Parece ser que los tartufos de la docencia ya velan pancartas, silbatos y manifiestos, dispuestos como están a convocar una huelga general de la enseñanza para finales de mayo. Todo apunta a que cumplirán su propósito, pues la convicción es mucha y la indignación apocalíptica. Según un alto liberado de la cosa, el recorte de Wert es el “mayor atentado a la escuela pública”. Otro portavoz vaticina, lúgubre, un “retroceso gigantesco” en las condiciones del alumnado. El ministro, asegura, pasará a la Historia por esta infamia.
Tal parece que haya anunciado la demolición de todas las escuelas públicas, no sin antes haber regalado a cada alumno un ejemplar dedicado de la Enciclopedia Álvarez. Los cronómetros se ponen a cero para calcular el tiempo que le tomará al sociólogo dinamitar esos santuarios platónicos que son las escuelas públicas. El fin está cerca, gritan los arúspices sindicales. Aunque el signo escatológico no lo hayan entrevisto en las entrañas de una bestia o en el errático vuelo de una gaviota, sino en los Presupuestos Generales del Estado.
¿Tan mal está el patio? ¿Hay para tanto? Sin duda: para eso y para mucho más; sobre todo si, a diferencia de estos voceros quejumbrosos, uno pica piedra en el aula cada día. Las clases de la secundaria obligatoria, sin ir más lejos, unirán ahora a la imposibilidad metafísica de la enseñanza la imposibilidad física de la estabulación: las aulas logsianas no se pensaron para treinta y cinco mozallones. De hecho, ni siquiera se pensaron. Pero la raíz del problema no está en los recortes de Wert, sino en los veinte años largos de un sistema educativo para el que estos profetas crepusculares jamás tuvieron ni una mala palabra. Y no la tuvieron porque no se muerde la mano que da de comer, porque se vive muy bien al calor de las millonarias subvenciones anuales, porque la liberación te permite pisar moqueta en lugar de embadurnarte las manos de tiza.
Hace falta un cinismo marmóreo para hablar, después de tantos años, de retrocesos gigantescos y atentados sin precedentes; para protestar contra los recortes cuando, por otro lado, no se está dispuesto a renunciar a la financiación pública del chiringuito. El silencio de dos décadas certifica que al sindicalismo de clase, o como quiera llamársele, jamás le ha importado la calidad de la enseñanza ni muchos menos el bienestar laboral de los profesores. Wert se equivoca, sí, más por lo que omite que por lo que proclama. Pero sería de ingenuos creer, ni por un solo instante, que la solución pasa por seguir el compás lastimero de cualquier manifa convocada por los de siempre.
A los de siempre el recorte que más les preocupa es el del 33% en ayudas para sus centrales, cursillos y mojigangas. Temen que un día deban financiarse con las cuotas de sus afiliados. Vislumbran con horror el momento de reincorporarse a su puesto de trabajo. El futuro que atisban en el vientre del animal ofrecido en sacrificio, y que tanto pesar les produce, no es tanto el de la enseñanza pública como el suyo.
Nota del autor: Hace unas semanas, anuncié que ya no publicaría más artículos en este blog. Sin embargo, los comentarios de amigos y usuarios y la perspectiva de poder obtener una mayor divulgación gracias a nuevos contactos me han animado a continuar. Se mantendrá, sin duda, la línea crítica del blog; pero también se buscará difundir nuevas propuestas educativas, siempre desde un punto de vista liberal. Gracias a todos los lectores del Individuo.
El artículo «De ratios y hombres» se publicó originalmente en la Tribuna de la Asociación PIENSA, de la que soy representante.
Parece ser que la crisis económica obligará a reducir el cupo de profesores, lo que conllevará un aumento del número de alumnos por aula, eso que ahora se llama ratio y que, por lo general, constituye el origen de discusiones poco o nada razonables. La primera reacción ante tales medidas es la de certificar el deceso de la enseñanza pública. No consta, sin embargo, que este ataque repentino de tartufismo haya provocado un colapso de los servicios sanitarios. Ya saben: mesnadas de jeremías con politraumatismo torácico y rasgadas vestiduras.
La enseñanza, como sabe quien conoce el oficio, no es que esté muerta, sino que ha mutado en otra cosa: en una extraña forma de vida que conjuga entretenimiento y vigilancia de menores. Como el “vigilar y castigar” foucaultiano, pero sin la vara disciplinaria y con un puntito de histrionismo colectivo. Muchos de los que ahora braman no tuvieron reparo alguno en jalear y promover esta metamorfosis. No importaba que el fracaso escolar se desbocase, ni que la posibilidad de enseñar se hubiese disuelto en un entorno de ruido y furia. No importaba que un neoanalfabetismo finisecular brotase, como una flor exótica, en aquellos institutos cuya inveterada misión había sido, hasta entonces, la de preparar al alumno para cursar estudios universitarios. No importaba que la excelencia de discípulos y maestros se convirtiese en un estigma nefando, en un objetivo perseguible que se reflejaba tanto en promociones automáticas como en criterios de selección que obedecían antes a compromisos políticos que a una rigurosa estimación del mérito. Ninguna evidencia era lo bastante grave como para poner en entredicho el sistema.
Esta oleada de hipocresía pretende instaurar un año cero del desastre educativo, borrando los veinticinco años de LOGSE con el Photoshop tramposo de la ideología. Por más que la comparativa europea demuestre que no son las ratios ni las horas lectivas lo que repercute en la calidad de la enseñanza. Eso lo saben muy bien los profesores, que no tendrían inconveniente en trabajar más horas para un mayor número de alumnos, siempre que los mimbres estructurales fueran otros.
En el lado del Gobierno, asusta constatar que, más allá de los recortes a que obliga la crisis, no se vislumbra ningún atisbo de reforma genuina. Dice Eugenio Nasarre: “Los estudios internacionales demuestran que el número de alumnos de un aula, dentro de determinados límites, no es un factor determinante, ni siquiera de los más importantes, para la calidad educativa. La LOGSE hizo de este punto un dogma sin ningún fundamento científico».
Y aunque la experiencia y los datos le dan la razón, lo que calla es mucho más grave que lo que afirma. En un modelo comprehensivo como es la LOGSE, ese aumento significa una acentuación dramática de sus aspectos más oscuros. El señor Nasarre debería darse una vuelta por un Primer Ciclo de la ESO para entender de lo que se habla. Los cuarenta alumnos del antiguo Bachillerato nada tienen que ver con los cuarenta alumnos de un sistema en el que conviven objetores de aula, absentistas a tiempo parcial, ágrafos orgullosos y un puñado de estudiantes comme il faut. Fue precisamente la utópica pretensión de procurar el saber académico a quien no lo demanda lo que originó la ruina del sistema. Como dicho saber requiere voluntad y esfuerzo, la siguiente estrategia consistió en extraer la pulpa sapiencial del conocimiento para mejor convertir la escuela en una infantil repartición de cáscaras doctrinales.
