Dicen por ahí

Hace ya unos cuantos años, esta bitácora se propuso poner en cuestión muchas de las decisiones que las administraciones autonómica y nacional tomaban en el siempre complicado sector de la enseñanza. Echando un vistazo a los asuntos tratados, la mayoría son denuncias de planificaciones erróneas, ideologías a la violeta o vulneraciones sistemáticas de la libertad de cátedra: igualitarismo, inflación burocrática, adoctrinamiento, pensamiento único, etc.

Todas estas etiquetas sirven para identificar un sistema educativo fracasado desde su misma base, aun cuando, periódicamente, se muden sus siglas. Un sistema en el que los conocimientos son postergados en beneficio de un fraude postmoderno llamado «competencias básicas». Un sistema que hace indistinguibles niveles de formación tan desparejos como la Primaria y el Bachillerato, aplicando recetas pedagógicas de espuria aplicación universal. Un sistema que ha eliminado la función primordial de las Enseñanzas Medias, cual era la de servir de puente a los estudios universitarios. Un sistema que, en sus últimas mutaciones, ha encontrado en el profesor (fundamentalmente, en el profesor de instituto) su imprescindible chivo expiatorio.

Doce años de experiencia docente en el sector público han convencido al autor de que la enseñanza en manos del Estado no es sólo ineficiente, sino también perversamente adoctrinadora. Uno podría esperar otros doce años, en la esperanza de que políticos de más altas miras considerasen anteponer un fervoroso espíritu ilustrado a sus tácticas de manipulación política. Sin embargo, y vistos los resultados en comunidades como Cataluña, cabe suponer que todo es susceptible de empeorar, y que si existe un instrumento infalible de persuasión colectiva es precisamente el que permite a los gobernantes modelar los planes de estudios de acuerdo con sus propósitos de ingeniería social.

Por eso, en las últimas entradas de YSEI se apunta a alternativas de liberalización en el sector educativo. Aquí se ha citado a Hayek, a Noczik y a otros liberales, incluido el profesor Rallo, de cuyo último artículo hablaremos más adelante. La propuesta liberal de YSEI no parte de un planteamiento apriorístico, previo a la creación de este espacio, sino que va cobrando forma a medida que las contradicciones de la enseñanza pública se le hacen al autor más evidentes. En última instancia, es la sociedad, el ciudadano, quien debería preguntarse hasta qué punto puede, podemos, soportar un sistema que sirve a unos y otros ( o a hunos y hotros, como dicen por ahí) como laboratorio de sus planteamientos políticos.

Defender esta idea, aun con todas las dudas y prevenciones que todavía me asaltan, no me ha hecho ni me hará más popular entre mis colegas, pues parece que el oxímoron educación pública ha desarrollado, con el paso del tiempo, una diamantina corteza dogmática. Lo entiendo, y no me importa. Más triste sería renunciar a las convicciones intelectuales que uno se va forjando por el temor a verse señalado. La razón de que, precisamente hoy, escriba estas sumarísimas reflexiones, es la publicación de un artículo del profesor y economista Juan Ramón Rallo, en el que se denuncia lo cara (y mala) que es la educación pública española. No voy a hacer un análisis pormenorizado de todo lo que dice, y que se desarrolla por extenso en su último libro, pero sí me gustaría dejar dichas un par de cosas.

La denuncia de Rallo es legítima. En efecto, la educación pública en España es ruinosa desde cualquier punto de vista, económico o intelectual. Pero no tanto porque los sueldos de los profesores sean desorbitados – que no lo son – sino porque el sistema en sí mismo está condenado al fracaso desde sus propias bases, y porque, como dije más arriba, constituye una herramienta política antes que una garantía de instrucción ciudadana.

La alternativa que propone Rallo es legítima. Liberalizar el sector podría aumentar el número y la variedad de las propuestas educativas, incluidas las de aquellos que hacemos la crítica permanente de cuanto no funciona. El problema no es que alguien, con su dinero, quiera emplear una determinada metodología, sino que esa metodología se haga de obligado uso con el dinero de todos.

