El nuevo ROC andaluz: 3. Institutos de Primaria o el fin de las asignaturas.

Un aviso para el lector profano: La jerga burocrática ha alcanzado tales simas (sí, con «ese») de sutileza que no resulta difícil extraviarse en el laberinto nominalista como un Teseo que hubiera perdido el hilo. Ahí va una guía para náufragos, elaborada a partir del Artículo 80:

1. Órgano de Coordinación Docente (desde ahora, OCODO): Término que designa, de forma genérica, a cualquier grupo de profesores encargado de cualesquiera aspectos relacionados con la vida académica del centro. Hay seis OCODO:

a) Equipos Docentes (ED): Formados por todos los profesores que dan clase a un mismo grupo de alumnos.

b) Áreas de competencias (ACOM): Nueva especie de comuna profesoral. Por su importancia, le dedicaremos capítulo aparte.

c) Departamento de orientación y atención a la diversidad (DOADI): el habitual gabinete psicopedagógico.

d) Departamento de formación, evaluación e innovación educativa (DEFORME): De nueva creación. Encargado de mantenernos al día de lo que es una buena «práctica docente». Especialmente pensado para supervisar el trabajo de aquellos profesores con reaccionarias inclinaciones al uso de metodologías tradicionales, sean o no efectivas.

e) Equipo técnico de coordinación pedagógica (ETCP): Hasta hoy, formado por el equipo directivo y los jefes de departamento. Con el nuevo ROC, lo integrarán, además del equipo directivo, los jefes de AC, el jefe de DOADI y el jefe de DEFORME.

f) Tutoría.

Hasta aquí los OCODO reconocidos en el nuevo ROC. Quizá se pregunten qué se fizo de los viejos «seminarios», aquéllos que reunían a los profesores especialistas en cada asignatura. Bien. En principio, no hay tales. Su existencia depende de la voluntad del director, que, como sabemos, es tan plenipotenciario que goza de la potestad divina de crearlos:

Artículo 80.2 Asimismo, podrán existir departamentos de coordinación didáctica y, en su caso, de actividades complementarias y extraescolares, hasta un total de 11 en el supuesto de que el instituto imparta la educación secundaria obligatoria o de 15, si también imparte enseñanzas de bachillerato.

No confundir OCDO con DCDI, ni «docente» con «didáctico». Podríamos concluir que el redactor del ROC relaciona lo «docente» con el acto genérico de «enseñar», mientras que lo «didáctico» queda reservado a los métodos específicos de cada materia. Así entendido, queda claro que los saberes concretos (las asignaturas) pasan, ya no a un segundo plano, sino al sótano de los artefactos prescindibles. Sólo se recuperarán si el director lo considera oportuno. Lo mismo ocurre con los departamentos de Formación Profesional.

Esto significa «primarizar» la Enseñanza Media, convertir a los profesores en maestros generalistas, minimizar la importancia de los contenidos. Supone reincidir en el viejo error logsiano de que lo importante es el «cómo», pero no el «qué». Así lo demuestra que exista un OCODO DEFORME, relacionado con las «buena prácticas docentes», pero no los departamentos de Lengua, Inglés, Matemáticas, Historia, etc.

El artículo 80.4 aún va más allá en la apuesta del ROC por la confusión y la subversión de valores. Se nos dice aquí que el director podrá crear otros OCODO, además de los DCDI que tenga a bien despertar a la vida. No especifica más. Lo que nos sugiere este escenario posible:

El Director-Dios (interior día): «Voy a crear cinco DCDI: Lengua, Matemáticas, Física, Historia e Inglés, pues con esto cubro el cupo de las asignaturas «fuertes». Adiós a disciplinas inútiles o veleidosas como la Música, el Dibujo o el Latín. La Informática…, bueno, los alumnos ya saben lo preciso. Educación Física no es importante: de hecho, no sabría en que ACOM incluirla. Muy bien. Todavía me quedan diez OCODO por crear. Veamos… ¿Qué tal uno de Medio Ambiente y Cambio Climático (MACC)? Sería visto con buenos ojos por mis jefes. Hecho. Habría que implementar uno más de Multiculturalismo e Integración Racial (MIR). Sin olvidar el de Igualdad de Género y Desprestigio del Macho (IGEDEMA). ¿Qué más? ¡Ah, claro! El OCODO de Participación Democrática en las Instituciones Públicas (PADEIPU), el de Salud Sexual (SASEX) y el de Transversaliza Que Algo Queda (TRAQUEQUE). ¿Cuántos llevo?…»

¿Qué ocurre, pues, con las asignaturas? ¿Ya no se impartirán en los centros? No exactamente. Para entender lo que pasa, es preciso volver sobre nuestros pasos, hasta el artículo 46:

Artículo 46. Las programaciones didácticas.

1. Las programaciones didácticas son instrumentos específicos de planificación, desarrollo y evaluación de cada materia, módulo o, en su caso, ámbito del currículo establecido por la normativa vigente. Se atendrán a los criterios generales recogidos en el proyecto educativo y tendrán en cuenta las necesidades y características del alumnado. Serán elaboradas por los departamentos de coordinación didáctica, de acuerdo con las directrices de las áreas de competencias, y su aprobación corresponderá al Claustro del profesorado.

Recordemos que, según el Artículo 80, los DCDI no existen salvo intervención del Pantocrátor directivo. De modo que imaginamos que este artículo sólo es de aplicación si previamente se ha garantizado la existencia de los departamentos. En lenguaje inteligible, lo señalado en negrita quiere decir que los contenidos de cada asignatura deberán ajustarse a los criterios establecidos por unas entidades de nuevo cuño llamadas «áreas de competencias» (ACOM), nombre de sabroso regusto kafkiano. De modo que los departamentos didácticos, formados por los profesores especialistas en cada una de las materias, ya no tendrán la última palabra en lo que respecta a qué deben aprender sus alumnos.

Toca saber, pues, qué cosa sea una ACOM:

Artículo 82. Áreas de competencias.

