Decálogo del profesor contingente

La CEJA quiere etiquetar a los profesores, como ya saben. Toda vez que el fracaso del sistema es un hecho, conviene a la casta política esconder esta evidencia y trasladar la mayor responsabilidad posible a los profesionales que ella misma contrata. Los borradores sobre «Buenas prácticas» y «Estándares profesionales» constituyen el discurso tautológico con el que pretenden acallar los gritos proferidos por una realidad tozuda. Que se creen cuatro perfiles – Competente, Avanzado, Experto y Excelente – cuya evaluación es todavía una incógnita, no sólo no mejorará un ápice la formación de los alumnos, sino que será un modo, nada sutil, de arrinconar a los críticos y premiar a los voceros de su amo.

Al mismo tiempo que la CEJA prepara sus decálogos sobre lo que ha de ser un buen docente, en los Institutos todo está listo para el desmantelamiento de la Enseñanza tal y como la conocíamos. Las recientes directrices dejan un mensaje muy claro, y es que lo primordial en el Nuevo Orden no es el conocimiento, sino la vigilancia. Dos departamentos se erigen como faros de la hipermodernidad loesiana: Coeducación y Formación. Parafraseando el recibimiento laudatorio de aquella famosa película, los profesores de Lengua o Matemáticas podrán decir: «¡Coeducantes, Formadores, nosotros somos contingentes, pero vosotros sois necesarios!»

El giro es de 180º: la norma dicta que los únicos departamentos con existencia propia sean aquellos que vigilan el género (vulgo, sexo) y el paño (es decir, los docentes). Todos los demás son prescindibles, lo que significa que el saber no es tan importante como el control político. Este único dato debería servir para que la gente se echara a la calle (algunos lo llevamos haciendo años) y exigiera un cambio en la Enseñanza. Ya. Pero se ve que las demandas educativas son siempre susceptibles de verse relegadas a un segundo plano. Exactamente como ocurre con los tradicionales campos del conocimiento.

Reparen en que los departamentos «estrella» no son didácticos, esto es, no tienen horas de clase. El centro de las reformas educativas se ha ido desplazando, con el tiempo, fuera del aula. Y no por casualidad, sino por causalidad. La trivialización del saber es el complemento perfecto de la manipulación política. Y la institución escolar el mejor campo de pruebas para experimentar lo que en otros ámbitos de la sociedad civil no se consiente. Los ciudadanos deben saber cuáles son las prioridades de quienes administran la cosa pública. Pues bien: puestos a elegir entre una catedrática de Lengua o un Coeducador con Perspectiva Transversal de Género, la Consejería no tiene dudas. El segundo. Y, ¿para qué? Pues para certificar que todos los documentos oficiales vulneran la corrección lingüística a beneficio de la corrección política. Para que una comunidad de licenciados escriba cosas como ésta: «Las y los alumnos y alumnas deben entregar la justificación a la o el tutor y tutora, debidamente firmada por el padre, la madre o, en su caso, los y las tutores legales.» El ágrafo triunfando sobre el experto.

Porque la condición de experto que maneja la Unta no es la misma que usted, lector, quizá imagina. A la hora de establecer criterios de competencia, en los borradores citados no se distingue entre educadores infantiles, maestros y profesores. Esta indiferenciación tampoco es inocente, sino que consagra el principio de que el procedimiento (o el simulacro burocrático de procedimiento) debe anteponerse al dominio de la materia y a la verificación de unos resultados objetivamente comprobables. Poco importará que sus alumnos hayan aprendido mucha Historia o que estén en condiciones de superar cualquier evaluación externa. Si no ha «implementado recursos TIC» o no ha tenido en consideración «las variables contextuales de un alumnado diverso», usted, querido profe, no entra en el club de la Excelencia Cejijunta. De lo que aquí se trata es de socializar, no de enseñar sociales.

El profesor excelente es, condensando el decálogo de la AGAEVE, un líder bilingüe, experto en TIC, dotado de una gran inteligencia emocional, de talante democrático a la vez que tutor vigilante de sus compañeros, innovador e inclusivo. Dicho así, no parece grave, ¿verdad? Lo malo no es tanto lo que se menciona como lo que se omite, que es el saber mismo. Ese decálogo podría servir tanto para una institución escolar como para una oficina de Coca-Cola en Sausalito. Ninguno de esos atributos mantienen vínculo alguno con la maestría, la especialidad académica o la investigación científica. Lo cual es coherente con los nuevos reglamentos de centro, que acaban con la tradicional especialización de la Enseñanza Media para subsumir las asignaturas en genéricas áreas competenciales. De hecho, el decálogo se confecciona a la medida de un nuevo tipo de profesor que no tiene por qué ser especialmente brillante en su disciplina, pero sí lo bastante espabilado como para saber por dónde soplan los vientos de cambio. Así, un incapaz con un inglés correcto y buena mano con el cacharraje tecnológico es un modelo de referencia mayor que el lingüista cum laude o el músico experimentado. Saber inglés y gestionar un blog está muy bien, pero lo accesorio no debe predominar sobre lo esencial. Y meter en el mismo saco la Educación Infantil, la Primaria y la Secundaria es haber apostado por la cosmética y la apariencia, no por el rigor y la selección. Hasta que no se entienda que el Instituto debe volver a ser el puente necesario hacia la Universidad, nada se habrá avanzado.

A veces, se nos dice que todos estos baremos son algo habitual en la empresa privada, que los profesores no estamos acotumbrados a que se juzgue nuestro trabajo y que nos molesta que se empiece ahora. Esto parte de una premisa falaz, como es equiparar empresas en situación de libre competencia con el monopolio de la Enseñanza pública. Las empresas deben responder ante sus clientes y accionistas. El mercado establece cuáles deben sobrevivir y cuáles no, en función de unos resultados. En la moderna escuela pública, como dije, lo que importan son los procesos, de tal suerte que los resultados (en términos académicos: lo que aprenden los alumnos) no están sujetos a control externo hasta llegada la Selectividad. ¿Qué importa lo innovador o inclusivo que sea uno si al cabo del año los estudiantes no han aprendido nada? El correlato empresarial sería el de un creativo de Sausalito, simpático, bilingüe y tuitero, cuyas innovadoras propuestas comerciales fracasan un año tras otro. No les quepa duda de que su jefe le enseñará la puerta por mucho decálogo que el ejecutivo esgrima.

No deja de ser hipócrita que un monopolio del Estado incorpore principios de competencia empresarial. Muy al contrario, tales principios sólo pueden serlo de control político y de vigilancia estricta del pensamiento único. Habrá innovación, formación y evaluación, sí, pero absolutamente condicionadas por los dictados del poder.

A diferencia de coeducadores y formadores, los disidentes no serán bienvenidos.

DECÁLOGO DEL PROFESOR CONTINGENTE

1. Liderazgo. Duda siempre de lo que sabe, a la manera socrática. Delega, en lugar de imponer o abanderar delirios eventuales de la Junta. Minimiza los daños. Propone y escucha. Reduce, en lo posible, el papeleo. Argumenta. Da clases. Se deja ver por los pasillos y la sala de profesores. La Delegación sólo la pisa si es estrictamente necesario.