Lo que causa estupor, más allá de las fingidas plañideras, es, como se ha dicho, que el Gobierno carezca de plan. Tantos años de criticar la LOGSE rubalcábica para que ahora nos despachen con un par de obviedades y un silencio diamantino sobre los fundamentos de su política educativa. Aunque los ajustes sean necesarios, lo cierto es que todos parecen dirigidos a preservar el sistema, y no a comenzar su regeneración. La pregunta es: ¿qué tiene previsto el PP para cuando la crisis amaine?
Desde este foro, y como contribución a la emergencia de los tiempos, se han sugerido ideas para reducir el gasto educativo, empezando por la supresión total de subvenciones a las organizaciones sindicales. Como hace PIENSA, y como ocurre, por seguir con las comparaciones, con los sindicatos de la potente Alemania, los representantes de los trabajadores deberían financiarse única y exclusivamente con las cuotas de sus afiliados. Tal vez así podríamos calibrar con mayor justicia la sinceridad de sus lágrimas, la contundencia de sus golpes en el pecho, el auténtico paño de sus camisas rotas
Ya estaba dicho y se confirma: el PP no va a hacer nada para que la enseñanza pública salga del inmenso pozo de vulgaridad en el que está sumida. Parecía claro desde el momento en que el gallego impasible puso a un sociólogo al frente del Ministerio: una cartera semejante precisa de alguien que sepa interpretar las pulsiones del electorado, antes que de un verdadero experto capaz de recabar las opiniones documentadas de sus iguales. Y Wert, que se da todas las trazas de ser un bienqueda empedernido, no quiere perder ni un punto en los sondeos. Así lo demuestran sus presuntas reformas educativas, que no son más que aliños cosméticos con finalidades demoscópicas. Cambios nominales para ocultar un continuismo que no se aparta un ápice de las viejas estructuras logsianas.
Ya pueden hablar y no parar de mérito, esfuerzo y todo el campo semántico de la meritocracia. Serán palabras hipócritas, pues ninguna de las medidas planteadas podrá contribuir a que se conviertan en hechos. Si se quería dar un giro a los santuarios de indigencia intelectual que son los institutos españoles, los cambios habían de ser otros, mucho más drásticos. Cambios que ya hemos sugerido aquí demasiadas veces como para no resultar pesados.
Quizá es que no saben (Wert, desde luego, no sabe) o que no quieren. Lo cierto es que la derecha permanece inédita en lo que respecta a legislación educativa, si exceptuamos la fugacísima LOCE que los socialistas fulminaron sin miramientos. Por cierto que, comparado con los diwertidos cambalaches del Socioministro, aquella ley era un texto radical y subversivo. El caso es que los pepenautas han tenido suficientes años de oposición como para ofrecer a la concurrencia algo más presentable que un lacito nuevo para el mismo, y ya moribundo, perro. Ergo, o son inútiles o son taimados.
En cualquier caso, es posible que todo esto carezca de importancia. El futuro ya no puede ser de esta mastodóntica, partidista e ineficiente escuela pública, acribillada una y otra vez por intereses políticos, querellas pedagógicas y taxones burocráticos. Es hora de buscar nuevos horizontes, alejados de la anacrónica figura del legislador omnisciente. Alejados, en lo posible, de la política. De los políticos.
Las intenciones del PP en lo que respecta a la cosa educativa siguen sin estar muy claras. En este mismo blog ya se reprochó la tibieza de los planteamientos recogidos en su programa electoral, algo nada sorprendente en un partido que tardó ocho años en ofrecer una alternativa al regalito rubalcábico de la LOGSE. En cualquier caso, la reciente subida de impuestos abunda en el viejo lema de que los programas electorales están para no cumplirlos, y, cómo no, en el chascarrillo marxiano de que los principios son intercambiables a voluntad de la concurrencia. Así que toca esperar, pues el gobierno de Rajoy se ha revelado impredecible, por más que el gallego tranquilo se hartase de proclamar justamente lo contrario.
De lo poco que sabemos destaca la propuesta de extender en un año el Bachillerato y la pretensión de seleccionar a los mejores docentes. Medidas tan bienintencionadas como estériles si antes no se revisa la Ley en su conjunto.
1. La ampliación del Bachillerato:
La primera objeción la hacemos no tanto por lo que se anuncia como por lo que se omite. Desde hace más de veinte años, da la sensación de que el foco del problema está en la enseñanza Secundaria, lo cual es sólo una verdad a medias. Los informes negativos en las pruebas PISA, referidos a esta etapa, llenan páginas de periódicos y asoman en las tertulias televisivas, pero rara vez se menciona que la mediocridad de dichos resultados tiene su antecedente lógico en la mediocridad de la etapa Primaria, como lo demuestran las calificaciones obtenidas en las pruebas PIRLS de comprensión lectora. Mediocridad es la palabra justa, puesto que España está cinco puntos por encima de la media en número de alumnos con comprensión lectora baja o muy baja (28 frente a 23) y once puntos por debajo en porcentaje de alumnos con niveles altos (31 frente a 42). Así pues, la ESO no hace más que prolongar una tendencia heredada de la etapa previa.
Un segundo problema es el de la comprensividad. Ya pueden los legisladores estirar el Bachillerato cuanto quieran, que los niveles no subirán hasta que la oferta educativa sea capaz de satisfacer las demandas y necesidades de alumnos necesariamente distintos. El problema no es la brevedad del Bachillerato, sino la prolongación de la Primaria en los institutos. Ese 30 por ciento de alumnos que apenas alcanzan a comprender un texto sencillo (un cuento infantil, pongamos por caso) se enfrenta, a los 12 o 13 años, con programaciones que hablan de los análisis sintácticos, las mitocondrias, las escalas cromáticas o las funciones lineales. La consecuencia lógica es que no se enteran de nada, y que las seis horas de permanencia en el centro es para ellos una tortura china. Tortura que algunos devuelven, golpe por golpe, a sus compañeros y profesores, convirtiendo las clases en una rara contienda entre civilización y barbarie. La justificación dada por los Logsócratas para que esto sea así es que el profesor debe elaborar tantas programaciones como perfiles de alumnos tenga, lo cual es, además de imposible, una completa estafa. Y la prueba es que, después de veinte años, no hay visos de mejoría en un sistema moribundo, más allá de la devaluación de títulos que ha conseguido maquillar algunas estadísticas vergonzantes.
