el contacto con lo material; los que persistan en sus estudios pasarán a formar parte de la clase de los guardianes o auxiliares.”

    Pues, claro, pijo. El juego es un recurso perfectamente adecuado para niños pequeños, pero ni el más ameno y divertido programa de estudios conseguirá que algunos críos, pequeños o grandes, quieran desentenderse de los estudios más teóricos. Esto -que ya Platón era partidario de los itinerarios en la enseñanza- no lo dicen los filósofos partidarios de la escuela psicopedagógica.

    Un abrazo.

  14. Estimado Nacho:
    Que me perdone mi abuelo Juan, que vendió leche de puerta en puerta por la calle Corrientes, pero lo que más cuadra al director de la peli es el dictum de Borges: ¨ No es que sea bueno o malo, es que es incorregible.¨

    1. Ayer vi el primero, «The National Anthem»: Escalofriante, perverso, genial. Spoiler: La consideración «artística» que en el capítulo se da a la tragedia del Primer Ministro me recordó el comentario de Stockhausen sobre el 11-S, atentado que consideraba «la mayor obra de arte jamás vista».

  15. Estamos ante un grupo de maestros, maestras, pedagogos, psicólogos y afines, que tan pronto llegaron a la escuela advirtieron que no querían dar clase, que se habían equivocado de profesión, pero que no tenían porqué dejar de vivir de ella. Ahí los tenemos. Hay tantos y tantas en nuestras aulas con estas características e idéntica pretensión que, viendo el reportaje, he recordado a muchos de mis progres «compañeros/as» con los que coincidí a lo largo de mi vida profesional. Ni ellos ni sus patochadas son novedad ni nos sorprende su demagógica verborrea.

  16. A los diez minutos de visionarla ya sabía cual era el tratamiento que se le iba a dar a la enseñanza, a los profesores y alumnos. Los supuestos expertos no son necesariamente licenciados en pedagogía. Hay alguien detrás de todo esto. Muchos «alguienes» y ésto ha sido desde siempre.

  17. No pierdo el tiempo en escuchar y ver las mismas tonterías de siempre. Me ha parecido muchísimo más interesante leer todo este artículo en profundidad.
    Enhorabuena, Nacho. Eres un crack.

  18. «De modo que reservé una tarde para ponerme frente a la pantalla, no sin antes prometerme que trataría de ver las imágenes con una mirada libre de prejuicios. No sé si lo conseguí». Efectivamente, no lo has conseguido.

  19. El odio por la cultura, la tradición histórica, de los pedagogos (y de sus víctimas incautas) tiene un evidente rasgo patológico. Creo que esta gente haría muy bien en pasarse unos años por la consulta de un psicoanalista -en Argentina hay mucha tradición. Lo más preocupante no es tanto las chorradas a las que ya estamos más que acostumbrados, sino que esto lo vean millones de personas y se lo crean. Lo que es bastante probable en el actual estado de descomposición psicosocial.

    Gracias por la información. Confío plenamente en el análisis y jamás visionare el «documento». Un saludo.

  20. El éxito de este peliculón reside en su extremada demagogia. Dice lo que la gente quiere oír. Promete felicidad fácil. Promete conocimientos y sabiduría sin necesidad de esforzarse. Al contrario: el alumno aprenderá entre risas y cachondeo. Políticos y curas han hecho y hacen lo mismo: prometer el paraíso a condición de concederles el poder o mantenerse en él. Estos tíos desean poder, y lo malo es que el papanatismo general es de tal calibre que hay mucha gente dispuesta a concedérselo. Aquí sólo hay que decir lo que la gente quiere oír para recibir su aplauso, aunque lo que digas sea más falso que el beso de Judas.

    1. Estimado Raus:

      Yo opino lo mismo. No hay que darle tantas vueltas al asunto. Es tan simple como que esta gente quiere poder, para lo cual han de crear la falsa representación de su necesidad social. Lo terrible es que lo consiguen. El pensamiento ha desaparecido de la realidad y su función es cubierta por los autodenominados expertos, consejeros, asesores, etc. Su estrategia es siempre la misma: incitar a la chusma a que sea más chusma (a eso lo llaman educar), ensalzar su carácter de chusma y los valores de la chusma. Es la lucha por la vida y nada más.

  21. Enhorabuena de nuevo, Nacho, por tu análisis sensato de tanta insensatez.
    El documental podría titularse “El mito de la paleopedagogía del resentimiento”, y viene muy bien para aquellos que justifican su traumático paso por el sistema educativo, sus resultados mediocres y sus desprecio al conocimiento que no han logrado adquirir con la negación de la cultura.
    Ya desde el principio las referencias simbólicas que plantean en el mito de la caverna de Platón son un resumen cumplido del tema del documental: la caverna es la escuela, los esclavos son los alumnos; las sombras, los conocimientos que trata de impartir el profesor, el esclavo que se libera sale de la escuela y llega a un mundo indefinido, pero luminoso y natural, una arcadia negada al individuo por la maldad del sistema educativo. Pienso que nadie que tenga una formación solida adquirida mediante el estudio puede aceptar un planteamiento tan denigrante de la escuela. Veremos qué resultado da el pase en las clases de este documental: justificará la pereza del mal estudiante, promoverá más odio al sistema educativo, inculpará al profesor de la cosecha malograda por la falta de estudio… En fin, nos hará más difícil la tarea de enseñar. Misión cumplida.

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