2. Comunicación. Habla y escribe en español culto. No tuerce el gesto si alguien dice «corolario» o «sicalíptico», aunque evita ser pedante. Desprecia el lenguaje de género, pero es escrupuloso con su concordancia. Usa el ordenador como una herramienta de rango muy inferior a su cerebro. Evita viajes de recreo a Finlandia.

3. Relación. Cordial y respetuosa. Las emociones más profundas las reserva, siempre que lo tiene a bien, para sus familiares y amigos.

4. Trabajo en equipo. Lo tiene por un complemento interesante que, en ocasiones, da buenos resultados. En otras, sirve para organizar la fiesta de fin de curso o un viaje a Benalmádena. De vez en cuando, es bueno que el hombre esté solo.

5. Planificación.  A partir de los objetivos, no descansa hasta encontrar el mejor modo de compartir sus conocimientos.

6. Gestión de recursos. Propone que no se regalen ordenadores ni libros de texto a quien puede permitírselos.

7. Evaluación. Intenta ser justo.

8. Orientación a la calidad. Sus padres le dijeron, desde muy pequeño, que ésa era la única orientación posible.

9. Aprendizaje a lo largo de la vida. Trabaja con ideas, así que está siempre aprendiendo. Prefiere a Chéjov antes que a Álvaro Marchesi. No ve Redes (no tiene tiempo: como ya está dicho, trabaja).

10. Gestión de ambientes de aprendizaje. No adorna el aula con palomitas de papel ni confecciona murales multiculturalistas. Su clase está en un sótano sin ventilación, al lado de la caldera. Pese a ser licenciado, imparte a niños con edades de Primaria. Le han dicho que su asignatura es contingente. Que él es contingente. Y que es justo que así sea. Justo y necesario. Nuestro deber y salvación.

No sabe si beberse la cicuta.

De la indignación (I)

En todos los círculos sociales del que suscribe (amigos, compañeros de trabajo, foros) salen a colación, una y otra vez, la «Spanish Revolution» y su «valiente denuncia del sistema». Casi todos los comentarios parten del sentimiento antes que de la razón, de la adhesión por simpatía antes que del análisis crítico. Los «campistas» somos nosotros, el pueblo indignado. Si uno se muestra escéptico, o nada más señala el evidente sesgo ideológico de la protesta, el ejercicio de voluntarismo se recrudece:

– Por algo había que empezar… Luego, ya veremos.

Debe de ser que a ciertas ideologías se les concede un crédito ilimitado. Porque el problema no es que haya que empezar por algo, sino que los inspiradores de la revuelta también establecen las reglas y el final del juego. Junto a demandas necesarias (separación de poderes, restricción de privilegios a la casta política) se introducen otras que poco tienen que ver con la democracia formal, y sí mucho con una concepción totalitaria del Estado.

Los principios del 15-M hunden sus raíces en una pseudofilosofía anticapitalista y contraria a las libertades individuales. Si José Luis Sampedro es uno de los iconos de los rebeldes, veamos qué tiene que decir en el prólogo al libro de cabecera del movimiento:

«El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia despúes de la II Guerra Mundial incluían la nacionalización de la banca […] En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo.

(Del prólogo a ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel)

La nacionalización de la banca es uno de los puntos recogidos en las proclamas de DRY, como ya saben. Y en las manifestaciones del colectivo se trasluce la idea de que, siguiendo a Sampedro, «los financieros son los culpables indiscutibles de la crisis», como si el poder político representado en los bancos centrales fuera sólo una víctima más de los malvados capitalistas. A éstos se les compara con los invasores fascistas, con las hordas nazis. Ojo: nunca, jamás, con los invasores comunistas o las hordas soviéticas. De hecho, en el centelleante recorrido que Sampedro hace por el siglo XX no se menciona ni una sola vez el totalitarismo de signo contrario. La barbarie es sólo cosa del Capital. Así, no faltan las alusiones a Guantánamo, Israel y la invasión de Irak, mientras que nada se dice del fundamentalismo islámico o las satrapías socialistas. La «lucha contra el terrorismo» se entrecomilla, como si éste fuera una ilusión más, proyectada en la espectacular pantalla del mercado.

El final es espeluznante:

Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombardeos nazis.

(Íbid.)

Esto sólo se puede comentar contando hasta diez y respirando profundamente. ¿»Ahora»? ¿Sugiere el venerable profesor que en alguna época «se trataba» de exterminar civiles? La alusión al «descarrilamiento» es doblemente desafortunada en un país donde hace bien poco los trenes no se salieron de la vía, sino que fueron reventados con explosivos. Pero es que para Sampedro una «vía» es el terrorismo, aunque no sea la que mejor se aviene con el momento actual.

Las opiniones están repartidas. Las causas de la indignación, también.

¿Democracia Real? Ya…

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Esta bitácora nació con el propósito de analizar el sistema educativo, pero también para intentar desenredar la fina trama que lo vincula a costumbres sociales o posiciones políticas. «Enseñanza y Sociedad», reza el subtítulo, aunque bien pudiera sustituirse por el más exacto de «Enseñanza y Polis».

Digo esto porque, en la entrada de hoy, la referencia educativa es sólo subsidiaria de un fenómeno social que ha colapsado las redes y ya puede considerarse como el gran tema de conversación pre-electoral. Me refiero al Movimiento 15-M, Plataforma Democracia Real Ya, Colectivo de Indignados o como quiera llamarse. Colectivo que pretende ser el reflejo de una sociedad civil levantada contra el poder y libre de discursos ideológicos. Una iniciativa «apolítica».

Que un grupo de ciudadanos manifieste su descontento y ponga en duda la gestión de la clase gobernante es algo que, tarde o temprano, tenía que ocurrir. Digamos que ha ocurrido más tarde que temprano, y en un momento tan crucial como son las postrimerías de campaña. Por desgracia, esta antesala del voto se ha convertido, últimamente, en una ocasión para la sospecha.

Y lo que uno sospecha es que un discurso ideológico, tan deliberadamente escogido como el tiempo de su proclama, subyace al natural malestar ciudadano. Corrijo: no es que lo sospeche, sino que las mismas propuestas del movimiento certifican la validez de tales prevenciones.

Democracia Real no es «apolítica», como se apresuran a decir sus portavoces y muchas de las personas que, de buena fe, participan en sus concentraciones y acampadas. Y no lo es porque nada puede serlo. La sola pertenencia a la «polis» nos hace sujetos de una actitud política, ya sea por acción o por omisión. Los «indignados», por ejemplo, pensarán que quienes no secundan sus movilizaciones están impedidos por la adormidera de los poderes fácticos, o, aún peor, representan a las fuerzas opresoras que ellos critican. Un jucio político.