Si el PP quiere cambiar de veras la enseñanza española, lo primero que debe hacer es preguntar a los expertos que han diagnosticado el problema durante todos estos años. Y por expertos nos referimos, claro está, a quienes imparten clase con alumnos de carne y hueso, no a liberados sindicales, psicopedagogos universitarios o divulgadores científicos más o menos virtuosos. Cualquiera de ellos les podrá decir lo que significa dar clase en 1º y 2º de la ESO en una buena parte de los institutos españoles.
2. La selección de profesores:
Los profesores están en el punto de mira. Por más que los políticos inciensen su labor con almibarados elogios, de fondo late la sospecha de que tenemos un cuerpo docente poco preparado y que, para mayor oprobio de la cosa pública, goza de escandalosos privilegios. El problema es definir en qué consiste la preparación deseable. Para unos radica en el conocimiento profundo de las respectivas disciplinas científicas. Para otros, en la inteligencia emocional y el pertrecho tecnológico. Hay incluso un sector que considera prescindible la figura del maestro, puesto que los motores de búsqueda son más rápidos y eficientes procesando la información. Estos últimos, se supone, preferirían contratar ayudas de cámara que supervisasen la insaciable investigación epistemológica de nuestros muchachos.
Lo cierto es que las oposiciones recientes han consentido la funcionarización de individuos que a sus escasos conocimientos probados oponen un expediente henchido de cursos inútiles y cuantiosos años de interinidad. Las razones de que esto ocurra son políticas y nada tienen que ver con la excelencia que se envidia de otras latitudes septentrionales.
“Y es que el profesor empezó a ser prescindible el mismo día en que algunos creyeron que también lo eran los contenidos. Lo importante, decían, son las estrategias curriculares, las competencias básicas, la construcción democrática del conocimiento. Aprender a aprender, sí. Pero, aprender, ¿qué? El desprestigio del profesor corrió parejo al desprestigio del conocimiento. Al menos, de ese conocimiento que servía para tender puentes entre los Institutos de Enseñanza Media y la Universidad, y que hoy está siendo sustituido por un sucedáneo pueril, utilitario e insignificante.”
¿Qué tipo de profesor quiere el sistema? ¿Alguien competente en su materia o alguien que sepa hablar dos horas seguidas sobre Competencias Básicas? Esta es la cuestión.
El ministro Wert ha prometido cambios “ingentes”. Veremos. Lo anunciado nos parece, por ahora, un simple apaño cosmético. Si quiere cambios reales, ahí van tres sugerencias:
– Fin del itinerario único hasta los 16 años. – Implantación de pruebas de acceso al finalizar la etapa Primaria y la Secundaria obligatoria. – Creación de tres itinerarios a partir de los 14 años: Bachillerato, FP y el equivalente de los PCPI actuales.
Pedro y Toni Soria, eventuales comentaristas de este blog me advierten de que el programa de UPyD comentado en una entrada previa no se corresponde con el de este año, sino con el de 2008. Les agradezco la advertencia y entono el mea culpa.
Dicho esto, paso a resumir el programa de 2011, por si hubiera diferencias significativas con el de tres años atrás.
Para empezar, echamos de menos el diagnóstico recogido en el antiguo programa. Quizá se deba a un cambio en el estilo literario, que ahora desdeña la explicación morosa en beneficio de un listado numérico de propuestas.
COINCIDENCIAS
Se sigue exigiendo el «reconocimiento por ley del derecho a la escolarización en la lengua oficial de elección» y la recuperación por parte del Estado de las competencias educativas (p.169). Igual que en el programa anterior, se solicita un Pacto de Estado, bajo la premisa de que los profesores son «los verdaderos expertos en materia educativa.» (p.168). La atribución de autoridad pública al profesorado se sigue reclamando en el punto 182. También el desarrollo de una Ley de Financiación (p. 171) y la competencia leal entre pública y concertada con eliminación de centros-gueto (p.180),
En el nuevo programa, el Bachillerato prometido ya no es «considerablemente más largo», sino sólo «más largo», sin mayor concreción (175).
DESAPARICIONES
Desaparece el punto 7 del anterior programa, referido al laicismo, cosa llamativa en un partido como el que nos ocupa:
7 – Creemos que la educación laica garantiza el respeto a todas las creencias compatibles con la democracia y la tolerancia. En esta línea, apoyamos la asignatura de la Educación para la Ciudadanía (cuyos contenidos deberán ser consensuados dentro del Pacto de Estado por la Educación) y reivindicamos una escuela en cuyo seno no se imparta ninguna religión ni existan signos religiosos. Esta reivindicación es hoy en día, frente al auge de fundamentalismos religiosos, más urgente que nunca. Es ilógico educar en la igualdad entre sexos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los musulmanes que la mujer es inferior. Es absurdo educar en la solidaridad y en lo bueno que es hacerse donante de órganos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los testigos de Jehová que las donaciones de órganos son inmorales. Es disparatado educar en el respeto a la diferencia, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los católicos que la homosexualidad es una tara. En cualquier caso, la educación religiosa que pueda impartirse en centros públicos, de acuerdo con lo que pueda prever el Pacto de Estado por la Educación, se desarrollará fuera del horario escolar y no sería evaluable.
La nueva redacción habría que buscarla en el punto 177:
177 – Reconocimiento del alumno como el sujeto del derecho a la educación, cuya formación integral como ciudadano autónomo debe ser objetivo último del sistema educativo. Currículum que inculque las virtudes democráticas, sea respetuoso con todos los sistemas de creencias compatibles con la democracia y excluya el adoctrinamiento ideológico, identitario o religioso.
Se cae también el punto 8 sobre supervisión de textos escolares con el fin de que se ajusten a los principios de la Constitución y al plan de estudios.
También se elimina cualquier referencia al punto 10:
10 – Eliminación de la promoción automática –paso de curso sin aprobar un número debido de asignaturas- y revalorización normativa del esfuerzo, la disciplina y el respeto mutuo, en tanto que indispensables para la eficacia del sistema educativo y el aprendizaje práctico de valores cívicos. Pasar a un alumno de curso con más de dos asignaturas suspensas es, sencillamente, engañarlo, además de un menosprecio del saber y la disciplina.
La recuperación del cuerpo de Catedráticos se borra, así como la mención a la movilidad laboral entre institutos y universidades. Tampoco se hace referencia a un aspecto muy interesante recogido en el anterior programa, como era que la formación pedagógica de los profesores debía correr a cargo, primordialmente, de las mismas universidades.
NOVEDADES
En el tono políticamente correcto de este nuevo programa, el punto 170 propone un «Impulso de la Dimensión Europea de la Educación«, así, todo muy mayúsculo y perifrástico: «formación en valores, actitudes y competencias ligadas a la ciudadanía europea».