1. Con objeto de integrar los contenidos de las diferentes materias, a fin de ofrecer una visión multidisciplinar de los mismos, y de favorecer el establecimiento de las condiciones que permitan al alumnado alcanzar las competencias básicas y al profesorado desarrollar su trabajo en equipo, los departamentos de coordinación didáctica, a que se refiere el artículo 90, se agruparán en las siguientes áreas de competencias:

a) Área social-lingüística

b) Área científico-tecnológica

c) Área artística

d) Área de formación profesional.

2. El proyecto educativo establecerá las funciones de estas áreas de competencias.

Usted, lector, estará tan perdido como yo. Ahora colegimos que los DCDI no desaparecen, sino que se fusionan. Sólo aquéllos que sean rescatados por la mano del director podrán separarse del magma inicial. Más que de desaparición estaríamos hablando de disolución. Y ya sabemos las connotaciones implícitas en todo cuanto se «diluye». Las ACOM buscan la visión multidisciplinar antes incluso de que cada disciplina tenga existencia autónoma. Uno pensaría que para alcanzar una perspectiva panorámica debería poder identificar cada uno de los aspectos integrados en el paisaje. Pues no. De lo que se trata es de aparentar una falsa enseñanza en red, muy «modelna» aunque sea más vieja que la quina: aún recuerdo los comentarios de texto literarios cuyo primer punto obligaban a situar la obra y el autor en un contexto histórico-artístico. Como algo así se antoja demasiado ambicioso para unos alumnos con escasa formación básica (dificultades en la lectura y comprensión de textos sancionada internacionalmente en el Informe PIRLS) el objetivo, incluso para bachillerato, es «alcanzar las competencias (también) básicas». Es decir, garantizar una enseñanza de mínimos de modo que la mediocridad quede instituida como signo de excelencia educativa. Así nos las gastamos:

a) Área social-lingüística, cuyo principal cometido competencial será el de procurar la adquisición por el alumnado de la competencia en comunicación lingüística, referida a la utilización del lenguaje como instrumento de comunicación oral y escrita, tanto en lengua española como en lengua extranjera, y de la competencia social y ciudadana, entendida como aquélla que permite vivir en sociedad, comprender la realidad social del mundo en que vive y ejercer la ciudadanía democrática. (pág. 71)

Reparen en los objetivos: leer y escribir, vivir en sociedad, comprender la realidad del mundo en que vive. En este área estarían incluidas bagatelas tales como la Historia, la Filosofía y la Literatura. La primera parece prescindible, por cuanto su cometido es entender el pasado de modo que su estudio ilumine la comprensión del presente. La segunda es incluso más irrelevante, excepto, quizá, en aquellos aspectos que tengan que ver con la Ética (deducimos, por otra parte, que Platón no es un buen ejemplo para aprender ciudadanía democrática, aunque sí para ilustrar el poder de un estado que obliga a aprender su visión de la ciudadanía democrática). La Literatura es, directamente, un lujo, pues lo que se espera de la enseñanza de la Lengua es que nos sirva como herramienta de comunicación elemental.

b) Área cientifíco-tecnológica, cuyo principal cometido competencial será el de procurar la adquisición por el alumnado de la competencia de razonamiento matemático, entendida como la habilidad para utilizar números y operaciones básicas, los símbolos y las formas de expresión del razonamiento matemático para producir e interpretar informaciones y resolver problemas relacionados con la vida diaria y el mundo laboral, de la competencia en el conocimiento y la interacción con el mundo físico y natural, que recogerá la habilidad para la comprensión de los sucesos, la predicción de las consecuencias y la actividad sobre el estado de salud de las personas y la sostenibilidad medioambiental, y de la competencia digital y tratamiento de la información, entendida como la habilidad para buscar, obtener, procesar y comunicar la información y transformarla en conocimiento, incluyendo la utilización de las tecnologías de la información como un elemento esencial para informarse y comunicarse.

O sea: Sumar, restar, dividir y multiplicar (Matemáticas). Meteorología y salud (Física y Química). Google (Informática). Muy importante: Recuerden que éste no es un ROC de Primaria, y que estas competencias se extienden hasta el bachillerato.

c) Área artística, cuyo principal cometido competencial será el de procurar la adquisición por el alumnado de la competencia cultural y artística, que supone apreciar, comprender y valorar críticamente diferentes manifestaciones culturales y artísticas, utilizarlas como fuentes de disfrute y enriquecimiento personal y considerarlas como parte del patrimonio cultural de los pueblos.

Cúanta ignorancia. Valorar críticamente una manifestación artística  no es una competencia básica. Para atreverse a tal cosa se necesitan muchísimos conocimientos previos. Deduzco que el grado de crítica al que se refiere el ROC no va más allá del «Me gusta/No me gusta» con el que nuestros alumnos despachan desde un Bach hasta un Rembrandt. Lo del patrimonio cultural de los pueblos huele a tufillo provinciano, como lo es el hecho de que la Junta andaluza se arrogue la competencia y regulación sobre el flamenco.

Hay que recordar, una vez más, que las ACOM son OCODOS con todas las de la Ley, por lo que se abre la posibilidad de que sus objetivos tengan un carácter prioritario sobre las programaciones de los potenciales DCDI, que carecen de existencia real. Se trata, pues, de vulgarizar el conocimiento, de «infantilizar» la enseñanza de las especialidades, de facilitar la titulación aunque para ello haya que rebajar los contenidos a niveles de Primaria. Algo así sólo puede obedecer a dos causas: una ideología pedagógica que ya nos ha conducido al desastre y/o al interés político. Andalucía está a la cabeza en abandono escolar, lo que puede significar descrédito y pérdida de votos. Necesitamos maquillar las estadísticas, pero no estamos dispuestos a cambiar un ápice los presupuestos educativos que han promovido el fracaso. Ergo, debemos hacer de los Institutos una prolongación de los centros de Primaria, de tal modo que sus objetivos sean coincidentes.

¿Está claro?