Lo que no va a conseguir Rallo con el tono de su discurso – es posible que tampoco lo pretenda – es llevarse a los profesores a su terreno. La enseñanza no debe medirse sólo en términos de empleabilidad o de utilidad, pues eso significa despojarla de algunos de sus principales objetivos:

Las respuestas que ofrece Oakeshott a la pregunta sobre las disposiciones y actitudes personales que deben alentarse y buscarse en la educación universitaria giran en torno a la defensa de la educación liberal, entendida como aquella que provee al alumno de las herramientas para “pensar por uno mismo” en base al aprendizaje de una “herencia histórica de logros humanos”. Conocer las distintas herencias nos liberaría, entre otras cosas, de los “compromisos cotidianos”, del “sentimentalismo” y de la “pobreza intelectual”, pero fundamentalmente de la idea que la educación actual deba promover la uniformidad social. La educación liberal permitiría entonces advertir las ventajas de la diversidad y la multiplicidad de “aventuras intelectuales” (54) que la tradición universitaria ha transmitido a partir del siglo XII.

 (Revista de Instituciones, Ideas y Mercados Nº 53 | Octubre 2010 | pp. 239-250 | ISSN 1852-5970 REFLEXIONES SOBRE EDUCACIÓN, SOCIEDAD Y POLÍTICA, Alejandra Salinas. Reseña del libro de Michael J. Oakeshott, La voz del aprendizaje liberal, Buenos Aires y Madrid: Liberty Fund y Katz (co-editores), 2009, traducción de Ana Bello, con prólogo e introducción de Timothy Fuller.)

El punto débil del artículo de Rallo, y de sus comentarios referidos a la enseñanza, es la omisión del aspecto humanístico que otros liberales, como Oakeshott, ponen en el centro mismo del debate. Determinar, de modo omnisciente, qué es «lo útil» para todos y cada uno de los individuos constituye, precisamente, uno de los errores clásicos de la planificación central, y pone en peligro disciplinas que acaso no gocen de altas expectativas de empleo, pero que son imprescindibles para forjar cualidades como la autonomía personal, la sensibilidad artística y el espíritu crítico. Aquellas que han de llenar el otium e impregnar con sus innegables beneficios la práctica del nec-otium. Requisitos para la libertad individual tan necesarios, al menos, como la libre circulación de bienes.

Quizá Rallo ya sabe todo esto, pero a sus textos no estrictamente económicos les falta ese aliento que sí podemos encontrar en otros autores liberales y que contribuyen a mitigar las frialdades del análisis puramente económico.

Pero no quiero extenderme más. Prefiero que sea el lector quien juzgue el artículo, sin prejuicios, y, asimismo, sin olvidar que a él no se reducen todas las posibilidades del pensamiento liberal. A mí me parece interesante, tanto al menos como la réplica de Alberto Royo en su magnífico blog.

Llegado este punto, es muy probable que esta sea una de las últimas entradas de YSEI. Lo que tenía que decir, considero que ya está dicho. Sólo me resta cumplir con un encargo, y publicar, en las próximas fechas, un texto que me envía un compañero, y, sin embargo, amigo. Creo que tratará de la Inspección, pero no estoy muy seguro.

En cualquier caso, siempre es bonito terminar con las palabras de otros.

Artículo de Juan Ramón Rallo

Respuesta de Alberto Royo

Vale.

Crítica del concierto en la Sala Cero (Sevilla)

Nacho Camino & General Invierno, Sevilla 25/04/2013. Sala Cero.

En petit comité, comienza un concierto que promete contarnos cuentos maravillosos, con la innegable magia de una música etérea e imaginativa, que sólo pueden transmitir unos grupos llenos de pasión e ilusión.