El 174 menciona la Primaria, cosa que no hacía el anterior texto, y que debe «revisarse con profundidad y rigor.» Eso es todo.
El 176 reclama que se reduzcan asignaturas, lo cual que estaría muy bien si se explicitara las que sobran. Luego dice algo curioso: «planificación del aprendizaje basada en el trabajo global del alumno y no solo en las horas lectivas.» Aquí ha debido meter mano algún psicopeda.
El 178 ya dice que las pruebas externas defendidas en el anterior programa «deben basarse en contenidos y competencias mínimos». Da la sensación de que serán pruebas diagnósticas como las que se llevan ahora. Me temo que con UPyD las inútiles competencias básicas también gozan de predicamento.
El 181 habla de «profesionalización de los centros», basada en el cumplimiento de objetivos y la transparencia de resultados. La duda es saber quién va a medir la consecución de tales objetivos. Devuelve asimismo competencias al Claustro y promete reducir sus obligaciones burocráticas con la contratación de personal administrativo.
El 184 habla de dotar a los centros de los apoyos profesionales necesarios para los alumnos con «necesidades educativas especiales».
El 185 entona el estribillo de la «coeducación» y, ojo, el «currículum que favorezca la igualdad de la mujer y el uso de un lenguaje contrario a la discriminación.» Aquí ha metido mano el ingeniero social.
El 187 habla de atender las «necesidades singulares de los inmigrantes», lo que, dicho así, es como no decir nada.
CONCLUSIÓN
Algo ha cambiado en estos tres años. En 2008 parecía que el paradigma logisano se había superado en beneficio de una Escuela exigente, con institutos orientados a la Universidad y una FP modernizada. En 2011 se introducen resabios de la pedagogía anterior, como la comprensividad, las competencias, la promoción automática y los programas de diversificación. En 2008 se abogaba por una formación y una movilidad ligada a las universidades. En 2011 se dice que los procesos de selección deben ser más exigentes, aun cuando la palabra Universidad desparece del horizonte laboral de las enseñanzas medias. En 2008 el tono y el espíritu del texto era el de una izquierda liberal e ilustrada que ponía en primer lugar la igualdad ante la ley. En 2011 se introducen innecesarias discriminaciones positivas: de género y multiculturales.
En suma, el discurso parece pensado para satisfacer a las dos partes del litigio escolar: la de quienes abogan por un cambio profundo y la de quienes ambicionan mantener las estructuras básicas del (ruinoso) edificio. Mal asunto.
Y mucho peor, me temo, si algún día UPyD tiene posibilidades reales de gobernar.
El programa de UPyD es, de los examinados hasta ahora, el que más se acerca a las ideas defendidas en este blog y, creo, a las posiciones de los colectivos profesionales más críticos con el sistema educativo vigente. Como venimos haciendo, pondremos nuestra atención en cuanto concierne a la enseñanza no universitaria.
El apartado de Educación se abre con un diagnóstico certero de los males que afectan a la institución escolar. Se achaca la mayor responsabilidad del fracaso a unas “leyes fallidas” y a la negativa influencia de…
… ciertas teorías pedagógicas que no valoran ni el esfuerzo, ni el aprendizaje, ni la excelencia ni la responsabilidad, y tienden a minusvalorar o ignorar la experiencia práctica de los docentes en beneficio de hipótesis sin suficiente fundamento empírico.
Diáfano.
El redactor del texto establece una conclusión que va más allá de las consabidas cifras de abandono educativo:
Una consecuencia de esta deriva es el empeoramiento del nivel de conocimientos, e incluso habilidades básicas, de un excesivo porcentaje de alumnos de secundaria que acceden a la universidad sin el nivel básico de comprensión de la lectura, interpretación y redacción de textos o conocimientos suficientes de matemáticas y ciencias.
Quien escribe el antedicho párrafo es consciente de que incluso quienes completan el Bachiller son rehenes de una formación precaria, algo que olvidan la mayoría de políticos, obsesionados como están con ajustarse a las estadísticas que prescribe Europa.
El programa denuncia, claro está, el escándalo de la inmersión lingüística y el afán disgregador y localista del entramado autonómico. Asimismo, reclama la recuperación de la disciplina, la autoridad y el esfuerzo, valores que coinciden con los expuestos en el programa popular.
No falta el lamento jeremíaco por la escasa inversión, cuando el auténtico problema no es que se haya invertido poco, sino que se ha invertido mal.
En cuanto a las propuestas, se aboga por un sistema nacional unitario, de acuerdo con un plan de estudios básico que sea común a todos; el derecho a la escolarización en las lenguas maternas oficiales y la aprobación de un Pacto Educativo que garantice la estabilidad de la nueva ley por un período de al menos veinte años.
Asimismo, se reivindica la condición de autoridad legal para los profesores y una competencia leal entre pública y concertada.
Consecuentes con una tradición ilustrada, los responsables de UPyD pretenden una escuela laica, dejando abierta la posibilidad de que la educación religiosa se pueda impartir fuera del horario escolar y no sea evaluable. Sus palabras no se revisten del anticlericalismo trasnochado de Izquierda Unida, ni se dirigen al único y ancestral objetivo de las sotanas:
Esta reivindicación es hoy en día, frente al auge de fundamentalismos religiosos, más urgente que nunca. Es ilógico educar en la igualdad entre sexos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los musulmanes que la mujer es inferior. Es absurdo educar en la solidaridad y en lo bueno que es hacerse donante de órganos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los testigos de Jehová que las donaciones de órganos son inmorales. Es disparatado educar en el respeto a la diferencia, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los católicos que la homosexualidad es una tara. En cualquier caso, la educación religiosa que pueda impartirse en centros públicos, de acuerdo con lo que pueda prever el Pacto de Estado por la Educación, se desarrollará fuera del horario escolar y no sería evaluable.
En cuanto a la enseñanza obligatoria, seguiría extendiéndose hasta los 16 años, en dos itinerarios bien diferenciados:
a) un Bachillerato sólido y riguroso, considerablemente más largo que el actual y empezado a edades más tempranas. Se estudiará la posibleinstauración de dos controles externos, el primero al concluir la educación básicacomún, y el segundo, al acabar el bachillerato.
b) Formación Profesional complementaria para quienes no deseen cursar ese bachillerato o prefieran formarse como técnicos especialistas, que tambiéndará lugar al título de educación secundaria al finalizar los estudios, de modo que haga posible el acceso a la universidad.
“Sólido y riguroso”, como debe ser. Pero, ¿cuántos años “más largo”? Si nos atenemos al adverbio, diríamos que obliga a que sean, al menos, dos. Por lo que estaríamos hablando de un Bachillerato que se iniciaría a los 14 y tendría cuatro años de duración: el modelo pre-LOGSE. Mi pregunta es: ¿tan difícil era concretar este aumento?