(Continuará…)

El nuevo ROC andaluz: 2. Autonomía y Determinismo

En la anterior entrada dedicada al borrador de Decreto del ROC andaluz quedaban claras las muchas competencias, no precisamente básicas, que adornarán la figura de los Neodirectores. Todo ello pese a que, en la página 1, se nos participa que las novedades de este documento se introducen con el fin de profundizar en los conceptos de «participación de la comunidad educativa». Un modo peculiar de favorecer ésta es, a lo que se ve, dotar al director de plenos poderes.

Asimismo, se insiste en la idea de que el ROC impulsará la «autonomía pedagógica, organizativa y de gestión de los centros» (íbid.). Habría que objetar que el verdadero ser autónomo es el director, y que hablar aquí de «los centros» es tomar el todo por la parte. Todo esto se hace con el noble fin de alcanzar la «excelencia». Pero, ojo, tal excelencia debe ir unida a dos leitmotiven muy queridos por las políticas educativas del Siglo XXI: la adaptación al contexto (página 2) y la equidad (íbid.)

Como ya denunciamos en otros artículos, resulta paradójico hablar de «autonomía» cuando ésta se ve limitada por el fatal determinismo del entorno:

«Según este principio, el entorno ha de condicionar el plan de estudios de las escuelas.  Esto quiere decir que, en un contexto de escasos estímulos intelectuales, la oferta educativa debe “adaptarse al medio” y rebajar el rigor de sus contenidos. Por supuesto, también significa lo contrario: si al lado de su casa hay pistas de tenis y un club de polo, el instituto asignado a sus hijos deberá presentar un pleno de aprobados en Selectividad. Qué menos.» (De Adaptación al medio, Octubre de 2009)

Los principios de una enseñanza común para todos, que fueron en tiempos estandarte progresista, ya no están de moda. Como Groucho, las administraciones educativas tienen otros. Y consisten éstos en un espejismo de libre albedrío, de optatividad ilimitada que, en realidad, sólo aspira a disimular el fracaso de todo un sistema:

«Este es el resultado de confundir Sociología con Enseñanza. De menospreciar al individuo y exarcebar la nebulosa identidad de la masa. El verbo “adaptar”, que aquí se conjuga con un tono entre paternalista y resignado, es el eufemismo predilecto para encubrir la derrota de un programa, ya no educativo, sino social. “Adaptar” es lo que uno hace cuando la premisa mayor (enseñanza obligatoria y común para todos) se ha revelado un espléndido fracaso. Pero adivinen qué institutos tendrán que plegarse a las condiciones impuestas por la misma sociedad a la que es su misión instruir. Sí, en efecto: precisamente aquéllos donde sería más necesario que la tarea de enseñar se mantuviera fiel a sí misma.» (de Adaptación al medio).

Lo más curioso es que un centro que se «adapte» a las peculiares características de su contexto social debe recoger en su proyecto educativo aquellos valores que, «desde un punto de vista cultural, hacen del centro un elemento dinamizador de la zona donde está ubicado«. Es difícil precisar cómo se puede hacer algo semejante si previamente uno se ha mimetizado con el entorno. Asimismo, exigir tal responsabilidad a una escuela es no haber entendido cuál es la función de ésta. Recordemos las palabras de Oakeshott:

«¿Qué características habrían de tener estos espacios? En primer lugar, el reconocimiento de quienes están allí como sujetos de aprendizaje; un aprendizaje que debe ser el compromiso declarado de aprender algo en particular. No sólo se aprende con afán utilitarista, sino que el aprendizaje es en sí el compromiso, y tiene sus propios criterios de logros y excelencia. Con tal fin, la Escuela debe aislarse del “hic et nunc”, de “las contingencias de la vida en curso».  Tal aislamiento favorece que el sujeto se libere de las limitaciones de las circunstancias que lo rodean. La Escuela, pues, como “espacio protegido”. (de La voz liberal de Michael Oakeshott)».

«Dinamizar una zona» no es competencia de los colegios, sino de los ciudadanos y las instituciones políticas capaces de favorecer tal circunstancia. Difícil tarea es formar ciudadanos autónomos como para pretender que los profesores se conviertan en concejales de cultura.

Esta rebaja de exigencias, que oficiosamente ya se lleva a cabo en la mayoría de centros, queda recogida hasta en los pormenores de las programaciones didácticas:

Artículo 46.2. Las programaciones didácticas de las enseñanzas encomendadas a los institutos de educación secundaria incluirán, al menos, los siguientes aspectos:

a): «Los objetivos, los contenidos y su distribución temporal y los criterios de evaluación por cada curso y ciclo, posibilitando la adaptación de la secuenciación de contenidos al contexto del centro«.

Es decir, es el contexto lo que, a priori, determina el ritmo de aprendizaje de los individuos. Si a esto unimos las ideas-fuerza de «competencias básicas» y «equidad» (que analizaremos en sucesivas entradas) más otros mantras del pedagogismo oficial, podemos llegar a unas sencillas conclusiones:

– La supuesta autonomía no se establece siguiendo principios democráticos, pues todo el poder decisorio recae sobre una sola persona: el director.

– Tal autonomía, en todo caso, no debe ser tanta que no considere el contexto socioeconómico como un factor limitador de la misma.

– Esto supone, por extraño que parezca, que la autonomía organizativa de las escuelas no está dirigida a favorecer la formación de individuos autónomos, sino sujetos al yugo determinista de sus circunstancias vitales.

– Para que las enseñanzas estén de acuerdos con tales principios, se sitúa a las «competencias básicas» como eje metodológico del sistema, estableciendo como axioma una enseñanza de mínimos.

El lector sagaz ya habrá concluido que éste es un planteamiento pedagógico profundamente reaccionario: enseñar menos a quienes más lo necesitan.


La tabla rasa de Vicente Verdú

 

«Al contrario de lo que suele pregonarse, el esfuerzo para que los chicos lean a Cervantes o a Manolo Longares, aprecien los conciertos de Brahms o celebren la pintura de Manet y Ráfols-Casamada es una marcha atrás, con lo que en lugar de hacerles avanzar los convertirá en retrasados».

Esto escribe Vicente Verdú en un artículo de El País. Parece una frase epatante, pero, en realidad, es un cliché tan viejo como las vanguardias de principios del Siglo XX. Lo que se desliza como un juicio visionario no es sino el repetido mito de la «tabla rasa». El pasado, la tradición, la herencia cultural toda: un pesado lastre.