Sin embargo, no es tan simple. A pesar de presentarse como un grupo «abierto» en el que «caben todos», DRY se ha puesto el debido corsé ideológico antes incluso de que empiecen a llegar los invitados. Su programa podrá ser atractivo para el votante de IU, para intelectuales de pensamiento intervencionista o para declarados defensores del Estado Social. Se vanaglorian de tener a los jóvenes de su lado, pero esto es sólo porque la única juventud que se valora como tal es la de cuño anticapitalista. Los jóvenes liberales, por poner un caso, apenas tienen nada a qué agarrarse en ese listado de reivindicaciones. Nada, al menos, que no formara ya parte del ideario de cualquier demócrata.

Y es que el rosario de demandas no es sólo completamente «político», sino también contradictorio. Quienes protestan contra los abusos del poder, solicitan al mismo tiempo que les aprieten con más ahínco los grilletes. Por un lado, se pide la supresión de los privilegios políticos, cosa que está muy bien y que, por cierto, ha recogido Rosa Díez en una serie de medidas. Pero, por otro, se le confieren al Estado unas potestades de claro aroma bolivariano: expropiación de viviendas, nacionalización de la banca, más impuestos y aumento indiscriminado del gasto social.

Es evidente que una buena parte del electorado no suscribirá estas propuestas, precisamente por ir más allá de las peticiones que serían propias de un grupo «aideológico»: igualdad de derechos ante la ley y libertad de elección. Poco extraña, entonces, que Cayo Lara se incluya entre los inspiradores de la pacífica revuelta, que aparezca el sempiterno pro-castrista Willy Toledo y que, en definitiva, todos los sectores de la izquierda sientan la pulsión de instrumentalizar a quienes ya son un instrumento perfectamente acabado de sus ideales. La supuesta «inocencia e ingenuidad» que algunos comentaristas achacan a esta plataforma, no ha de serlo tanto. Después de todo, alguien ha debido reunirse en torno a una mesa y escribir el manifiesto. Que todas las medidas tengan ese tufo colectivista apunta a un plan preconcebido, pasado por la criba de una determinada visión del mundo. La espontaneidad y la vocación ecuménica quedan reservadas para quienes, suspendido el análisis crítico, lo reemplazan por la exteriorización de una justificada rabia.

Hoy, mientras conducía, el locutor de Onda Cero abría los micrófonos de la Puerta del Sol a los oyentes. «El enclave madrileño es ahora un hervidero de debates y conversaciones», decía. En efecto, se oía el diálogo de un improvisado foro de anónimos ciudadanos. Transcribo, de forma aproximada:

– No votar tampoco es la solución.

– Totalmente. Eso favorece a la derecha.

– De lo malo a lo peor…

– Ellos (se supone que la derecha) les ponen autobuses a las monjitas…

Y en ese plan. No se trata de elevar la anécdota a categoría, pero intuyo que las ideas aquí expuestas, sin ir más lejos, no serían bien recibidas por quienes asumen una máxima liberticida de este calibre:

Expropiación por el Estado de las viviendas construidas en stock que no se han vendido para colocarlas en el mercado en régimen de alquiler protegido.

(Propuesta 3.1 de «Democracia Real Ya»)

Una prueba de «apoliticismo» podría ser que en la página web de DRY cupiera esta otra alternativa, de signo liberal, a la indudable crisis institucional y económica que padecemos:

LIBERTAD-REAL-YA

Es un partido, sí, pero de esos tan, tan minoritarios que los colectivistas anhelan promover con sus imparciales quejas. Si es que no tiene cabida, entonces habremos de suponer que para DRY no todas las alternativas son igualmente válidas. O, de serlo, algunas son más iguales que otras.

Desmontada la falsa neutralidad de los promotores, me picaba la curiosidad por conocer los planteamientos de DRY acerca de la Enseñanza. Puesto que Zapatero, Rajoy y hasta Obama (Now we´re talking…) hablan de la educación como del auténtico sustrato de toda sociedad avanzada, suponía que iban a extenderse en el asunto. Pues no: lo que supura indignación y desprecio de las libertades cuando se habla de propiedad privada o actividades empresariales, se torna aquí suave reproche con palmetada en el hombro incluida:

Contratación de profesorado para garantizar la ratio de alumnos por aula, los grupos de desdoble y los grupos de apoyo.

(Propuesta 4.2 de «Democracia Real Ya»)

Y eso es todo, amigos. Se conoce que el maximalismo antisistema no alcanza para denunciar sistemas de segundo orden, como el educativo encarnado en la LOGSE aka LOE. Una simple disminución de ratios y todos tan contentos. Esta tibieza nos remite a la comprensión y tozudez con que la izquierda asume las escandalosas cifras de fracaso escolar. En este caso, no falla el sistema, claro que no, sino la falta de efectivos que impide el desarrollo utopizado en las mentes de los legisladores. Ni una mención al descenso de niveles académicos, a la primarización de la Enseñanza Media, al hostigamiento burocrático de las administraciones, a los problemas de convivencia en los centros, a la vulneración de los derechos lingüísticos en las comunidades con segunda lengua…

Tales omisiones (recuerden: también una actitud política) son familiares a quienes llevamos unos años en el gremio. Son las mismas que callan los partidos y sindicatos de izquierda, en perfecta armonía con el poder político vigente.

Indígnense, sí. Están en su derecho. Pero no olviden que, tras el pathos revolucionario, deben prevalecer la reflexión y los argumentos. Puesto que son ustedes tan demócratas, entederán que haya quienes tenemos otros.

P.S.: Ah, y si tuvieran la bondad, ¿podrían recoger alguna de estas demandas entre las suyas? Yo también soy un ciudadano. E indignadísimo. Tela.

Lucía y la ESO (pruebas gráficas)

Aquí, la prueba:

La de arriba es una de las preguntas de Matemáticas incluidas en la Prueba de Diagnóstico para 2º de ESO. Pruebas elaboradas por esa vanguardia educativa llamada AGAEVE.

La sutileza, por lo visto, no es una de las virtudes que adornan a esta camarilla de genios. Puesto que sus dogmas pedagógicos y sus tropecientos indicadores de excelencia no conmueven a la infantería profesoral, han decidido emplear sus energías en persuadir a los infantes de la ESO. Para ello, hacen uso del maniqueísmo y la falacia, confrontando las fuerzas del Bien y el Mal docentes en una sencilla cuestión de gráficas lineales.

Lucía es la supervillana que evalúa los contenidos a partir de las pruebas especificadas para tal fin. Apenas se le dedican dos líneas, tan sucinta y transparente es su maldad.

Marta, en cambio, es el encantador reverso de su némesis. De ella sabemos que «a principio de curso explica a su clase» el método que seguirá para calcular la nota. No consta que Lucifer, quiero decir, Lucía, haga otro tanto. Ella es una fría contable que diagnostica a sus alumnos con la racionalidad  distanciada del Doctor House. Marta, «en cambio» (y qué cambio, señores, qué savoir faire y bonhomía) es tan pródiga que regala dos puntos en un abrir y cerrar de libros.

De dos caracteres tan antagónicos se deducen unas consecuencias igualmente disímiles. El cicatero método de Lucía incrementa el absentismo, mientras que la actitud dadivosa de SuperMarta reduce el número de ausencias.