Por otro lado, se propone acabar con la promoción automática, así como con la posibilidad de que se pueda pasar de curso con más de dos asignaturas suspensas.
En lo que respecta al profesorado, dos cuestiones básicas:
Deben racionalizarse los criterios de reconocimiento de méritos para acceder a plazas de profesorado, que deben basarse en la excelencia académica. La oposiciónha de ser libre, y todos los aspirantes han de disfrutar de igualdad de condiciones, sin valorar la veteranía laboral o la recepción de cursillos por encima de méritos académicos superiores, como el doctorado, las publicaciones o la participación en actividades culturales de alto nivel. Además, se debe poder acceder al cuerpo de Catedráticos de Instituto directamente, a través de una oposición libre. La formación del profesorado ya en ejercicio ha de ser, en mayor medida de lo que es ahora, competencia de las universidades. Se ha de procurar restablecer el puente que existía anteriormente entre la universidad y los institutos, cuando muchos prestigiosos catedráticos de la primera lo habían sido antes de los segundos.
En resumen, el programa de UPyD se aproxima mucho a lo que entendemos ha de ser el espíritu de una auténtica reforma educativa, pues se concibe el conocimiento, y no las pamemas psicosociológicas, como el eje indispensable sobre el que ha de girar la vida en la Escuela. Aunque con excesiva prudencia, se plantea el objetivo de que los institutos recuperen su función de escala hacia los estudios universitarios. Asimismo, se propone establecer controles externos que verifiquen la excelencia perseguida. Excelencia y calidad que se extiende a los profesores, entendidos ya no como animadores socioculturales sino como depositarios de un saber que debe ser transmitido.
Como objeciones importantes, se me ocurren varias:
– La falta de concreción en algunos aspectos fundamentales, como por ejemplo la duración del nuevo Bachillerato.
– La clamorosa omisión de la Primaria tanto en los diagnósticos como en las propuestas, sin cuya revisión cualquier reforma es, exactamente, un castillo de naipes.
– De esta omisión se sigue que no se contemple la posibilidad de un control externo tras la Primaria.
– La vaguedad de esos “controles externos”. ¿Serían meras pruebas diagnósticas o tendrían carácter vinculante?
– La falta de un “tercer itinerario”, al modo alemán, para aquellos alumnos que no están capacitados ni para la Formación Profesional ni para el Bachillerato.
Concluyendo: el texto es mejorable, pero lo cierto es que la música suena bien. Mucho mejor, al menos, que la del resto de programas analizados. Está escrito en un español inteligible, y no en esa jerigonza crepuscular de predicadores emogenéricos que tanto abunda. Sería interesante comprobar hasta dónde estaría dispuesto a llegar este partido si algún día se hiciera con el poder.
Pero, como decía Abraracurcix, “eso no va a ocurrir mañana”.
El programa educativo de IU es, por decirlo en corto, una especie de LOE Non plus ultra que concibe la Escuela como un centro de asistencia social y una suerte de comuna igualitaria.
En primer lugar, aboga por extender la obligatoriedad formativa hasta los 18 años, lo que exacerbaría el problema de los “objetores escolares”. Reclama, asimismo, un incremento de la inversión, sin admitir que ciertas partidas presupuestarias, por más que se dediquen a la enseñanza, no dejan de ser un gasto innecesario o un simple reclamo populista. Las buenas intenciones llevan a exigir una ratio máxima de 20 alumnos por aula, consagrando el principio logsiano de que si el sistema no ha llegado a funcionar como debiera es por la falta de recursos, económicos y humanos. La filosofía gestora es la del Gratis Total, como si la crisis no existiera y cada euro educativo fuese una semilla de prosperidad indubitable.
La revisión de los “Marcos curriculares” (juro que, al escribir este sintagma, me he hecho sangre en los labios) no pasa tanto por identificar las causas de la irrisoria formación académica de nuestros alumnos como por “incluir la perspectiva de género”:
• Revisión de los Marcos Curriculares incluyendo la perspectiva de género: reconocer la importancia de lostrabajos realizados tradicionalmente por las mujeres.Profundizar en el control de los contenidos de los libros de texto para que no generen actitudes sexistas.Introducir contenidos curriculares de género en losprogramas de formación del profesorado. Potenciarproyectos coeducativos en los centros. Desarrollar programasde formación de padres y madres. Educar en laafectividad y en la sexualidad como elementos imprescindiblespara la convivencia entre hombres y mujeres.
Nada que sorprenda, puesto que en un documento de su página web se habla del feminismo como “eje vertebrador y transversal de nuestra política de transformación” y se afirma que el capitalismo asienta sus bases en un “heteropatriarcado” responsable de las mayores sevicias. Es notable que los defensores de la mujer vacíen el cargador sobre el modelo de sociedad que más ha contribuido a la igualación de derechos y no dejen en la recámara ni un perdigoncillo para los países regidos por la sharia. Parece, pues, que la pretensión de IU no es que se garanticen los derechos sancionados por la Constitución, sino moldear la Escuela a partir de un anticapitalismo de género. La insistencia en este punto es casi desesperada:
Potenciar la educación en igualdad mediante programas de igualdad, que supervisados por el servicio de inspección educativa, oriente en este sentido los materiales curriculares, la organización de los centros y las prácticas del profesorado.
Inclusión de una materia específica sobre igualdad entre hombres y mujeres, como medida de prevención de la violencia de género, en los planes de estudio de formación inicial y permanente del profesorado y de otros profesionales relacionados con la educación (trabajo social, educación social, mediación intercultural, etc.).
Velar por que todos los centros educativos respeten la diversidad afectivo-sexual, promoviendo una educación sexual que supere los contenidos heterosexistas actuales y ofreciendo a todos los profesionales y a las AMPAS programas de prevención de la LGTBfobia.
Un control férreo, como ven. Ya se pueden imaginar: lenguaje no sexista (y, por tanto, libros hipertrofiados con estúpidas redundancias de género), paridad überalles (lo que favorecería la cuota masculina) y talleres psicodramáticos en los que abjurar de los andrógenos y el modelo productivo patriarcal.
Muchos de los puntos inciden en la “atención a la diversidad” y la “compensación educativa”, viejas medidas logsianas que, por su propia índole paternalista (o maternalista, que cualquiera sabe) han contribuido a todo lo contrario de lo que pretendían. No están ausentes otros mantras: multiculturalidad, inclusión, transversalismo, etc.