A eso se refería Marinetti cuando, en 1909, decía que un Ferrari era más bello que la Victoria de Samotracia: lo cual, por cierto, no significaba más que cambiar un icono por otro. El deportivo como metáfora de un progreso imparable. Al igual que Verdú, el italiano estaba convencido de que tal progreso consistía en demoler el mármol de los maestros antiguos. Pero el impulso artístico del ser humano no dejó por ello de investigar más allá de la fascinación por las máquinas veloces.

Cien años después, la historia se repite. Dice Verdú que «la cultura es la cultura de cada época», como si con cada nueva generación la Humanidad se viese obligada a formatear su disco duro. Sostenemos que no existe un modelo cultural absoluto para concederle tal estatus a la Actualidad. Arroja al fuego los viejos libros, rechaza el viejo contrapunto, desecha lo que ya sabemos. Corre.

Tengo mis dudas de que se pueda llegar muy lejos tan ligero de equipaje. Sí, tal vez, si lo que se quiere es emular a un coche de carreras. Pero la vida es un poco más larga que el Circuito de Bahrein, y, para quienes no ejercemos de profetas, mucho más impredecibles sus caminos. Así que tal vez convenga avituallarse antes de tomar la salida.

«¿Pinturas enmarcadas? ¿Sinfonías solemnes? ¿Lecturas parsimoniosas? El tiempo que ahora discurre es incompatible con la majestad, la jerarquía y la lentitud. Es incompatible con la reflexión, la concentración y la linealidad para ser, por el contrario, veloz emocional, complejo e interactivo».

Puro «futurismo». Es de admirar cómo elige Don Vicente las palabras para pintar nuestro legado artístico con los colores más grises. De veras que le dan a uno ganas de bostezar. Suele ocurrir cuando se vocea una premisa totalitaria: se acude a los estereotipos que mejor contribuyan a la vulgarización del adversario. Así, a esa herencia se le llama «el pesado fardo de otros siglos». El presente, en cambio, es un paisaje de fascinante policromía.

Una idea semejante de la cultura no deja de tener su reflejo en lo que, según Verdú, debe ser la educación del Siglo XXI:

«De este modo, cualquier profesor de universidad o de escuela que, impulsado por su entusiasmo, pretenda comunicar el disfrute de esa cosmología chocará con mentalidades extrañas, radicalmente apartadas de ese universo cultural».

Así que no se entusiasmen, profes. Esa cosmología no mola, y ustedes deben entender que sus alumnos rechacen «radicalmente» todo aquello cuanto desconocen. ¿Qué enseñar, pues?

«A la escuela se le escapó de las manos la enseñanza de la fotografía, del cine, de la televisión, de la publicidad o de la música pop por considerarlos fenómenos de baja calidad, totalmente indignos de llamarse cultos».

Falso. Invito a Don Vicente a que eche un vistazo a las programaciones y libros de texto de los últimos años. Por ejemplo, de las asignaturas de Música y Dibujo. Todas esas manifestaciones contemporáneas, y otras como el cómic, se incluyen en el temario con tal celo que apenas dejan espacio a la música, así llamada, «clásica». Hasta puede uno darse de bruces con una foto de los Estopa o de La Oreja de Van Gogh, ídolos fugaces que serán reemplazados en las fotografías por quienes les  hayan de suceder en el podio de los Super Ventas. Esto es así porque, a qué dudarlo, los rumberos catalanes son más interactivos, complejos y emocionales que Stravinsky, Mozart, Chet Baker, Stockhausen o la Velvet Underground. La escuela de hoy, teledirigida por los nuevos idiócratas, ya está haciendo exactamente lo que usted demanda.

La música pop, dice. ¿Qué pop, Don Vicente? ¿Cree usted que la inmensa mayoría de alumnos escuchan a grupos como Animal Collective, The Divine Comedy, Sr. Chinarro o John Zorn? No, por cierto. Y le aseguro que iniciarlos en la escucha de tales grupos es una tarea tan difícil como estimular su interés por los madrigales de Monteverdi. Lo que ellos conocen es lo que vomita la Radio Fórmula, que, como usted sabrá por Umberto Eco, suele corresponderse con productos artísticos de ínfima calidad y que, en cualquier caso, son sólo explicables por la tradición anterior. Fíjese como tira del hilo un errado profesor de instituto:

Dice usted:

«Ahora está ocurriendo algo parecido. Las lágrimas derramadas porque los chicos no cojan un libro o no sepan valorar a Gerhard Richter impedirán ver la cultura que bulle en la red y donde, desde el net-art a las nuevas fórmulas narrativas, desde el rap o los grafiti, constituyen un sistema en el que la instrucción y el pensamiento crítico tienen mucho que hacer».

Public Enemy, crucial grupo de rap, citaba como influencias a Ornette Coleman (free jazz) y Miles Davis (cool jazz). Miles Davis tiene como referente a Charlie Parker (Bebop), quien, a su vez, admiraba profundamente a Stravinsky. Y Stravinsky, vanguardista e iconoclasta, pasó también por una etapa neoclásica que era en realidad «neobarroca», por cuanto gustaba de recrear formas musicales tan antiguas como la Passacaglia… Eso tirando de uno solo de los hilos de la madeja. Penélope no es un invento de Google, como Homer no es sólo un simpático gordito que devora rosquillas.

Lo referido a la música es extensible a cualquier arte, pero ya lo sabe usted de sobra. Si suprimimos la reflexión, la jerarquía, la lentitud y cualquier cosa que nuestros adolescentes no consuman a diario, ¿para qué la escuela? Como decía Brodsky, «la cultura es elitista por definición». Y no por razones sociales, sino porque exige los dos requisitos que usted parece negar a nuestros jóvenes: esfuerzo y tiempo. Mucho tiempo.

Si usted dispone de él, reflexione sobre ello.