Poco importa qué método prefiera el estimado lector. La AGAEVE ya piensa por ustedes y por los alumnos, que, en lo sucesivo, y visto el resultado de la gráfica, se sentirán con el derecho de reclamar a la profesora enrollada. Por si no estaba lo suficientemente claro, la pregunta c) establece la relación causa-efecto concebida por el redactor de la prueba. Quod erat demonstrandum.

Conservar los dos puntos será cuestión de portarse bien y hacer los deberes, no importa cómo. Lo que reduce las exigencias a ser buenecito y responsable. El conocimiento no ha de interferir jamás en el montante de la propina.

Lo más notable es el trazo grueso con que se pinta a Lucía. Ella no penaliza las ausencias y parece no tener en consideración la actitud de los alumnos en el aula. Diríase una esfinge imperturbable que sólo eleva juicios negro sobre blanco. Podría, sin duda, trabajar en la UNED.

Los chicos de la AGAEVE tienen claro cuál de estas dos profesoras alcanza el nivel «excelente» y cuál es sólo un espantajo reaccionario. A quienes nos dedicamos a esto nos lo recuerdan cada día en revistas pedagógicas financiadas por la Unta, en Centros de Formación y en innumerables normativas y leyes que aspiran a moldear ciudadanos, es un decir, tan sumisos como ignorantes.

Lo que no acabo de entender es qué relación tiene todo esto con la competencia matemática de los estudiantes.

¿Y usted?

Camino de perfección

La AGAEVE (Agencia Andaluza de Evaluación Educativa) debe de ser algo así como un remedo contemporáneo de Los Campos Elíseos.

Recordemos la mitología:

«Un lugar sagrado donde las sombras de los hombres virtuosos y los guerreros heroicos llevaban una existencia dichosa y feliz, en medio de paisajes verdes y floridos».

Y qué duda cabe de que la virtud es cualidad muy extendida en la Administración andaluza, siendo así que quienes habitan este reverso del Tártaro componen un organigrama al que, muy idiosincráticamente, «no le farta de ná».

Celia Cruz diría que «no hay cama pa tanta gente», pero sí que hay, sí. A fin de cuentas, la sede de este cielo pedagógico está en el municipio de Camas (Sevilla), aunque quizá rodeado, no de hermosos parajes, sino de elípticas circunvalaciones.

«Aún así las personas que residían en los Campos Elíseos tenían la oportunidad de regresar al mundo de los vivos, cosa que no muchos hacían».

Aquí la analogía es implacable, excepto por lo del receso. No se conoce el caso de alguien que, habiendo pastado en las verdes praderas burocráticas, haya regresado al «mundo de los vivos»; esto es, de los currelas. De hecho, abunda el tipo de experto que apenas ha padecido una existencia mortal, por aquello de que en la sombra transmundana de la Unta se vive mejor. Y es que la sombra es muy apreciada en Andalucía. Sobre todo en Junio, en una guardia de recreo al cuidado de quinientos adolescentes exudando joie de vivre.

¿A qué se dedica, pues, toda esta gente en su retiro dorado? Pues a lo que todos los idealistas de la cosa pública: a forjar al nuevo hombre. En este caso, a establecer el paradigma de profesor «excelente». Digo yo que hecho a imagen y semejanza de tantos guerreros heroicos como pueblan la Agencia Elísea. Quizá, es un poner, aunando lo mejor de sus dilatadas trayectorias como docentes.

Para esa forja, el hacedor necesita buenas herramientas. Y la estirpe de los agaeveños las ha encontrado en lo que se denominan Estándares profesionales de referencia:

Estándares profesionales de referencia:

Normas o criterios del modelo de acreditación o certificación de la AGAEVE que sirven como patrón para la mejora. Hacen referencia al cumplimiento de un descriptor en aquellos niveles de calidad que se consideran mínimamente aceptables en el camino hacia la excelencia entendida como el nivel máximo alcanzable. Los estándares se validan, mediante técnicas de pilotaje o juicio de personas expertas, identificando aquellos elementos considerados clave para mejorar los resultados del proceso de enseñanza-aprendizaje, la satisfacción de los grupos de interés y el itinerario hacia la mejora. En el caso de la función docente, los estándares profesionales deben expresar adecuadamente el conocimiento y la destreza de los docentes en toda su profundidad y complejidad. Tienen, necesariamente, que centrarse de modo específico en un determinado campo de competencias vinculadas a metodologías, didácticas o técnicas que caractericen dicho puesto de trabajo. Estos campos pueden responder tanto a ámbitos de conocimiento (áreas de competencias, familias profesionales) y niveles de enseñanza como a la función principal que se desarrolle, o, también, a una combinación de ambos.

La estandarización es lo que tiene: que crea, en el legislador, agente o arbitrista, la necesidad de proferir un dogma. Y, así, necesariamente, el puesto de trabajo se caracteriza por una metodología o una didáctica concretas que lo definen. De forma nada inocente, las herramientas de evaluación no están pensadas para descubrir al profesional excelente, sino para detectar a quienes no se ajustan al modelo que las mismas herramientas prefiguran. Es decir: para señalar al que se escapa del molde.

Si el trabajo de un profesor fuera tan simple y mecánico como el de quien ensambla piezas en una cadena de montaje, tendría sentido hablar de una técnica estandarizada. Pero la enseñanza, excepto para estos tecnócratas de prosa piloto, es cosa muy distinta. Tan es así, que la Constitución y la jurisprudencia protegen el derecho a la libertad de cátedra, no sólo en lo que se refiere a los contenidos de la misma, sino también en lo correspondiente a los métodos que se emplearán para transmitirlos. En un Estado de Derecho, no es competencia de los agentes públicos establecer una metodología oficial en ningún campo del conocimiento. Eso es propio de dictaduras capaces de premiar a sus particulares lissenkos, aun a costa del rigor científico.

Con estas premisas, poco ha de sorprender el decálogo de 13 puntos (lagarto, lagarto) que, como unas nuevas tablas de la Ley, establece la AGAEVE para designar al profesor excelente. Nótese la indiferenciación de niveles: en este Kempis pedagógico caben el especialista en Infantil, el maestro de primaria y hasta el último Rey de Escocia, esto es, el casi extinguido catedrático de Instituto. Por lo que, habremos de inferir, para la AGAEVE – y siempre según su propia definición de estándar profesional – todos estos niveles son suceptibles de compartir, no ya una metodología común, sino también una didáctica. Ya se sabe: del aprendizaje de las vocales a la Crítica de la Razón Pura, todo el monte es orégano competencial.

Revisen con atención cada punto. Pregúntense cuántos de ellos cumplen y, en caso de faltar a cualesquiera de estos mandamientos, hallen la forma de enmendarse. Hasta hoy estábamos ciegos y viajábamos sin rumbo por las agitadas aguas del saber. Ahora ya conocemos el modo de alcanzar la «excelencia».

Con un poco de voluntad, es posible que algún día la sombra del profesor que fuimos habite las plácidas Llanuras Eliseanas.

Amén.

P.S.: Más enlaces sobre AGAEVE-YAHVÉ en esta entrada de El profesor cabreado.