La Escuela debe llenarse de mediadores, educadores y trabajadores. Todos ellos sociales, claro. Puesto que lo secundario es estudiar, lo primario consiste en tener a la tribu controlada y predispuesta para la doctrina. Mucha tutoría, mucha orientación, mucha Escuela de Padres.
Como única medida estructural, y no cosmético-ideológica, IU propone acabar con la repetición de curso. Como dijo el Capitán del Titanic: ¡Adelante, adelante!
En todos los programas se detectan deliciosas contradicciones, pero el de IU se lleva la palma:
El uso y abuso de los conciertos educativos, cuyas prácticas selectivas del alumnado se han tolerado, cuando no fomentado, han dado lugar a dos redes de centros educativos financiados con dinero público con un alumnado claramente diferenciado. Una, la formada por los centros de titularidad pública, abocados a convertirse en una red asistencial dirigida a los sectores más desfavorecidos, y otra, los centros privados concertados cuyo peso es cada vez mayor.
Aun llevando razón en la nada liberal competencia de los conciertos educativos, los redactores no parecen advertir que el modelo propuesto por su partido para esa red única de centros públicos está diseñado exactamente como una “red asistencial”, donde el conocimiento juega un papel tan ridículo que apenas se menciona.
Igualmente resulta entrañable su compromiso por una “educación laica libre de adoctrinamiento”, aunque sólo sea porque en realidad ambicionan revocar los dogmas eclesiásticos para imponer su propia ortodoxia igualitarista, transgenérica y mercadofóbica: nuevos ídolos en altares añejos.
Como no podía ser de otro modo, el cuerpo de profesorado también ha de ser único, sin distingos de clase y con una fuerte base pedagógica que, suponemos, comparta la naturaleza pétrea e inmarcesible de un esplendente axioma. Como caramelos apetecibles para el votante docente se vindica una jubilación a los 60 años, 15 horas de docencia semanal y estabilidad “universal” de los interinos.
Asimismo, se refuerza el papel de los sindicatos, se habla de directores “motivadores y comunicativos”, se exige adoptar medidas para el acceso de las mujeres a los puestos directivos (¡!), como si lo tuvieran vedado en razón del algún impenetrable designio. Más poder para los Consejos Escolares:
Impulsar la participación de la comunidad escolaren planificación educativa, potenciando el asociacionismoy el papel de los Consejos Escolares decentro, municipales, de distrito, de las Comunidadesy del Estado.
Y del Cosmos, ¿por qué no? Extiéndase a Hospitales, Tribunales de Justicia y Ministerios, ya que los profesionales que el Estado contrata y paga son unos inútiles de tomo y lomo.
Para rematar, además del becerro dorado 3.0 (y yo, que casi no me he enterado del 2.0…) se insiste en la importancia de la autoevaluación de los centros, aunque uno estaría tentado de pensar que el examinado será bastante generoso consigo mismo. Pruebas de diagnóstico, Competencias Básicas y, en fin, taza y media de lo que ya tenemos y que tantas alegrías nos ha proporcionado.
El programa educativo del PSOE, como cabía esperar, es la reafirmación orgullosa de un sistema malogrado. Apenas hay aportaciones nuevas, y, desde luego, ninguna que pudiera contribuir a una mejora efectiva. Si el programa del PP exprime el campo semántico de la meritocracia, los socialistas se refocilan en el igualitarismo y la socialización.
El primer compromiso pasa por invertir más dinero, lo cual sirve para alimentar la leyenda urbana de que la LOGSE es un maravilloso paradigma que si fracasa es sólo por falta de recursos económicos. Que el PSOE no piensa tanto en términos académicos como socializantes lo demuestra el hecho de que una de las prioridades señaladas en primer lugar sea la coeducación. El redactor del texto lo expresa de un modo singular:
El sexismo y los comportamientos violentos se aprenden desde la infancia por lo que la población diana para trabajar en igualdad debe ser la infancia y las instituciones socializadoras por excelencia: la escuela y las familias. La formación y sensibilización de estos agentes es clave para que la infancia crezca en valores de tolerancia, igualdad y respeto. Para lograrlo es necesario garantizar que no exista separación entre niños y niñas en todos los centros financiados fondos públicos.
Esto de la población diana no es la mejor metáfora posible, pero sí muy ilustrativa del sostenella y no enmendalla socialista. Más risible es establecer una relación causa-efecto entre la educación diferenciada y la violencia sexista, lo que deja ver que la voluntad del socioingeniero no es tanto prevenir ciertas actitudes como imponer su particular visión del mundo.
Como en el programa popular, los socialistas dan una gran importancia a la selección y formación del profesorado. Se incluye la rubalcabiana idea del MIRdocente, que, sobre el papel, se parece mucho a los actuales períodos de prácticas. De estas intenciones se colige que lo esencial no es tanto la formación científica como la pedagógica, lo que concuerda con el catecismo logsiano de que lo importante no son los contenidos sino los procedimientos. Por otro lado, los sistemas de evaluación fomentarán la deliciosa paradoja de que los “mejores” maestros serán recompensados con su alejamiento del aula:
El sistema de evaluación permitirá identificar a los mejores docentes, los cuales serán incentivados para ingresar en el grupo de profesores de apoyo, desde el que realizarán tareas de orientación y asesoramiento en los centros con mayor índice de fracaso escolar, además de coordinar el funcionamiento de las aulas de refuerzo en dichos centros y participar en el diseño e impartición de los programas de formación permanente del profesorado.
Pese a que continuamente se nos repite la matraca de que la evaluación del alumno no ha de ser resultadista, el PSOE modifica ese criterio cuando se trata de valorar la actuación de los centros:
Con ese fin estableceremos, en el marco de convenios con las respectivas Comunidades Autónomas, contratos-programa con los centros que fijen objetivos específicos para mejorar el rendimiento, tanto en las tasas de éxito escolar como en las de continuidad en estudios postobligatorios. Los contratos-programa deberán explicitar los compromisos de los centros para mejorar sus resultados y los recursos que deben aportar las administraciones. Impulsaremos la autonomía real de los centros para que puedan alcanzar los objetivos de mejora específicos previstos en los contratos-programa e implicaremos a las Comunidades Autónomas en su desarrollo a través de los oportunos convenios.
Aquí sí se tasa, vaya que sí. Y el modo que ha tenido el PSOE de favorecer estos resultados y maquillar las penosas estadísticas de fracaso escolar ha sido rebajando los niveles de exigencia y premiando económicamente un mayor índice de aprobados sin pasar por la criba de los controles externos. No parece que este modus operandi vaya a sufrir cambio alguno.