Idiocracia

Prueba 1

Quizá nada responda a un plan preestablecido, pero lo parece. Ahora es la Universidad andaluza la que navega hacia la LOGSE y más allá, surcando nuevas galaxias de pedagogismo posmoderno. Ser soprendido con una «chuleta» ya no es  motivo para que lo expulsen a uno del aula. Ni siquiera para que le sea retirado el examen o mancillado éste con la oprobiosa marca del reaccionario bolígrafo rojo. El copión, salvado su honor de esforzado apropiacionista, puede concluir su examen y entregarlo con los del resto de compañeros. Será una comisión paritaria (mismo número de profesores y alumnos) la que analice la gravedad de la falta y decida en consecuencia. La normativa no aclara qué tipo de pruebas deberá aportar el profesor. Quizá deba instalar cámaras ocultas o solicitar la presencia de un notario. En corto: por más que se le sorprenda con la Enciclopedia Británica sobre la mesa, el alumno aún podrá confiar en la indulgencia de la citada comisión.

Dicen que es una medida «garantista». Muy bien. Pues yo sostengo que es un indicio más de los muchos que nos anuncian el advenimiento de la Idiocracia: un mundo de idiotas. Y para su llegada no será necesario recurrir a la disgenesia, sino que bastará con acatar sumisamente las ocurrencias de quienes dirigen el cotarro educativo.

Imagínense las risas de los estudiantes.

Prueba 2

Ayer, mis alumnos del Instituto me preguntaban cómo era ESO de que a los chiquillos de Primaria les habían regalado un portátil.

– Pero no es suyo, ¿no? – decían.

– Sí, es suyo – contesté.

– Y se lo pueden llevar a su casa…

– Sí.

Comenzaron a mirarse unos a otros, en espera de que yo aclarase lo que sin duda se trataba de una broma.

– Es suyo… – repetí, a media voz.

Imagínense las risas de los estudiantes.

Prueba 3

Tenemos «democracia sancionadora». Tenemos «democracia digital». Tenemos…

Lo que tenemos es un gobierno que se llama a sí mismo «progresista», cuando los valores que transmite son exactamente aquéllos que menos pueden hacer por el progreso. La Escuela empieza a parecerse a la Sociedad del Espectáculo que denunciaban los izquierdistas de los 60. Lo que ocurre es que este show no sólo supera las expectativas de Guy Debord, sino que se publicita como un triunfo de la democracia. La sociedad de mercado, con todos sus defectos, genera riqueza. En esta nueva e institucionalizada sociedad de idiotas, en cambio, todo se regala: ordenadores, novísimos derechos y aprobados. A costa del contribuyente, claro está. Del pan y el circo sólo queda el circo, representado éste por las ruinas de lo que un día se llamó Enseñanza. Y los profesores han de ejercer tanto de gladiadores como de payasos.

Pero, ay, la democracia igualitaria no llega a todos los frentes. Y para que no surjan nuevos Espartacos ni se nos borre la pintada sonrisa, nuestros jefes políticos pretenden crear la figura del domador implacable. Así, los Neodirectores.

Y es que ya se sabe: nadie mejor que un caudillo para gobernar un rebaño de votantes pastueños. O, birlibirloque, nada como un rebaño para reclamar la presencia del pastor.

Escenario posible

No me digan que no lo ven. Mesnadas de jóvenes risueños completando su examen con el portátil, aún incrédulos de que los adultos podamos ser tan alegrememente…

¡El futuro, idiota, el futuro!

El nuevo ROC andaluz: 1. El director plenipotenciario.

En los próximos artículos comentaremos algunos de los aspectos más preocupantes del nuevo Reglamento Órganico. Empezamos con aquéllos que conciernen a las competencias del director.

El director

El artículo 70. Competencias de la dirección recoge tantas como para casi completar el abecedario. El nuevo director es líder pedagógico, juez disciplinario, jefe de contratación y supremo diseñador curricular. De este modo, el poder público delega en su máximo representante académico atribuciones que exceden de las que por su posición le corresponden. Podría pensarse que no hay nada más lógico que dotar a los directores del poder necesario para gestionar los centros que tienen a su cargo. Sin embargo, nada es tan sencillo.

Por lo pronto, se presenta el problema de la legitimidad. En anteriores artículos, hemos descrito el proceso de selección de directores que se lleva a cabo en otros sistemas educativos. Proceso que se basa en la capacitación y el mérito. Nada semejante se contempla en el nuevo ROC, dejando el camino expedito a quien, simplemente, quiera probar los flamantes placeres plenipotenciarios. El ciudadano debe saber que para convertirse en director de instituto no hace falta más que llevar unos años en la función pública, de modo que cualquier profesor, por mediocre que sea, puede acceder a este nuevo estatus de César docente. La autoridad así otorgada se resiente,como hemos dicho, de una falta de legitimidad. Sólo imaginen que a usted lo nombran director de su empresa por el mero hecho de llevar cinco años trabajando en ella. Así, el director de instituto.

Este nuevo director sin atributos (pero con todas las atribuciones) se erige en paladín pedagógico. Bien. Mi duda es cómo. Dados los escasos méritos requeridos para ejercer tal liderazgo, me pregunto de qué manera podrá influir esta nueva figura en sus subordinados. Me pasma la posibilidad de que yo, profesor de Música, pueda, en un abrir y cerrar de ojos, transformarme en consejero didáctico de mis colegas de Física o Filosofía. Tal vez ocurra que los poderes conferidos sean, en realidad, superpoderes capaces de convertir a un simple humano en héroe de la Marvel. Sin mencionar que tal competencia limita la libertad de cátedra hasta extremos inimaginables.

Este nuevo director sin atributos (pero con todas las atribuciones) puede sancionar a sus compañeros del Claustro. Bien. Esto significa que aquellos órganos que podían garantizar la objetividad y la transparencia de tales sanciones se inhiben ahora para dejar a los profesionales a merced del caudillo. Lo mismo ocurre con los artículos que permiten al director el establecimiento de requisitos para ejercer la función docente y contratar personal que se ajuste a los mismos. Lo ha dicho muy bien Carlos Rodríguez:

“Decidir en lo que se refiere a las sustituciones. Esto es un disparate por muchos motivos y que colisiona con los criterios objetivos, públicos e impersonales que deben regir en las provisiones de puestos de trabajo de la función pública. Pero además es que el texto presupone que hay sustituciones que deben cubrirse y otras que no.