La selección española

Ha sido anunciar Aguirre el Bachillerato de la Excelencia y responder al unísono los enemigos declarados de la libertad y el mérito. Ni siquiera ha hecho falta que medie normativa alguna para aclarar la naturaleza y los fines de ese instituto piloto: Aguirre es sospechosa de segregacionismo. Palabra que, por cierto, hace fortuna entre quienes aceptan la mediocridad equitativa como un mal menor de la enseñanza española. Quizá porque tal presupuesto exime a los responsables de ser ellos mismos «excelentes».

A la presidenta madrileña la van a vestir con todos los ropajes de la mejor retórica racista, puesto que, si segrega, sólo puede ser para levantar «guetos». Eso lo dicen quienes más han hecho por fomentar el ostracismo académico de los más humildes. Sé de lo que hablo: en Sevilla, donde vivo, hay centros que son, de manera oficiosa, consentidos reductos de marginalidad. Centros que reciben a los muchachos que los otros institutos declinan acoger, y que están condenados a prolongar sus miserias privadas en un sistema miserable. Y así, esta izquierda ramplona que ha destruido la educación y hostiga a los profesores con el fin de mejorar las estadísticas; esta izquierda hipócrita de uniforme y Colegio Alemán que nos conmina al uso de lo público mientras su descendencia USA Masters; esta izquierda clasista que ha destruido el conocimiento como posibilidad compensatoria de las desigualdades… Esta izquierda es la que ahora se permite el lujo, uno más, de escandalizarse.

Dice Gabilondo que la medida de Esperanza «aísla y separa» a los muchachos, como si los consejeros del PP fueran a patrullar los institutos y cobrarse piezas valiéndose de una red y una pistola de dardos tranquilizantes.

– Eh, tú, wonder boy, ni te muevas. Lo quieras o no, vas a venir con nosotros.

Poco importa que se trate de un único instituto, que sea una experiencia piloto, que se anuncie como público y gratuito y que el ingreso tenga carácter voluntario. Como tampoco importa que el criterio exigido se limite a las capacidades intelectuales de los alumnos. Aguirre es una supremacista al servicio de las clases pudientes. Una feroz darwinista social que sólo pretende perpetuar la casta de los poderosos.

Gabilondo no cree que «haya que seleccionar», sino que es partidario de «incorporar todas las diferencias». A fe mía que es coherente con sus acciones. Tantas son las diferencias integradas en el aula que los Bachilleratos empiezan a poblarse de alumnos que hace sólo quince años habrían tenido dificultades para aprobar la Primaria. El título de ESO, tanto como el de Bachiller, están más devaluados que nunca, pues lo que el alumno no obtiene por su capacidad o esfuerzo se lo concede la Ley con sus atajos administrativos. Y, claro, no faltan las vaguedades de regusto zen, sección IKEA: «Las aulas son para convivir», dice el Metaministro, lo cual es como no decir nada y decirlo todo. Bienvenidos a la República Independiente de mi IES.

Recuerdo que, en mi época de estudiante, el colegio en el que estudié celebraba unas jornadas voluntarias que consistían en pasar unos días con otros alumnos y algunos profesores en las instalaciones del centro. Mi colegio era un privado laico cuyos dueños, no obstante, pertenecían a una orden religiosa. Era un lugar hermoso, en mitad del campo asturiano, con unos edificios anexos que servían de hospedaje. Para que se hagan una idea, la selección de fútbol de Chile se concentró allí durante el Mundial 82. Fíjense: la «selección». ¡Qué poco igualitarios aquellos simpáticos chilenos!

Fui sólo una vez, animado por algún compañero que me refería lo divertido que resultaba tener todo aquello para nosotros, jugar al fútbol gran parte del día y organizar expediciones nocturnas a dependencias nunca antes franqueadas. En efecto, en eso pasábamos las horas, aliñado el ocio con algunas charlas y debates en los que podían salir a colación el Papa o la política internacional. No me interesó. Si quería quedar con mis amigos, prefería hacerlo en otra parte, lejos de la influencia de los adultos. Me resultaba violento que, de pronto, aquel riguroso profesor de Historia se convirtiera en un inesperado maestro de confidencias. Y eso que aquellos profesores eran prudentes y no prodigaban muchos esfuerzos en su ejercicio de catequesis.

A esos fines de semana los llamaban, cómo no, «Jornadas de Convivencia».

Eso del «convivir», aparte de una vaciedad, es un cajón de sastre en el que cabe cualquier cosa. Cuando el mero hecho de estar es suficiente, el hacer objetivo pasa a un segundo plano: la depuración de contenidos es el preludio de la charla doctrinal.

Por otro lado, tiene gracia que cuanto más se insiste en el propósito integrador más se degrada la convivencia en los institutos. Quienes llevan veinte años dando clase lo saben. Saben que, a día de hoy, están expuestos a ninguneos y humillaciones que nunca habían sospechado tener que soportar. «Integrar todas las diferencias» supone que todos tienen derecho al éxito, hagan lo que hagan, quieran o no quieran ejercerlo.

Y es que, como afirman los papis de la CEAPA, «la educación es lo único que equipara a todos», frase tan bienintencionada como falsa. La educación no es democrática, no lo ha sido  nunca ni lo será jamás. No hay modo alguno de transferir recursos intelectuales del mismo modo que se redistribuyen los bienes materiales. La educación – o, mejor, la enseñanza – es jerárquica: del que sabe al que no sabe. Y entre quienes aprenden se produce una selección  consustancial a la naturaleza humana. A mí me encantaría formar en la delantera del Real Madrid al lado de Cristiano e Higuaín. Jugué al fútbol de joven, pero el mero hecho de hacerlo no me equiparó a estos virtuosos del balón. Quizá vivo en el engaño y pueda reclamar el derecho a que Mourinho me convoque para los cuatro Madrid-Barça que se avecinan…

Lo único que cabe pedirle a Aguirre es que, cuando su partido gobierne, haga lo posible para invertir los términos del sintagma. Que del Bachillerato de la Excelencia pasemos a la Excelencia del Bachillerato. Ése es uno de los mayores retos que se le presentan a la derecha, y que consiste,  nada más y nada menos, en que la excepción se convierta en norma.

El aprobado político

Centros Buenos-Malos Sevilla

Muchas veces me encuentro en la tesitura de tener que explicar el estado de la enseñanza a conocidos y amigos que no pertenecen al gremio pero que sienten curiosidad (o preocupación, si es el caso que tienen hijos) por lo que a veces se recoge en los medios o se deduce de ciertos testimonios particulares. Hay indicios que, pareciendo mínimos, son reveladores de que la cosa está mal. Y es que ya casi nunca escucho aquel conocido adagio de «qué bien viven los maestros». Ahora, cuando surge el tema, las caras de mis interlocutores oscilan entre la incredulidad y la conmiseración; y a la frase antedicha la sustituye un lacónico rictus de reconocimiento:

– Lo que tenéis que aguantar…

Se refieren a los alumnos, claro. A ese considerable porcentaje de alumnos que ni estudian ni dejan estudiar: indisciplinados, violentos, casi ágrafos.