Nacho Camino & General Invierno es una banda sevillana formada en Octubre de 2011. Los integrantes son el propio Nacho Camino (voz, teclados, sampling), Francisco Pedrosa (guitarra, coros), Rosa Rodríguez (violín, teclados, coros), Pedro Ortega (bajo, coros) y Manuel Martínez(batería).

Lo que más llama la atención nada más empezar el concierto, es el sonido del violín. Un sonido que nos susurra ¿Quién va a recoger este montón de cenizas? (Las muchachas sin corazón).  Un tema alegórico a todas esas mujeres crueles sin corazón que nos dejan para el arrastre y que, la verdad, para mí, que no le importan nada.

Lo que en ese tema aparecía como un cuento de tintineos y campanillas, en Santa teresa nos llega con fuerza y espíritu. Rosa y su violín le dan un toque coral a unos temas ya de por sí llenos de sentimientos, en los que la voz profunda de Nacho da la serenidad justa y necesaria para que te creas cualquier cuento. Esta voz se agradece, ya que consigue alejarnos de las prisas e inquietud que nos rodea.

Con “Nosotros” llega la realidad, con versos al compás de un ritmo marcado por el boulevard parisino trasnochado y tránsfuga. Con versos como “saluda a la cámara, camarada” y “pregúntale a tu centinela que es lo que te espera ahí fuera” son capaces de embelesarnos e hipnotizarnos. Son palabras sencillas pero muy emotivas, y acompaña a la perfección una instrumentación conseguida y preciosista.

En general, los temas suenan a los años 80 y la melodía silbada de las películas de western que todos hemos visto alguna vez, no hacen más que atestiguar la impresión que nos hemos llevado.  “John Wayne” es uno de los temas más originales que hemos escuchado últimamente. ¿Qué pensarías de un tema dedicado a este tipo con música lenta y romántica?. Pues lo dicho, original y curioso a partes iguales. Armónica y sólo de guitarra enfocados a la tierna inocencia, en vez de a la ruda memoria del personaje.

“El espíritu nacional” es uno de esos tema indie de letra sencilla pero música compacta y cuidada que tarareas una y otra vez. Y con “Yo que he servido a la reina de Inglaterra” se pretende hacer escuchar a todos aquellos que promueven el “todo vale” que parece propagarse como la pólvora hoy día. Tiene aire a tema revolucionario y cantado en las calles. Te enciende y te entristece a partes iguales.

Un fin de fiesta a lo grande con “Nunca hemos sido modernos”. La combinación mágica de una versatilidad instrumental combinada con una historia a medio camino entre la realidad y la ficción.

1erbis “Todos tendréis primavera”, que trata de los efectos colaterales de una revolución en una pareja donde ella “lee de sol a sol y algunas noches también”. Tema con letra tirando a la psicodelia pero con una pátina de cotidianidad. La inclusión de gritos revolucionarios y sonidos callejeros quedan genial en este tema, dotándolo de profundidad y cuerpo.

Destacar el sonido coral conseguido por la banda en su corta vida, de momento. En resumen, me han gustado mucho y habrá que seguirles la pista.

Fragmento de una crítica recogida en el blog  8 pistas.

Vacas de dos cabezas

vaca

Siendo un escándalo, la noticia no es que la Delegación conceda el título de ESO a un alumno con cinco asignaturas suspensas. Tal cosa no es sino el último extravío de un sistema que tiene la aberración como norma. Así, el estupefaciente dictamen de los burócratas educativos podría compartir página con la vaca de dos cabezas o las caras de Bélmez: un suceso que pone a prueba nuestra capacidad de admitir lo inverosímil. La noticia, en realidad, es que a los técnicos junteros les bastó con dar el aprobado a dos asignaturas (Lengua e Inglés) para ceñirse a los requisitos que la obtención de dicho título exige. Dicho en corto: en España, con tres asignaturas suspensas se consigue el Graduado Escolar.