Por la misma razón, es también un auténtico disparate que se deje en manos de una sola persona la creación (o supresión) de nuevos departamentos didácticos. ¿Con base en qué criterios objetivos podrá decidir que una materia es merecedora o no de tener su propio hueco en el programa académico del instituto? ¿Qué creen ustedes que prevalecerá? ¿El rigor cientifico o el amiguismo?

En definitiva: ¿para qué tantas leyes y normativas henchidas de un tan falso espíritu democrático? ¿Para qué, si al final todo se ha de fiar a un régimen despótico que anuncia: «El Instituto soy yo»? El Individuo les dirá para qué: para infiltrar en los centros un elemento definitivo de control político. Los responsables de la Administración podrán, como Roosevelt, decir de su fiel lacayo:

«Sí, es un hijo de puta. Pero es nuestro hijo de puta».

Está fatal

ES-TA-FA

ES-TA-FA

Todos a una: esto es una ES-TA-FA

2X1: Esto es una ES-TA-FA

Está fatal

Torretriana está fatal

El cole está fatal

El insti está fatal

La seño está fatal

El profe está fatal

La CEJA está fatal

El dire está fatal

El ROC…….. ¡Está fatal!

ES-TA-FA

ES-TA-FA

Todos a una: esto es una ES-TA-FA

2X1: Esto es una ES-TA-FA

Another Blue Christmas

¿Qué ocurre siempre por estas fechas? Bien, hagamos memoria: (algunos) volvemos a casa por Navidad, la gente compra lotería, el Rey (o su holograma) nos manda un mensaje atónito, los compañeros de trabajo se emborrachan juntos, nieva, las calles se iluminan, el Corte Inglés se ilumina, los rostros de los niños… se iluminan. Entre otras cosas.

Pero, cada año por estas fechas, también ocurre que en algunos colegios e institutos se prohíbe la instalación de belenes navideños. Dicen que la Ley lo dice. Y ya está. En algunos casos, la falta de coherencia llega a tal extremo que se tolera el abeto artificial, con sus cristianas bolitas colgando. Los iconoclastas aducen que no se puede ofender a nadie con la ostentación de símbolos religiosos, como si en lugar del Misterio tuviera lugar en el Portal un cruentísimo rodaje de «snuff movie». Qué cosas.

No tengo ganas de discutir este particular con nadie. Me da una pereza de tipo cósmico. Por otro lado, la proliferante casta de los «ofendidos» suele ser gente impermeable a la persuasión. Hasta comprendo el sufrimiento espiritual que deben padecer, expuestos como se hallan a la contemplación de estampa tan siniestra y amenazadora. Ya no digamos si a alguno se le ocurre aderezar los alrededores de la cueva con simpáticos «caganers»…

Bueno, ¿qué importa? Nuestros colegios e institutos suelen ser espacios bellos y acogedores, ofrendas de hormigón a la diosa Belleza. Bien está que no se ensucie su grandeza arquitectónica con la imagen de tres peligrosos desharrapados.

(Nota: el autor de este blog les advierte de que ciertas escenas del primer video contienen material explícito que puede herir su sensibilidad. Manténgase fuera del alcance de los niños).

Camilos y Lanosas

1. Un sueño de Miguel Espinosa

En el libro del murciano Miguel Espinosa «La fea burguesía» (Alfaguara, 2006) se hace un retrato espléndido de la casta gobernante tardofranquista. En el capítulo 21, Camilo, uno de los gozantes al servicio del Benefactor, describe un sueño que él considera el mejor de cuantos ha tenido en su vida. Acompañado por su reverso, el paria Lanosa, accede a una extensa sala ocupada por una enorme máquina de luces parpadeantes:

«Ésta es la máquina que contiene la relación cerrada de las criaturas que sirven al Benefactor y forman la casta gobernante – expliqué a Lanosa -; se trata de un dispositivo misterioso y perfectísimo, capaz de proporcionar, en décimas de segundo, cualesquier dato sobre los gozantes. Los pequeños casilleros guardan las papeletas donde están inscritos los títulos de los poderosos; las hay de diversos colores; las marrones, por ejemplo, designan a los ministros; ¡míralas arriba! tan aparentemente humildes, resumen cuanto es y cuanto hace un hombre que se sienta junto al Benefactor. Si alojásemos una de tales cartulinas en el buzón adecuado, el ingenio comenzaría a informarnos sobre el alto gozante: los avisos se multiplicarían, las señales amarillas se transmutarían violetas, los marcanúmeros danzarían sin término. […] Si cojo mi ficha, como adviertes que la cojo, y la hundo en el buzón, la máquina devendrá en éxtasis. ¡Fíjate!»

En el sueño de Camilo, la máquina registra cada detalle del funcionario en la medida en que sus esfuerzos vitales están encaminados a servir al Benefactor. Nada hay fuera de la máquina que merezca ser tenido en consideración: lo que permanece fuera de la máquina es extravagancia, excrecencia, extemporaneidad. Inexistencia.

Así, cuando Camilo insta a Lanosa a introducir una tarjeta con su nombre en el omnisciente aparato, el invento deja de funcionar:

«¿Ves, Lanosilla, ves? – exclamé con seguridad -. Al preguntarle sobre mi figura, el juguete pasó de la existencia a la vivencia; mas al interrogarle sobre ti, ha dejado naturalmente de ser, trocándose hierro muerto. Para lo que no es mundo, no hay artefacto, y lo que no está en el artefacto, no está en el mundo».

Como es natural, al retirar la tarjeta del pobre Lanosa, la máquina se ilumina y vuelve a la vida.

«Esta máquina atesora cuanto vale y cuanto posee sentido, la única realidad. Por eso, al sacar tu ánima de sus entrañas ha vuelto a la existencia».

