Teoría del juicio (letras)

APERTURA

Es de buen tono, dijo, en los cócteles

mantener largas conversaciones sobre la benzodiazepina,

el fentanilo y el citalopram.

Y, desde ahí, tirar del hilo y desplegar

el catálogo personal

de traumas, fobias y perversiones.

Todos lo hacen.

Todos lo hacen.

 

Me puso una mano en el hombro, me miró a los ojos.

Ayer estuve llorando al borde de la piscina, dijo.

¿Sabes qué puedes sincerarte conmigo?

Suéltalo, cariño.

Deja que fluya.

Es el cloro, dije.

 

Algo pasaba de mano en mano

y todo el mundo sonreía.

Los cuerpos emitían una luz nueva

mucho tiempo después de haberse extinguido.

Sus caras, convertidas en manchas

que cruzaban las habitaciones como

pinceladas furiosas.

Su memoria, almacenada

en un granero olvidado,

en medio de la nada.

 

Alguien, sin cara, me susurró al oído:

puedo ver una rosa en las tinieblas.

Puedo ver una rosa en las tinieblas.

 

María se partió el cuello

al intentar una voltereta.

Parecía una muñeca hinchable

sacudida por el viento.

Llamaron al 112, de pronto hubo más luces

en la fiesta.

 

Ya es demasiado vieja para eso.

Es poco más que plástico

y repuestos de titanio.

 

Me pareciste hermosa y cruel.

Me rodeaste con tus brazos.

¿Por qué no vienes a casa?, dijiste.

Tal vez otro día, estoy cansado.

 

Conseguí escaparme y te dejé en el jardín,

acabándote la copa a la luz

parpadeante de la ambulancia.

No iba a echarte de menos,

nunca lo hago,

pero debí haberte pedido algo

para conciliar el sueño.

Difenhidramina o cualquiera de esas porquerías

que se mencionan en los cócteles para matar el tiempo.

Algo para conciliar el sueño.

 

LA ROMERÍA DE SAN ISIDRO

Cuando vayas a la fuente, mi romera,

no te olvides de beber un poco de agua.

Luego acércame tu cuerpo de chulapa,

que también estoy pasando sed.

Yo no soy un santo, ni tú la primera

que, como aguardiente, quema mis entrañas.

Si bajo la piel te muerden las arañas,

no tenemos tiempo que perder.

 

Cantarás conmigo,

cuando llegue el día

de la romería

de San Isidro.

Y de noche haremos

juntos el camino

de la romería

de San Isidro.

 

Quítate el pañuelo y toma una rosquilla,

deja que este vino te caliente el alma.

Que tu mano fría lea la gitana,

bajo los redobles del tambor.

Ay, morena, quédate con tu romero:

esa mano dice que eres un fantasma.

Ay, morena, tú me quieres dar jindama.

Ruega a San Isidro Labrador.

 

Cantarás conmigo,

cuando llegue el día

de la romería

de San Isidro.

Y de noche haremos

juntos el camino

de la romería

de San Isidro.

 

Aquí viene ya la ronda de borrachos,

con su fiera letanía a medianoche.

Trata de fingir, y que no se te note

que no puedes ni tenerte en pie.

Quizá solo estemos vivos de milagro,

quizá estamos cerca de ver la frontera.

Pero, mientras tanto, vamos a la fiesta.

Ya no queda tiempo que perder.

 

Cantarás conmigo,

cuando llegue el día

de la romería

de San Isidro.

Y de noche haremos

juntos el camino

de la romería

de San Isidro.

 

TEORÍA DEL JUICIO

Madre, si yo fuera guapa

no abriría otro libro.

Madre, si yo fuera hermosa

estaría a otra cosa.

Correría al encuentro de un chico

del que no sabría

ni su nombre ni su valía.

Solo me dejaría llevar.

 

Si, al cruzar una calle,

se pararan los coches,

cuando cayera la noche

me verías marcharme

a la caza de mil aventuras,

con la risa colgando

y los ojos tan maquillados

que los chicos querrían morir.

 

Madre, si yo fuera bella,

quemaría mis libros,

empezando por la antología

de poetas suicidas.

Que les den a la Plath y la Sexton,

Alejandra y la Storni.

Yo querría vivir para siempre,

sin tener mucho más que decir.

Madre, si fuera mi cara

una cara distinta,

que ni tú misma reconocieras,

no me avergonzaría

de entregarme a cualquier extraño

a cualquier hora del día.

Que encontraras mi cama fría

o acaso una papelina de speed.

 

Madre, si yo fuera guapa,

me pondría a hacer videos.

Perdería el tiempo y el curso

de Teoría del Juicio.

Abrazada a una farola,

echaría del cuerpo

a la bestia que me controla.

 

Y este espejo sería mi ley.

 

EL FERIANTE (THE CARNY)

Nadie vio marcharse al feriante,

y las semanas volaron hasta que la compañía

levantó el campamento,

dejando atrás su caravana.

 

Estaba aparcada en la cresta de la montaña,

y, mientras la comitiva cruzaba el puente,

las primera lluvias saciaron el cauce seco del río.

 

Adiós, adiós, decid adiós.

 

Dog Boy, Atlas, Mediohombre, el Torso Viviente, la Mujer Barbuda.

No había entre ellos ni uno solo que no echara la vista atrás,

en la esperanza de que el feriante volvería con los de su estirpe.

 

Y el feriante tenía un caballo,

todo piel y huesos,

un jamelgo giboso al que llamaba Sorrow.

 

Ahora está enterrado en una pequeña fosa en mitad del llano.

 

Y a los enanos se les encomendó la tarea de cavar un hoyo

y depositar en él los restos del jaco.

Y el jefe Bellini, blandiendo su pistola humeante, dijo:

 

Este penco es carne muerta. No podemos transportar carroña.

Y volviéndose a los enanos, dijo:

Enterrad esta carnaza para cuervos.

 

Y entonces la lluvia cayó a plomo,

y todos corrieron a sus carromatos

y recogieron los toldos.

 

Los gatos sarnosos bufaron en sus jaulas,

la chica pájaro aleteaba y graznaba como una loca,

el valle entero apestando a bestia empapada,

a bestia empapada y paja podrida,

a naturaleza monstruosa y brutal.

Empacaron sus cosas y se pusieron en marcha.

 

Los tres enanos miraban desde la parte trasera del carro,

Moses dijo a Noah: “Debimos cavar más hondo.”

Y Charlie, el más viejo, dijo:

“Supongo que el feriante no va a regresar.”

 

Y, mientras la procesión cruzaba el valle hacia regiones más altas,

la lluvia golpeó la pradera y golpeó la montaña,

hasta que no quedó nada,

nada en absoluto excepto el cuerpo de Sorrow,

que se alzó en el tiempo

para flotar sobre la tierra arrasada.

 

Y una bandada de cuervos volaba en círculos.

Primero uno; luego el resto, batiendo sus alas negras.

Y la lluvia era un martillo…

 

Nadie allí lo vio venir.

Sólo el viejo Nick.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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