Excepcionalmente, dice la ley. Pero ya se sabe que, en determinadas condiciones, la excepción se convierte en norma. Y, a día de hoy, en muchos institutos se aplica la interpretación más políticamente correcta, por laxa. La salvedad que se contempla para casos especiales acaba extendiéndose a cualquier otro, de manera que, al final, a nadie le sorprende encontrarse por los pasillos con un hato de rumiantes bicéfalos. El alumno en cuestión, además de las dos disciplinas señaladas, también se había dejado por el camino la Biología, la Física y las Ciencias Sociales. Paparruchas. Para la Delegación, esas tres materias suspensas «no impiden la titulación ni menoscaban la formación académica y las competencias necesarias que permitirán al alumno reclamante afrontar una brillante carrera en cualquiera de los objetivos académicos o laborales que se proponga». Como ven, el absurdo es una debilidad de los garantes de la ley. Lógico, puesto que la ley misma se funda en el absurdo. Un estudiante que ha demostrado su incompetencia tanto en la rama humanística como en la científica es, sin embargo, competente para afrontar cualquier reto intelectual que se proponga. Y de manera “brillante”, no vayan a creer. Cuesta imaginar a qué aspirarán los muchachos que aprueban todo en junio, aunque parece probable que el MIT y la NASA estén rondándolos con irresistibles cantos de sirena.

Esto es, simple y llanamente, un fraude. Una gran estafa cuyo motor empezó siendo la mediocridad y a la que ahora sustituye, ufana como acostumbra, la ignorancia. La lección que enseñan nuestros políticos es parecida a la de esos padres que les compran una moto a sus hijos por aprobar el recreo y las excursiones a la Feria del Caballo: no te premiamos por tu valía, ni siquiera por tu esfuerzo. Lo hacemos para que seas feliz. Y nos quieras. Y nos votes. Guapo.

Los profesores asisten al espectáculo con su habitual cautela, ese estupor de los bóvidos simplemente unicéfalos. Rumian su desazón como el que traga sapos, aunque a veces interpongan denuncias y salgan en los periódicos. El complejo de culpa, el hostigamiento más o menos sutil de la inspección, el miedo a verse en la picota de las reclamaciones: muchos son los motivos por las que este gremio aún no ha dado el paso al frente que se precisa para combatir un engaño de semejante calibre. Sin embargo, ejemplos como el del IES Los Álamos hacen pensar que el tiempo de silencio ha terminado, y que el futuro de la enseñanza dependerá, en buena medida, de la resistencia que los profesores ofrezcan a esta infatigable persecución del mérito.

Por fortuna, los padres de Bormujos se han alineado con el claustro frente a la imposición administrativa. Ellos tampoco creen que pueda conseguirse en un despacho lo que no se alcanzó en las aulas, ni que un “defecto de forma” – consecuencia, las más de las veces, de una legislación laberíntica e incomprensible – consiga invalidar la “autoridad magistral y académica” que esa misma ley confiere a los profesores. Como nosotros, no conciben que la estadística y el interés político se antepongan al justo reconocimiento de la valía.

La pregunta es:

–          ¿Habrá alguien en Torretriana capaz de entender esta demanda?

–          Mu.