2. La Sociedad es la culpable

En el Diario de Sevilla de ayer, tres personas firman un único artículo. Una maestra, un inspector de educación y un catedrático de secundaria. El texto pretende ser crítico con el ROC andaluz, en especial en lo que se refiere al poder plenipotenciario que se concede a los directores. Digo que lo pretende, porque no lo consigue. Su lectura es un encadenado de contradicciones que se cierra con una conclusión de manual de autoayuda. Dos ideas vertebran el breve comentario:

a) Que el factor decisivo del fracaso escolar es «el contexto sociocultural y el nivel de estudios de los padres». Vieja cantinela que consigue dos objetivos: convertir al individuo en masa y eximir al gobernante (es decir, al gestor) de las responsabilidades últimas de aquel fracaso. De hecho, el sistema educativo vigente «aunque mejorable, no es malo». Ya que mejorable es cualquier cosa que habita el mundo, ocupémonos de la lítote: lo que «no es malo», ¿qué es? ¿Regular? ¿Aceptable? ¿Bueno? Cuaquiera de los tres calificativos previos constituye una hipérbole barroca si se emplea para describir nuestro actual cuerpo de leyes y normativas. Lo más gracioso es que, según los autores, si se detrae la variable sociocultural nuestros resultados superarían a Estados Unidos, Dinamarca y Noruega, poniéndonos a la altura de alemanes, franceses y británicos. Ya. Y si el año pasado la Federación Española de Fútbol les hubiera detraído veinte puntos al Barcelona y al Real Madrid (para, pongamos, equilibrar la variable presupuestaria) el Sevilla habría sido Campeón de Liga.

Que cosas así las diga gente con estudios es como para echarse a temblar. Con este ardid trilero, deducen que el sistema no precisa de grandes modificaciones. Quizá olvidan cuál es una de las principales misiones de la Escuela, como es la de ofrecer a los menos favorecidos la posibilidad, no sólo de realizarse como seres humanos, sino de mejorar su situación en el dichoso contexto sociocultural. Los autores invierten a su gusto las relaciones de causa y efecto. De este modo, la conciencia política permanece tranquila: El sistema falla porque la sociedad es ignorante. Jamás se plantea la lectura en sentido contario: La sociedad es ignorante porque el sistema falla. Como ya hemos sugerido, un truco más viejo que el «violín» de Tamariz.

b) La productividad es mala, o de cómo el monstruo neoliberal acecha por doquiera (risas). Sostienen los autores que, de un tiempo a esta parte, se están introduciendo en la Escuela «formas de gestión empresarial y criterios productivistas». Ah, ¿de veras? Pues a mi instituto no han llegado estas dos plagas de Egipto. Ni a los institutos de mis conocidos. En ellos, nadie pide cuentas del número de suspensos. Y el señor A. lleva siete años llegando tarde a las clases y ahí sigue, campeador. De nuevo, los abajofirmantes confunden churras con merinas. El poder concedido por la administración a los directores no está regido por criterios de eficiencia o productividad, sino de control político-pedagógico. Como los especialistas de secundaria somos particularmente renuentes a  implementar según qué cosas, la Consejería ha decidido que le faltaban tentáculos para doblegarnos. Es con este fin que otorga tales prebendas a los directores, del mismo modo que los nuevos departamentos (evaluación, calidad, formación et alii) no son sino flamantes instrumentos al servicio de un poder que, como ya ha dicho la Consejera andaluza Mar Moreno, aspira a reeducarnos (con simpáticas resonancias maoístas).

Así pues, ¿qué hacer? Según Barrera, Ballesteros y Merchán: «resolver deficiencias elementales que afectan al diario funcionamiento de los centros escolares, generar entusiasmo y complicidad entre los docentes» (aquí es cuando suena la banda sonora de «Verano Azul»).

Pues nada. Entusiásmense ustedes, sean prudentes, pacientes y delicuescentes. Otros estamos buscando una salida, por ejemplo:

3. Deseducativos

Comenzamos con un murciano y cerramos con otro. Muchos ya conocerán este blog colectivo iniciado por el profesor David López Sandoval, el mejor y más completo de cuantos, sobre el asunto que nos ocupa, puedan encontrar en la Red. A disposición del lector están los textos que diagnostican las muchas fallas del sistema. Pero también documentos que sugieren o explicitan alternativas posibles. Nada de entusiasmos y alegres excursiones a la campiña de la tibieza. Lectores y participantes del blog ya han comenzado a demandar que esas propuestas se plasmen en un proyecto de enseñanza redactado por profesores, los Lanosillas hodiernos.

Y no me cabe duda de que así sea, pues deseamos acabar con la férula idiotizante de los Camilos que, al amparo de un nuevo Régimen, aún siguen empeñados en despreciar la inteligencia.

Vale.

Usted es el protagonista

Muy a menudo, al ciudadano de a pie los problemas de la enseñanza le llegan asordinados por los tecnicismos o por el tufillo narcótico de la propaganda gubernamental. Sospecha que ocurre algo malo, pero no es capaz de imaginar la magnitud de la tragedia hasta que esta llama a las puertas de su propia casa en forma de suspensos o sanciones académicas. No es fácil que la mayoría entienda el fracaso educativo como triste corolario de decisiones políticas, pues no alcanza a imaginar cómo pueden influir estas en el rendimiento escolar de sus hijos. Los vínculos entre ambas realidades no son tan obvios cuando uno desconoce los fríos mecanismos del sistema, y cuando lo único que quiere es que el niño apruebe sus exámenes o, al menos, se comporte como un buen muchacho.