Cuando el foco ilumina esta zona de la muchachada díscola y analfabeta, me veo obligado a matizar. Chicos así los ha habido siempre. Lo relativamente nuevo es el sistema educativo que sostiene la aporía de que su sitio ha de estar, por fuerza, en unos institutos que antes preparaban para los estudios universitarios y ahora se han convertido en centros de asistencia social.  Centros en los que se dispensa una insulsa papilla igualitaria hecha a la medida de quienes tienen menos interés por los libros y el conocimiento. Centros que perpetúan el engaño de que todos son igualmente capaces y voluntariosos si se les motiva adecuadamente.

Por desgracia, la realidad es muy distinta. Las masas de alumnos que ingresan en secundaria con dificultades para la lectura o el cálculo elemental tienen escasas posibilidades de acabar con éxito el Bachillerato. Lo que sí incuban, en cambio, es la ira y el desacato propios de quien no entiende absolutamente nada. Una furia ciega, que sólo se mitiga cuando, en lugar de enseñarles, se les entretiene.

Lo que no comprenden mis amigos es que los institutos de ahora no se parecen en nada a los institutos en que ellos estudiaron. El Bachillerato se ha reducido a dos cursos. La EGB ha ocupado la zona muerta y se llama ESO. Hasta los 16 años, uno puede ir salvando un curso tras otro aunque no haya abierto un libro en su vida: promoción automática, lo llaman. Y estos alumnos, que necesitarían otro tipo de profesionales tanto como otro tipo de formación, permanecen un mínimo de cuatro años perdiendo el tiempo y haciéndoselo perder a los demás.

La LOGSE, y ahora la LOE, han fracasado en sus utópicos planes de «igualitarismo académico». Han sacrificado la calidad sin conseguir, ni mucho menos, la equidad. Al rebajar los niveles de la enseñanza pública, lo que se obtiene es un sistema segregador y clasista, que deja la posibilidad de una buena formación en manos de quien pueda permitírselo. ¿O es casualidad que tantos políticos, supuestos adalides de lo público, lleven a sus hijos a escuelas privadas?

Claro que no es casualidad. Ellos son los primeros que quieren huir del monstruo al que han dado forma. Saben que la calidad, como la vida, está en otra parte. Y, porque pueden, pagan. ¿Cabe mayor fraude, mayor traición a los principios?

Hablando de los políticos. ¿Qué opción les queda frente a la opinión pública, frente a gente que, como mis amigos, no entienden lo que pasa? Les quedan el maquillaje y la apariencia. Les quedan la propaganda y las estadísticas sesgadas. Les queda, pues, sustituir la Enseñanza por la variante más baja de la política. Les queda la demagogia. Y, como demagogos, han de falsear la realidad con palabras que jamás se corresponden con los hechos. Decir: tenemos centros TIC, tenemos centros bilingües, tenemos una escuela equitativa. Aunque detrás del penúltimo proyecto no haya más que la misma ignorancia institucionalizada.

Como la realidad no se ajusta a sus deseos, y como cada vez es más difícil camuflarla con discursos, ahora se apresuran a dar el último paso. Quieren doblegarla. Reducirla al particular lecho de Procrusto que imaginaron hace más de 30 años. Los clarines de Europa proclaman que ningún país de la Unión debe presentar un balance de más de un 15% de fracaso escolar. Nosotros rondamos el 30%. Hay que ponerse manos a la obra, pero no para analizar los fallos del sistema, sino para convertir milagrosamente el agua en vino. Los suspensos en aprobados.

La última avanzadilla será contra los profesores. En especial, contra los profesores de Instituto. La Primaria queda exenta de responsabilidades. Hay que fiscalizar a quienes pretenden marcar una diferencia entre los niños, a quienes aún no han asumido la utopía igualitaria de que todo el mundo vale para estudiar lo mismo. Y ya están entrando en las evaluaciones y en los claustros. No para analizar las verdaderas causas del naufragio, sino para reprobar al enseñante que suspende mucho. Cumplen órdenes, así de sencillo. Que los alumnos aprendan algo, han venido a decirles, es irrelevante frente al dictado político que obliga a presentar unas cuentas limpias y, ahora sí, «europeas».

Su análisis es sólo una consigna: hay que aumentar el número de aprobados. Que no es lo mismo que decir: hay que aumentar la calidad de la enseñanza. Es la diferencia entre un irracional mandato y un objetivo razonable. Valga como muestra el documento adjunto (vid. supra), en el que el servicio de inspección andaluz establece unos criterios de calidad tan delirantes como arbitrarios. Fruto de esos criterios es la maniquea conclusión del analista: los colegios de Primaria son buenos. Los Institutos de Secundaria son malos. El yin y el yang.

Por increíble que parezca, el servicio de inspección no se hace la pregunta obligada: ¿cómo es posible tan abrupto contraste? ¿Qué es lo que falla en nuestro maravilloso sistema?

Tal es la pregunta de mis amigos. ¿Qué es lo que falla? Y aunque no es fácil resumirlo en una sola palabra, nueve años de experiencia me permiten la arriesgada síntesis:

– ESO.

Eddie goes to Hollywood

No, no se asuste. Pulse en la imagen para ver el video…

1:28: Exterior día. Eddie, el gran PunSek, habla a cámara frente a su antiguo Instituto, que no está exactamente en Algete, sino unas millas más allá: en North Hollywood.  Por cierto: tan didáctico es este venerable señor que no duda en explicarnos que “Eddie es el diminutivo de los americanos para Eduardo…”. Gracias, Maestro.

1:50: Eddie repite, palabra por palabra, un axioma que le es caro. Axioma 1: “Seguramente, con toda certeza (sic), en las Escuelas siguen destilando contenidos académicos en los cerebros”. Tropecientos programas de Redes y nuestro sabio aún no ha descubierto el verbo “instilar”. Paciencia, que es la madre… que lo parió.

2:15: La Escuela de antes, dice, estaba muy bien para el mundo industrializado. Pero la hodierna debe hacer de los alumnos seres innovadores y creativos. ¿Cómo? “Ayudando a los jóvenes a elegir cuál es su dominio, qué es lo que les gusta, y no tanto enseñarles lo que está ocurriendo fuera de ellos mismos”.

No, no,  ¿para qué? Mejor que sigan pensando la democracia partidista como un sistema inmaculado e inmune a toda crítica; que el dinero público no es de nadie; que la Filosofía es asunto de chiflados y los niños vienen de París. Bueno, no. Esto último se les explicará con mimo, por cuanto, en algún momento, habrá de ocurrir “dentro de ellas mismas”.

Solipsismo infantil. (Redundancia).

3:15: Interior día. Marc Prensky afirma: “El deber de las escuelas es motivar a los chicos”. Y se queda tan ancho como parece. Y añade: “Los niños no son hiperactivos: simplemente, no escuchan.” La solución para que lo hagan es encontrar “aquello que les apasiona”, aunque no especifica si las motos a escape abierto, los politonos y el porno checo entran en esta categoría.