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ESCRITO DE QUEJA DEL CLAUSTRO DEL IES “LOS ÁLAMOS” POR LA TITULACIÓN EN SECUNDARIA DE UN ALUMNO QUE TENÍA CINCO ASIGNATURAS SUSPENSAS
El claustro de profesores del IES Los Álamos de Bormujos (Sevilla) quiere manifestar su malestar por la resolución del expediente de reclamación 170/2012 que desde la Delegación Provincial de la Consejería de Educación se ha dictado y en la que se aprueban al reclamante las asignaturas de Lengua castellana y Literatura e Inglés (de las cinco que tenía suspensas). Los principales motivos de nuestra queja se fundamentan en que:
• De dicha resolución se desprende que la atención al alumno y su proceso evaluador han sido deficientes, como reclaman sus progenitores; sin embargo, no se tienen en cuenta las aportaciones por parte de la tutora y del equipo educativo sobre la negligencia de los padres que, tras recibir las calificaciones de su hijo con resultados poco alentadores en las dos primeras evaluaciones, no mostraron la preocupación que el hecho requería.
• Quienes han visto y entendido la reclamación se permiten no solo hacer observaciones que ponen en duda la profesionalidad de los docentes, sino afirmar que las copias de los exámenes de Inglés remitidas como documentación han sido manipuladas, lo que supone -aparte de un acto de difamación- imputar un delito a las profesoras de dicha asignatura.
• La argumentación sobre el inadecuado proceso de evaluación según la normativa vigente no se sostiene por las siguientes razones:
1. Los fundamentos para aprobar al demandante en Inglés y mantener el suspenso en Biología y Geología son básicamente los mismos.
2. Nuestro centro vivió el pasado curso 2011-12 un proceso de actuación prioritaria por parte de la inspección educativa y -salvo recomendaciones para la paulatina homogeneización de criterios e instrumentos de evaluación- no se requirió la supresión o corrección de los criterios de evaluación y calificación de las programaciones de los distintos departamentos didácticos.
3. Se insiste en la necesidad de priorizar la observación diaria del alumno para su evaluación y, cuando se analizan los cuadernos de clase de los profesores, se consideran inválidas las anotaciones referidas a la actitud y competencias mostradas por el alumno. Ahora bien, nunca se propone desde tan estrictos y pedagógicos estamentos de la administración educativa un método fiable y entendible para todo el mundo, docentes o no, cuya validez cuantitativa y cualitativa esté fuera de toda duda.
4. Carece de criterio y razonado fundamento calificar al alumno en las materias aprobadas (Lengua e Inglés) con un 5, ¿por qué no un 6 o un 7? ¿Es que los errores detectados en el desarrollo de la labor docente solo suman la cantidad necesaria para aprobar? Parece inferirse además que, cuando se solicita revisión del examen a un departamento, solo se puede corregir al alza, no a la baja.
5. En ningún caso se dan orientaciones o recomendaciones para que, en futuros casos similares, el proceso evaluador sea el correcto y no se corra el riesgo de que cualquier defecto de forma, por mínimo que este sea, prevalezca por encima de la actividad docente -llevada a cabo en contacto diario con los alumnos- y de los méritos contraídos por estos.
• No se entiende, ni es de recibo, que quien tarda más de tres meses para resolver una reclamación cuando el plazo estipulado es de quince (15) días, califique la actividad de otros compañeros de poco profesional.
• La parcialidad con que se contemplan derechos y deberes -a qué se está obligado según se sea padre o profesor- raya en la prevaricación.
• Sin menoscabo del derecho que todo ciudadano tiene a reclamar cuando cree que puede y debe hacerlo ante la administración educativa, no debe perderse de vista que la labor docente no es un mero ejercicio burocrático, sino una labor encaminada a contribuir en la formación de individuos competentes para la sociedad. Más aún, cuando se enseña a los alumnos que, tanto para adquirir las oportunas competencias como para lograr cualquier meta en la vida, el camino debe ser el del esfuerzo, el trabajo y la aplicación.
• Nos parece un ejercicio de fariseísmo que desde los distintos estamentos de la administración educativa y desde la misma sociedad se clame por la honorabilidad, el respeto y el prestigio de la labor docente, así como por la autoridad del profesorado y que, llegado el caso, todos estos valores se desprecien y ninguneen.
Bormujos, 11 de febrero de 2013
El Claustro de Profesores del IES Los Álamos

P.S.: Antes de remitir este escrito a la Delegación Provincial de Educación, se ha recibido una nueva resolución con fecha 12 de febrero de 2013 que, ante la reclamación interpuesta por la madre del alumno motivada por la no titulación de su hijo, decide otorgarle al alumno reclamante el titulo de Graduado en Secundaria. Por tanto, desde la administración educativa se considera que las tres materias que no se le aprobaron en reclamaciones anteriores (Biología y Geología, Ciencias Sociales y Física y Química) no impiden la titulación ni menoscaban la formación académica y las competencias necesarias que permitirán al alumno reclamante afrontar una brillante carrera en cualquiera de los objetivos académicos o laborales que se proponga.