Pues bien, ahí van algunos enxiemplos en román paladino:

Imagine que trabaja como cirujano en un hospital. Usted creería, con razón, que su cometido es operar a los pacientes que pasan por su quirófano. Sin embargo, un día, el Director, que se ha convertido en una figura politizada y plenipotenciaria, le comunica que debe encargarse de elaborar el Plan de Autoprotección del Hospital. Es decir, la seguridad del edificio depende de usted, que se ha pasado media vida entre escalpelos, sacabocados y agujas; y que, por el contrario, nada sabe de planos, cortafuegos o protocolos de evacuación. Pensaría que su Director se ha vuelto loco, o que se ha dado a la bebida. Pero, tarde o temprano, no le quedará más remedio que asumir tan pesada y absurda carga, pues, como ya se ha señalado, la afección del Director no tiene que ver con el potare, sino con su descontrolada potestas. Así que se pasará las noches leyendo, de claro en claro, un sinfín de normativas sobre confinamiento, emergencias y detección de peligros, preguntándose cómo es posible que le haya correspondido tanto honor a quien lo único que sabe sobre evacuaciones tiene que ver con otro tipo, más turbio, de escatologías. Sepa que, si sucede algo (Dios o el Diablo no lo quieran), la mayor responsabilidad recaerá sobre su persona. De modo que más le vale aplicarse y hacer bien este trabajo, aunque eso signifique hacer mal su trabajo (¿aún recuerda que era usted cirujano?). Es posible que esta ocupación desmesurada y acongojante influya en su rendimiento como profesional de la cirugía. Pero piense que estará contribuyendo a la salvación preventiva de muchas más vidas que la de un simple paciente con el pulmón tiznadito de brea. Ah, y no tema, porque su impagable esfuerzo será exactamente eso: impagado. Confórmese con tener la conciencia tranquila del deber cumplido. Y medio puntito para el concurso de traslados…

Vayamos con otra hipótesis. Sigue usted siendo cirujano del mismo Hospital. El Plan de Autoprotección que debió perpetrar era una chapuza mojoniana de considerables dimensiones, pero, por suerte, contó con la inestimable ayuda de Dios y el Diablo: nada ardió, no hubo seísmo,  no se inmutaron las vigas maestras ni los pilares de la tierra, nadie resultó herido. Bravo.

Sin embargo, el Director tiene nuevos planes para usted. Se le participa que, en virtud del nuevo Reglamento Interno para Hospitales Públicos, su especialidad forma parte de un Área Departamental Integradora que incluye otras especialidades, tales como: Nefrología, Traumatología, Oncología y Bioética. Y que, si las necesidades de personal médico ahogan, está usted facultado para diagnosticar e intervenir en cualesquiera de las categorías citadas. Usted dirá: pero, hombre de dios, si yo soy cirujano, ¿por qué me quiere complicar la vida? A lo que el Director le responderá que el Reglamento pone bien clarito la afinidad de tales disciplinas, y que, no se preocupe, que, total, para lo que saben los enfermos, sus conocimientos generales bastan y sobran a la hora de cumplir con el expediente. De modo que un día operará a corazón abierto, al otro detectará cálculos renales; una semana prescribirá quimioterapia, y a la siguiente participará en una ponencia sobre los límites morales de la manipulación genética en humanos. No va a tener tiempo de aburrirse, ¿a que no?

Bien. Puede usted despertar de esta pesadilla. Ahora vuelva a la realidad y sepa que eso es exactamente lo que ya está ocurriendo en el colegio de sus hijos. Hay, sí, un profesor de Lengua Española que cabecea dormido sobre unos planos que no entiende. Él es quien, por ley, debe garantizar la seguridad de sus vástagos. Por supuesto, ésta no es la única ocupación que le quita el sueño: como la Profesora de Inglés está de baja, desde mañana será el encargado de ilustrar a sus hijos en el idioma de Shakespeare. Sólo hay un problemilla, una nonada: el susodicho Profesor de Lengua Española es de la generación en que se enseñaba Francés, por lo que sus conocimientos en la materia son los de un Apache de los western clásicos. No obstante, el Director ya le ha tranquilizado: «Pero si estos chavales no saben nada, ¿qué problema tienes?» Peor está el de Música (fumador sedentario, proverbial enemigo del jogging, alérgico al deporte y con una ligera y diletante propensión a la bebida….)

Ríe, ufano, el Dire:

– A ése lo he puesto a dar Educación Física.

(Coda surrealista: Discurso de un profesor de la Enseñanza Pública tras años de sufrir los embates de la esquizofrenia legislativa):

P.S.: Somos un gremio adormecido, incapaz de pelear por su dignidad como docentes. ¿Vamos a seguir tragando? Aunque la Ley gane, al menos me gustaría poder decir:

I fought the law,

and the law won.

Villancico

Se acaba otro puente de la Constitución. Lo atravesamos, al fin, con la mirada puesta en las fiestas navideñas, ésas que tanta gente dice odiar mientras cuenta los días que faltan para la venida de un borrachín lapón que cruza la noche azotando renos. El tiempo se detiene, y las noticias parecen confinadas en un purgatorio de paredes blancas. En la puerta, una bella enfermera celeste se lleva el índice a los labios para reclamar silencio.

Silencio.

Diciembre es una breve desaceleración de la historia, como si el artificio de la cronología opusiera una fuerza de rozamiento mayor a medida que la máquina sincrónica se aproxima a los cuartos de las campanadas finianuales. Todo se ralentiza, hasta el odio. El cumplimiento del ritual obliga al armisticio. Hoy comamos y bebamos, que mañana ayunaremos.

Y, entretanto, tendrá lugar la ficción de que nada ocurre. Después, chirriarán los goznes de un nuevo año y, aún con un sabor metálico en la lengua, descubriremos que la superficie que pisamos ha dejado de ser una lenta cinta transportadora para regresar a su condición vertiginosa de pendiente. La cuesta de enero es una sima.

En el dulce tránsito de mazapanes y semisecos, muchos olvidaremos las fatigas cotidianas, el fantasma de la crisis, lo que no funciona. Y abrigaremos la humana esperanza de que el año próximo restituirá un apetecido orden cuya exacta definición se nos escapa. Propósitos.

Pero, a la vuelta, el dinosaurio seguirá allí. Travestido, por ejemplo, de funcionario político. Se llevará el índice a los labios y nos reclamará silencio.

Silencio.

(Coda: La suspensión de los acontecimientos es sólo un simulacro. Es muy posible que, en estos días, una mujer se deje morir de hambre por una idea, por defender un derecho. Su actitud ha acabado por resultarnos tan extraña precisamente porque desprecia la tutela de quienes se arrogan el hipócrita deber de alimentarnos. 

A cambio, claro está, de nuestro silencio).