El entramado LOGSE se mantiene tal cual, con los mismos lastres de los últimos veinte años: promociones automáticas, comprensividad, competencias básicas, y bachillerato mínimo. Bachillerato que, según se dice, será “flexible”; esto es, el alumno podrá matricularse de asignaturas, “completándolo en el número de años que requiera, según sus posibilidades.”
Otras apuestas son el bilingüismo, las becas-salario, la participación de las familias, la inculcación de hábitos saludables, los recursos comunitarios y la mediación cultural; siendo así que la Escuela queda dibujada como un gran centro de asistencia social.
No falta la mención a la Escuela 2.0, que, se dice, nos ayudará a cambiar nuestro modelo productivo. Lo que no aclara es si lo harán las máquinas por sí solas o se precisará de algún homínido que las maneje.
En resumen: Nada nuevo bajo el Sol. El PSOE se muestra satisfecho de sus éxitos, lo cual que estaría bien si no fuera porque tales logros consisten en haber aniquilado la formación de varias generaciones, pasadas y futuras.
Iniciamos una serie de entradas en las que trataremos de desmenuzar los programas electorales de los partidos con más opción de voto, empezando por el que, con bastante probabilidad, saldrá vencedor en el escrutinio.
Ya podemos afirmar, pese a toda la prosopopeya de sus grandes palabras, que el PP no va a cambiar nada sustancial en materia educativa. No, al menos, si tomamos como referencia su programa electoral. Por ceñirnos a la enseñanza obligatoria, las medidas de los populares oscilan entre la retórica (en ocasiones, indistinguible de la de sus adversarios políticos) y la tibieza gatopardiana: que todo cambie para que todo siga igual. El modelo actual no sufrirá, en principio, más cambios significativos que el de un Bachillerato ampliado en un año. Año que, para colmo, se califica como “de iniciación”. O sea: 4º de la ESO.
Aparte de ESO, todo el edificio se mantiene casi intacto, con la cosmética populista y bienintencionada que también es cara a los socialistas: formación del profesorado, incentivos, autonomía organizativa, bilingüismo y TIC. Conceptos que, sin ser negativos per se, constituyen un brindis al sol mientras no se modifiquen las estructuras académicas y los discursos pedagógicamente correctos.
En el programa pepero también hay atención a la diversidad, competencias (acaso básicas) y directores plenipotenciarios. Pero lo más grave es lo que falta. En ningún momento se anuncian medidas para remediar el fracaso, no constatable en las estadísticas, de la enseñanza primaria. Los asesores áulicos no parecen haber advertido el gran agujero que los informes PIRLS detectan con crudelísima precisión. Se habla de una mayor “flexibilidad” en secundaria, pero de una forma vaga y etérea que no presagia nada bueno. Las menciones a la “diversidad” y a las “competencias” nos hacen pensar que el modelo comprensivo, completamente fracasado, seguirá campando por sus respetos en la muy baqueteada institución escolar.
De modo que los institutos seguirán siendo cualquier cosa menos lo que nunca debieron dejar de ser: centros de estudio como preparación para la etapa universitaria. En ESO se queda la “excelencia” pregonada por los populares.
Hay, sí, mucho rollito bilingüe y neotecnológico, pero ESO también lo tenemos ahora y no ha cambiado un ápice la miseria intelectual que prevalece en los institutos. Reconocimientos inflamados de la autoridad profesoral, pero también la cantinela de que tales entes de prestigio deben “actualizarse” para hacer frente a las “nuevas realidades”.
Miedo me da.
Introducción
Ideas-fuerza: Excelencia, mérito, exigencia, competencia, calidad, esfuerzo, autoridad. Palabras que la LOGSE/LOE ha desterrado o, simplemente, contribuido a su conversión en flatus vocis, significantes vacíos.
Buenas intenciones: libertad de elección, oferta educativa plural, desideologización de la escuela pública, libertad lingüística, potenciación de la FP, transparencia y rendición de cuentas.
Frases que aconsejan prudencia:
El elemento central para garantizar un sistema educativo de calidad es el profesorado, cuyo prestigio y autoridad se han visto socavados en el modelo actual. Además, la adecuación a las nuevas realidades obliga a mejorar su selección y proceso formativo con un modo de acceso a la carrera docente que subraye su carácter de cuerpo nacional.
No porque no sea cierto, sino porque incide en una idea muy cara a sus antagonistas – que los profesores no están a la altura de lo que se espera de ellos – al tiempo que incurre en una contradicción. Si es el modelo vigente lo que ha socavado su prestigio, habrá que empezar por cambiarlo y comprobar si, con semejante muda, el personal contratado se aviene mejor con las «nuevas realidades».
Falta un modelo educativo que mejore la adquisición de conocimientos y competenciasde los alumnos
Me da en la nariz que los populares van a prolongar el camelo de las famosas Competencias Básicas, pura jerga vacía de todo contenido y de inconfundible aroma logsiano.
Sistema educativo
Además, la autoridad del profesorado no es respetada y su modelo de selección y formación debe ser actualizado.
Esta parece ser una de las mayores prioridades, objetivo en el que coinciden con el PSOE. Pese a ser uno de los cuerpos de funcionarios que más horas dedica a la formación, los profes deben actualizarse más que un Anti-Virus. Mucho nos tememos que la cohorte pedagógica que vegeta en los CEPS a expensas del contribuyente va a seguir dispensando recetas didácticas a quienes pisamos el aula cada día. Veremos.
Incrementaremos las competencias de los equipos directivos favoreciendo la profesionalización de la dirección y gestión de los centros, de manera que puedan abordar con mayores capacidades los retos que supone una mayor autonomía organizativa. Apoyaremos especialmente a los centros que escolarizan alumnado en situación de desventaja social, promoviendo iniciativas específicas dirigidas a reforzar el nivel académico y cultural de estos alumnos. Impulsaremos la mejora de la atención educativa a la diversidad para alumnos con necesidades de apoyo educativo.
Más tufillo comprensivo y loesiano. Ese incremento de competencias directivas y de autonomía gestora nos ha traído el ROC en Andalucía: un disparate no tan caprichoso como para ocultar su objetivo de dinamitar de una vez por todas las enseñanzas medias. La famosa autonomía, como se explica en otras entradas, no ha sido más que una excusa para aumentar el trajín burocrático y favorecer un control más férreo de las voces disidentes. Cuidado.
Medidas
La educación obligatoria se mantiene hasta los 16 años. Eso sí, con una organización «más flexible» de la secundaria. Por desgracia, tal flexibilidad no alcanza para implantar un Bachillerato más serio que la broma en curso. Tres años, uno de ellos de «iniciación». Otra oportunidad perdida para devolver a los institutos la función que nunca se les debió arrebatar: la de ser una preparación rigurosa de los estudios universitarios. Y, por cierto, ¿qué demonios significa «iniciación»?