Habrá que esperar a que te mueras

Telefónica y sus cositas

Por lo común, se tiende a pensar que el político al mando es el peor enemigo de la enseñanza. Que exista semejante prevención no es algo que pueda sorprender a nadie, teniendo en cuenta el modo, sectario y partidista, en que los sucesivos gobiernos han hecho uso de la escuela. Sin embargo, en el cotarro educativo abunda una figura incluso más perniciosa, aquella que suministra a los gobernantes la carnaza doctrinal para sus leyes. Hablamos, claro está, del experto pedagógico.

Se trata de una especie que abunda en nuestro país, donde el grado de tolerancia al disparate es tan alto como inveterada la costumbre de opinar, precisamente, de lo que no se sabe. Así, no es infrecuente la convocatoria de superferolíticas jornadas y no poco rimbombantes congresos en los que esta inagotable estirpe de apparatchiks diagnostica los males de escuela a mayor gloria de sus patrocinadores. El procedimiento a seguir en tales eventos se resume en una sola frase: no invitar jamás a un profesor en activo. Cosa rara, en verdad, prescribir milagrosas recetas cuando apenas se ha tenido contacto con el paciente. Uno diría que esto sólo ocurre en las ficciones televisivas, pero en España sucede a diario sin que nadie ponga el grito en el cielo.

La Consejería de Educación andaluza también disfruta, claro está, de sus particulares vehículos de propaganda. Uno de ellos es el periódico Escuela, financiado por el contribuyente al módico precio de 300.000 euros anuales. En sus páginas, la vieja ortodoxia logsiana se recalienta una y otra vez, echando mano de sus ingredientes favoritos: inclusión, igualdad, motivación, transversalidad. Y, por supuesto, formación.

Sobre este último particular versa uno de los últimos reportajes  publicados en este curioso Granma docente: Cuando la vocación sí importa. El texto informa de un Encuentro Internacional sobre Educación auspiciado por la Fundación Telefónica. Los ponentes son una Orientadora, una Doctora en Filosofía y un Catedrático de Sociología. A pesar de sus cargos, todos saben perfectamente lo que acontece en las aulas de Primaria y Secundaria. Es natural: son expertos.

Expertos en falacias, se entiende. La filósofa se adscribe a la corriente maniquea para decir, en un alarde de profundidad analítica, que los maestros de Primaria “son mucho mejores” que los profesores de Secundaria. Sobre estos, afirma que “saben mucho de su materia, pero poco de cómo enseñarla”. Cabría preguntar a la Doctora si por ventura le parece más conveniente lo contrario, esto es: saber poco de una materia, pero mucho de cómo enseñarla. De hecho, habría que preguntarle si tal cosa le parece posible. Llevadas hasta sus últimas consecuencias, conclusiones de este tenor acabarían por impedir el paso de Stephen Hawking a una clase de Conocimiento del Medio, al carecer el eminente físico del imprescindible salvoconducto pedagógico.

El Catedrático va más allá cuando sostiene que “los profesores llegan a las aulas de rebote y se nota”. Uno juraría que, hasta el momento de pisar un aula, los profesores han tenido tiempo suficiente para madurar sus decisiones, empezando por los años que se precisan para aprobar una oposición, los cursos de adaptación pedagógica y el año en prácticas previo a formalizar su condición de funcionario. Para el sociólogo, en cambio, se trata de una cuestión inercial, pura fatalidad cósmica.