4:00: Prensky anuncia que nos va a regalar una metáfora. Gracias, salao. Así, compara a los alumnos con “cohetes espaciales” que “necesitan ser programados adecuadamente”. Guau. Una metáfora muy-era-industrial, isn´t it? Asusta un poco la imagen, Míster. Ah, pero no olvide pasarme el manual de instrucciones.

4: 35: Un señor llamado Richard nos plantea el reto de los educadores del siglo XXI. Axioma 2: “Los niños aprenden más por sí mismos y en las redes sociales que en el aula” ¿Todos? Eso parece. “Los niños son consumidores sofisticados. Ya no tienen que esperar a que les enseñemos las cosas: las encuentran por Internet”. Sí, es cierto: no conozco ninguno que entre en Tuenti. En cambio, son legión los que consultan la Enciclopedia Británica o… Redes.

Consumo sofisticado. (Nonada).

5:30: Interior día. Eddie habla con Ken Robinson: “Dijiste, hace años, que subir los niveles no conduce a nada si éstos están equivocados”. Aun aceptando que el sistema sea anacrónico, como asegura Robinson, que me digan dónde, al menos en España, “se han subido los estándares de aprendizaje”. Prosigue el invitado: “Se insiste en Matemáticas y Lengua, pero no son lo único que cuenta en Educación. También son importantes las Humanidades, la Música y la Educación Física”. Buena oportunidad para que Eddie apuntase: “Pues, ¿sabes, Ken?, es un hecho probado  que las Humanidades están perdiendo terreno en España… ¿Sabías que el Plan de Estudios de Música es inexistente en Primaria y absurdo en Secundaria? Pero el sabio del FMI calla como rabiza…

8:00: Objetivos de la Escuela para Mr. Robinson:

1. Económico. La Escuela debe preparar al individuo para unos retos económicos y unas profesiones que aún no existen. Recemos para que cobren existencia al acabar los estudios.

2. Cultural: cuestión identitaria. Dice Robinson que en España se pretende inculcar la cultura española. Sí, sí: en Amorebieta y en Granollers, con especial ahínco. Consiguiente mención al mundo “turbulento, globalizado, cambiante….”. Bostezo.

3. Personal: descubrimiento de talentos y destrezas. Nueva alusión económica.

11:00: Documental merengoso y maniqueo. Hay una escuela tradicional que sólo emplea la repetición mecánica y otra, megachachi, que alienta la creatividad.

15:00: Robinson habla, pues, de creatividad y, de nuevo, de la vieja cultura industrial e ilustrada. Rompe una lanza por las disciplinas artísticas, lo cual nos place. Pero el tipo va y dice que la razón de que estas materias estén en el escalón más bajo de la jerarquía obedece a su escasa productividad económica… ¡La misma que él ha planteado como el primer objetivo de la Educación contemporánea! Con todo, ésta es la parte que más me gusta de la entrevista.

18:34: Ataque a los tests de inteligencia. Bien hecho.

22:00: Momento culminante: La voz en off de un niño verbaliza los pensamientos del alumno en el aula, adoptando, una por una, todas las ideas de PunSek y sus gurús de cabecera. Es como si Eddie Krüger se hubiera colado en su mollera, lo que le da al niño un aire siniestro.No nos motivan”, dice. El niño, qué raro, lo pasa bien jugando al fútbol y cambiando cromos. De lo que se deduce que la Educación debería ser una actividad más parecida a jugar al fútbol o a cambiar cromos. “Tenemos el mundo a nuestro alcance, con un clic”. El niño (que andará por los once o doce años) confiesa que se pasa horas en Internet: “Viendo videos… Jugando…”

No se lo pierdan.

 

Exterior. Noche.

 

Inspector Gadget (2011 Remix)

 

En el útimo claustro figuraba un curioso punto en el orden del día:

«Informe estadístico del Inspector sobre los resultados de la Primera Evaluación.»

Alguien ajeno al casposo mundo de la burocracia educativa española podría colegir que tal Informe es fruto de un riguroso y pormenorizado estudio de cuantas variables inciden en los resultados académicos. Incluyendo, sí, la existencia de un numeroso grupo de alumnos que carecen tanto de las habilidades básicas (leer y escribir en correcto español, entender un sencillo texto de diez líneas, manejar la aritmética elemental) como del más mínimo interés por seguir el itinerario forzoso de la Enseñanza Media.

Pero no. Esto es España; y, más concretamente, Andalucía.

Según nos comunicó el Director, la Inspección andaluza ha establecido un baremo por el cual clasifica los Institutos en buenos y malos. Agárrense:

«Buenos» serían, cito textualmente, «aquellos que presentan un 80% o más de alumnos con todas las asignaturas aprobadas en, al menos, la mitad de niveles obligatorios.» Por ejemplo: un 80% de alumnos «limpios» en 1º y 2º de ESO.

«Malos» serían los Institutos que «presentan un 30% o menos de alumnos con todas las asignaturas aprobadas en la mitad de niveles obligatorios». Por ejemplo: sólo un 30% de alumnos «limpios» en 3º y 4º de la ESO.

Este baremo es, claro, completamente absurdo. De seguir su lógica, un Instituto que tuviera un 100% de aprobados en 1º y 2º, pero un 0% de aprobados en 3º y 4º, sería calificado como «bueno».

Como los resultados de la primera evaluación nos sitúan entre los «malos», el Inspector ha sugerido que va a emplearse a fondo… con nosotros. La pregunta inmediata que se nos lanza es: «¿Qué vais a hacer, profes?». Según nos comenta nuestro equipo directivo, el Inspector va a «roer este hueso hasta el final», lo que promete mucha fiesta y pipas de la paz fumadas en alegre compaña.

Pero es que los Inspectores – oh, Musa – no dan clases. Muchos de ellos ni se acuerdan de lo que significa coger una tiza, y su cargo no es consecuencia de un excelente desempeño pedagógico, sino de una oposición que nada tiene que ver con la maestría y la transmisión del conocimiento. Por no conocer, no conocen ni a los alumnos. No conocen a sus profesores. Sus visitas coinciden con períodos de evaluación, y se limitan a la fría recensión estadística de un avinagrado contable. No están para ayudar, sino, en todo caso, para vigilar. Y, quién sabe, tal vez también para castigar.

Como es natural, el claustro se solivianta. Algunas voces irónicas preguntan lo inevitable: «Y él, ¿qué estrategias sugiere que implementemos?»

El Director recita, con escepticismo, la consabida cantinela: «Según dice, hay que motivar a los alumnos, adaptarse a sus intereses, ensayar nuevas metodologías…». Él mismo se ofrece para venir a un claustro y  facilitarnos estrategias de eficacísima implementación.

Le decimos que adelante, que lo invite a nuestro sancta sanctórum y nos ilumine. De paso, podremos devolverle la pregunta: «Y usted, ¿qué va a hacer?» ¿Qué van a hacer sus jefes con los siguientes problemas?:

Convivencia: El año pasado se pusieron en mi centro 1400 partes disciplinarios en Primer Ciclo (1º y 2º de ESO), repartidos entre 100 alumnos. Sólo 90 en Segundo Ciclo (3º y 4º) ¿Le dice esto algo acerca de las dificultades diarias que debemos afrontar?