Pretensiones de bilingüismo masivo, cómo no, en un país donde, como se sabe, todo el mundo habla inglés por los codos.
Selección del profesorado en razón de los expedientes académicos, el mérito y la capacidad. Dicho así, no suena mal. Asimismo, reconocimiento del docente como autoridad pública e introducción de incentivos. Si se van a meter en este fregado, que conserven en su memoria el Programa de Calidad andaluz, más conocido como Orden del Soborno. Sin evaluaciones externas, tales incentivos se convierten en soldadas a cambio de aprobados, y la mejora en puro humo.
Establecimiento de una carrera docente. Bien.
Pruebas externas públicas, aunque no vinculantes. Divulgación de los resultados por centro. Más incentivos.
Creación de centros especializados en un ámbito: lingüístico, artístico, científico, etc.
Sustitución de Educación para la Ciudadanía por otra asignatura que enseñe los valores constitucionales.
En el artículo anterior se definía el concepto de competencia básica y se llegaba a una serie de conclusiones provisionales que pasamos a desarrollar:
A) Las CCBB como tautología:
1. La delimitación de dichas competencias acarrea en su seno un imposible lógico o, cuanto menos, una tautología. Tal contradicción o redundancia se produce al afirmar que la competencia adquirida debe ser valiosa, simultáneamente, para cada individuo en particular y para la sociedad en su conjunto, siendo así que contribuya a responder a “demandas complejas” para alcanzar resultados “de alto valor personal o social en la mayor variedad de contextos posibles”. Inevitablemente, la complejidad de los problemas que puedan resolverse es inversamente proporcional al número de individuos capacitados para su resolución. Desde un punto de vista epistemológico, lo que todos, sin excepción alguna, pueden conocer deja de ser complejo desde el momento en que los vínculos de los elementos interconectados no crean una información adicional desconocida previamente por el sujeto. Aquí interpretamos la “complejidad” no en función del número de elementos que intervienen en un sistema, sino de las posibilidades de encontrar un sentido en sus relaciones. Al hablar de “complejidad” debe tenerse en cuenta la relación entre el observador y lo observado: lo que es complejo para un lego en informática puede no serlo para un programador de software.
2. De acuerdo con este planteamiento, las CCBB pueden ser condición necesaria para la satisfacción de “demandas complejas”, pero, desde luego, no suficiente. Más bien, deben entenderse como un sustrato común que faculta para el desempeño de tareas simples o cuyo carácter “complejo” ha sido resuelto con anterioridad. Estaríamos hablando, pues, de un nivel mínimo, o elemental, de competencia en sentido estricto.
3. Así entendidas, las CCBB tienen que ver más con la alfabetización (lingüística, matemática, digital, social) que con un proyecto alternativo capaz de orientar, limitar o sustituir los contenidos y objetivos de una enseñanza media.
B) Las CCBB como reduccionismo:
1. La oposición que suele establecerse entre competencia y saber es falaz y parte de un reduccionismo interesado, como es considerar que el desarrollo de dichas competencias puede darse al margen de un campo específico del conocimiento. No existen por separado un “saber” y un “saber hacer”, como afirman algunos pedagogos, sino un único “saber genuino” que es mezcla de “información” y “discernimiento”. Esta concepción del aprendizaje no distingue entre contenidos y procesos, porque unos no pueden darse sin la exacta comprensión de los otros. Dicho de otro modo: nadie puede procesar unos datos que no ha comprendido, de la misma forma que no existen procesos que se desarrollen sin el soporte de una información previa. Si una cosa no es sin la otra, carece asimismo de sentido que ambas se evalúen de forma independiente.
2. Por tanto, lo único que diferencia a las CCBB de los programas de estudios en que están insertas es su vocación ecuménica de preparar para los problemas de la vida diaria, sin poder aspirar a las abstracciones y conceptualizaciones de los saberes especializados. Interpretar recibos de la luz, saber cómo cepillarse correctamente los dientes o cuáles son las condiciones para donar sangre son el tipo de problemas que se pretenden resolver con la inclusión de las CCBB en el currículo. Lo significativo del caso es que no se suponga esta capacidad a quienes participan de un proceso de enseñanza y aprendizaje basado en las asignaturas tradicionales.
3. Pues esta es la última falacia oculta en el entramado de las CCBB, aquella por la cual la transmisión de saberes específicos no acarrea, a priori, ningún elemento de competencia. Tal convicción parte de una concepción prejuiciosa de la enseñanza académica, a la que se sigue motejando de exclusivamente mecánica y memorística. Semejante caricatura toma la parte de unas prácticas erróneas por el todo de un modelo que, para ser “genuino”, debe incluir, insistimos, “información y discernimiento”. Nada impide que en el desarrollo de un plan de estudios tradicional intervengan, o puedan intervenir, tantos factores competenciales como nos sea dado imaginar.
C) Las CCBB y los planes de estudio:
1. Vimos cómo el espíritu del Informe Delors apuntaba a una flexibilización en la oferta de itinerarios, adaptados precisamente a la diversidad de talentos e intereses. Sin embargo, en España se ha optado por su integración en un sistema comprensivo que no funciona, creando una especie de currículo paralelo incompatible con la estructuración tradicional por campos de conocimiento. Vimos también que existe una intención de supeditar dichos campos al propósito reduccionista de las CCBB, lo que, en el nuevo diseño de los planes de estudio, se emparenta con el aglutinamiento de las especialidades en grandes áreas de inspiración generalista.
2. Puesto que las CCBB tienden a contemplar sólo el aspecto procedimental del conocimiento, su inclusión en los criterios evaluadores es tan redundante como el alcance de sus objetivos, y, en ningún caso, pueden prevalecer sobre el diagnóstico del experto en cada una de las especialidades. Su función sólo puede reflejarse de dos maneras: o bien se constituyen como un referente de mínimos que hundiría aún más los precarios niveles de la enseñanza media, o bien acaban reducidas a un apéndice irrelevante completamente subsidiario de los resultados obtenidos por el alumno en cada una de las asignaturas.
3. La asociación implícita entre CCBB y saberes imprescindibles (o mínimos) puede constituirse en una peligrosa herramienta institucional para incrementar las tasas de promoción y titulación con fines exclusivamente políticos. Dicho incremento no sería el fruto de una mejora en el grado de conocimientos adquiridos, sino de una rebaja en los niveles de exigencia. Un peldaño más en esta caída lo constituyen los fraudulentos programas de Calidad que, sin la garantía de un control externo, aseguran incentivos económicos a los profesores y escuelas que más aprueben. La apuesta no se hace aquí por el saber, sino por el trámite legal de las graduaciones a mayor gloria de las estadísticas y de los estadistas.
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