La filósofa tercia para incurrir en su segunda falacia del día. “Ni las oposiciones ni la Inspección sirven para hacer una selección”. ¿Por qué?, se preguntará quien esté leyendo estas líneas. ¿Acaso porque las pruebas son de un paupérrimo nivel? ¿Quizá es que, como en la endogámica Universidad española, se confeccionan a la medida de un opositor concreto? ¿O sucede, tal vez, que los inspectores colocan “digitalmente” a quienes les viene en gana? Nada de eso. El problema es que, en ningún caso, “está garantizada la vocación de los aspirantes”. Así, el único criterio válido se reduce a algo tan científico como una prueba de fe, vaya por Dios. La Doctora, como era de esperar, exime de esta duda a los maestros de Primaria, pues, según reza el dogma, todo estudiante de Magisterio es un ente puro que ha oído la llamada. El profesor de Instituto, en cambio, es un descreído que, ante la imposibilidad de satisfacer sus ambiciones profesionales, se ha dado de bruces con un aula de la ESO. La filósofa, como mejor explicación, aduce que el maestro empieza a “construir su identidad” como docente a los dieciocho años. “Sin embargo”, continúa, “el profesor de instituto estudia una carrera distinta a la de Magisterio y la identidad profesional no le viene, sino que le sobreviene en muchos casos ante la imposibilidad de dedicarse a lo que quiere”.  Argumentos de una finura dizque exquisita, y que, como siempre, excluyen las interpretaciones a contrario. Por ejemplo: que a los dieciocho años lo que se toma por vocación pueda no ser más que una pasión efímera. O que los veinticinco años del profesor en ciernes reporten una madurez y una formación adecuadas para encarar el ejercicio de la enseñanza. Tampoco se le ocurre pensar que el desencanto de muchos docentes pueda venir por la falta de estímulos laborales o por el estado calamitoso en el que ciertos axiomas de imposible demostración han dejado el patio educativo. En realidad, su escaso nivel dialéctico es sólo comparable a su falta de empatía. Preguntada acerca de qué pueda hacerse con un mal profesor, esta luminaria responde: “Esperar a que se jubile o directamente a que se muera”. Sin comentarios.

El sociólogo, por su parte, ofrece una solución no tan fúnebre: despedir al profesor que no se adapte al “modelo cambiante”. Aquí aparece el tópico de la sociedad vertiginosa y la adaptación al medio, asunto recurrente en la cháchara de los expertos. La escuela debe asumir, de forma acrítica, lo que dictan las pautas sociales del momento, sin tan siquiera discriminar lo que tiene de valioso para la enseñanza y lo que no es más que una moda pasajera. De esta forma, se despoja a la escuela de una de sus funciones primordiales, como es la de instalar el espíritu crítico y la reflexión pausada entre sus miembros, la de ser un espacio a salvo de las contingencias del “aquí y ahora”. Por el contrario, los gurús pedagógicos abogan por una velocidad punta que se parece mucho a la que alcanzan ciertas pulsiones consumistas.

Toda esta inquina hacia la figura del profesor tiene una fácil explicación. El profesor de Instituto es depositario de un conocimiento concreto. A este conocimiento, en ocasiones exhaustivo (también hay doctores entre ellos), se añade la experiencia acumulada en las aulas, hora a hora. Día a día. En condiciones que un Doctor de la Complutense no estaría dispuesto a soportar ni cinco minutos. Son, en suma, auténticos expertos. Así que es lógico que en estos chiringuitos que organizan Fundaciones y Consejerías se evite, escrupulosamente, su presencia. Su testimonio difícilmente habría de plegarse al de quienes, sin haber catado la ESO,  saben mucho de cómo enseñar… nada.

Dramatis personae:

La Orientadora: Ana Cobos (IES Miguel Romero Esteo, Málaga).

La Filósofa: Maite Larrauri (Universidad de Valencia).

El Sociólogo: Mariano Fernández Enguita (Universidad Complutense de Madrid).