Promoción Automática: Los alumnos objetores se concentran en 2º de ESO, donde puede darse el caso de una clase en la que un 80% son repetidores de 1º y 2º. Pero, ojo, repetidores «pata negra», de esos que sólo están esperando cumplir la edad reglamentaria para inscribirse en un PCPI.

Comprensividad: Todos hasta los 16 años por el mismo carril. Los que quieren estudiar y los que no. Los que quieren ir a la Universidad y los que preferirían aprender un oficio o, sencillamente, no hacer nada.

Me basta que me responda a cualquiera de las tres preguntas, pues todas son una variante del mismo problema: la LOE.

Sabemos que esto ocurre en todos los Institutos andaluces, y que la labor de acoso al profesor está, aunque no lo parezca, sólo en una fase temprana. Lo bueno viene ahora. Y, ¿por qué? Muy sencillo:

Europa exige un 15% de fracaso escolar en un plazo de cuatro o cinco años. Andalucía duplica esta cifra. Hay, pues, que conseguir aprobados como sea. Por lo civil o por lo penal. Los Inspectores son la infantería que la Administración se propone azuzar contra los claustros, allí donde los porcentajes no coincidan con los deseos del Gran Hermano. Pero tal infantería no va desarmada: sus jefes los han provisto de un arma de destrucción masiva que se llama…. ROC.

Un reglamento que intenta minimizar la importancia del conocimiento, fomenta el control político y consolida una metodología oficial ( es decir: un dogma, una doctrina) basada en los mismos principios que nos han llevado al fracaso.

Si queremos preservar nuestra libertad (no sólo de cátedra) y la de nuestros alumnos, es el momento de pegar un golpe en la mesa. Queda poco tiempo para que la Escuela, como tal, haga mutis por el foro.

Para que el profesor caiga en el olvido en favor de una nueva figura:

El Licenciado Canguro.

El diablo está en los detalles

Las reformas educativas de nuestros próceres se fundan en el principio de que sus planes son inevitables por la sencilla razón de que obedecen al curso natural de la historia. Son los «tiempos», y no las mentes de los legisladores, quienes dictan cómo ha de ser la Enseñanza del futuro. Los que oponen alguna resistencia a los cambios – o, simplemente, quienes se atreven a manifestar una opinión crítica – son tenidos por ejemplares fósiles de una diabólica tribu reaccionaria.

Tal principio está muy lejos de ser nuevo. Esto escribía Karl Popper, allá por los años 30 del siglo pasado:

«No es casualidad que la mayoría de los autores que abogan por la «planificación» utópica nos digan que la planificación es sencillamente inevitable, debido a la dirección en la cual se mueve la historia, y que tenemos que planear, queramos o no.

Dentro de esta misma vena historicista estos autores reprueban la actitud retrógrada de sus oponentes y creen que su principal tarea es romper los viejos hábitos mentales y encontrar nuevas claves para la comprensión de este mundo cambiante

(Karl Popper: La miseria del historicismo).

Ahora, si lo tienen a bien, les propongo que introduzcan en Google las palabras «Educación+mundo+cambiante«.

Como habrán comprobado, el mundo ha cambiado mucho, sin duda, pero no así la percepción de la velocidad con que cambia el mundo. Hace ochenta años ya se esgrimía esta mudanza vertiginosa como una excusa inatacable para emprender todo tipo de «ingenierías sociales».

A esta pasión historicista se une el gusto por un tipo de legislación basada en el holismo, que aborda los problemas sociales (o económicos, lingüísticos… educativos) como un «todo», en el sentido de totalidad: estado del pensamiento que, como señala Popper, «es característico de una edad pre-científica»:

» Si queremos estudiar una cosa nos vemos obligados a seleccionar ciertos aspectos de ella. No nos es posible observar o describir un trozo entero del mundo o un trozo entero de la naturaleza. […] Ya que toda descripción es necesariamente selectiva. […]

No obstante, los holistas no sólo se proponen estudiar la totalidad de nuestra sociedad por un método imposible, se proponen también controlar y reconstruir nuestra sociedad como un «todo». Profetizan que el poder del Estado tiene necesariamente que aumentar hasta que el Estado se identifique casi totalmente con la sociedad.»

Esto es lo que llama Popper «la intuición totalitaria». Y en una nota a pie de página, añade: «No está de más el mencionar que el holismo psicológico está en el momento presente muy de moda entre los teóricos de la educación».

En los albores del siglo XXI, las palabras del filósofo vienés siguen vigentes. Desmontadas las utopías políticas totalitarias de uno u otro signo, la Educación permanece como laboratorio en el que ensayar «caminos de perfección». Y los planes se desarrollan con el mismo espíritu anticientífico de sus predecesores, fiados a ese impulso irresistible de los acontecimientos.

Estos residuos holísticos se detectan en varios aspectos:

1. La formación del docente:

Hubo un tiempo en que del profesor se exigía un dominio probado de su especialidad. Hoy, ese conocimiento es virtualmente obliterado para ser sustituido por una formación integral que no es sino asimilación de la doctrina pedagógica dominante. La pedagogía holística no se permite reparar en los detalles de una u otra especialidad, pues sostiene que es posible disponer de un único método que posibilite la transmisión de cualquier campo de conocimiento. Arrumbados los saberes particulares, el método es un cauce sin contenido, apto para que lo apliquen doctos e indoctos: una especie de interruptor que, por sí mismo, habrá de activar en el alumno un espontáneo interés por los valores que la clase  política tiene por ciertos.

2. Las asignaturas:

Una vez que lo importante no es el conocimiento, sino la formación integral en valores, las asignaturas se devalúan. Pasan a agruparse en áreas tan peregrinas como la que mete en el mismo saco Música, Plásica y Educación Física. En todas ellas hay que evaluar una serie de competencias básicas que se corresponden con lo que antes llamábamos alfabetización. Todas han de estar trufadas con los mismos tópicos tansversales: ecologismo, género, multiculturalidad, etc.; sin, por supuesto, poner en tela de juicio los postulados que el pensamiento único ha sancionado como políticamente correctos.

(V.gr: Del profesor de Latín se exige que trabaje y evalúe las competencias matemáticas de sus alumnos de Bachillerato, así estén traduciendo La Guerra de las Galias. Si el profesor argumenta que no tiene autoridad ni datos para emitir tal juicio, se le conmina a que, por ejemplo, sugiera a sus alumnos que cuenten las páginas que han leído y hagan un cálculo aproximado de las palabras que han debido traducir. Verídico.).

3. Las condiciones laborales:

Al profesor cada vez se le pide menos que sepa mucho de algo. Por el contrario, se le exige que no sepa nada de todo. Como ejemplo, valga esta noticia recogida en El Faro de Vigo:

Y es que en la mente del planificador holista, los detalles son contratiempos insignificantes; lo «fragmentario», algo que no debe interferir en la perfecta comprensión del todo.